Bernat de Deu

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Vivir en NY... entre la desconfianza en los medios y la moral de los candidatos

La Universidad de Harvard acaba de publicar un estudio interesante que certifica la desconfianza con la que los estadounidenses ven la cobertura mediática de la actual campaña federal de primarias. Para ser claros, casi dos tercios de los encuestados (unos 1.207 adultos del país) no se fían de la cobertura política de la campaña, un 60% la cree directamente politizada y cuatro de cada cinco ciudadanos opina que se focaliza en asuntos demasiado triviales. Si entramos en los detalles de la politización, un 40%  afirma que es demasiado progresista y un 21% demasiado conservadora. Que los ciudadanos desconfíen de los medios no me parece ninguna novedad, porque –aquí y en todo el mundo- vamos inexorablemente dirigidos a conglomerados mediáticos en los que la carga política cada vez se disimula menos. Por desgracia, lo que no se acostumbra a asumir es que esos ciudadanos que critican a los medios por politizados son los mismos que los consumen masivamente y que ayudan a que éstos sean –guste o no- la primera fuente de información de la población. Ya saben, si se hace caso a las encuestas todo el mundo se ducha cada día varias veces, opinión que cualquiera puede poner entre paréntesis si viaja en metro a las ocho de la mañana en un día de overbooking. Todos quieren medios imparciales, pero –en el fondo- lo que buscan es confirmar la interpretación politizada de los hechos que ya tienen antes de consumir los medios...

El dato que más me ha llamado la atención de ese informe, sin embargo, tiene poca relación con el importante tema de la confianza y se acerca al peligroso terreno de la moral. Piensan los encuestados –en un 89%- que los medios deberían hablar más de los valores personales y de la ética de los candidatos, un aspecto que creen –en un 46%- insuficientemente destacado. Paralelamente, estos encuestados sostienen, en un 70%, que se habla demasiado de la vida personal de los candidatos. Pensándolo con frialdad, de esta pequeña declaración se deduce que la ética y los valores personales de los candidatos no forman parte –o no deben formar parte- de la vida privada de los candidatos. Lo cual, guste o no, implica que los valores éticos de los candidatos están de iure en el ámbito de lo público. Puede parecer que les hablo de un detalle menor; de hecho, no es nada nuevo que la firmeza de un candidato, o valores morales incuestionables como la cortesía y la educación, engrandece nuestra confianza en él y en el sistema político. Pero que la moral privada de las personas, aunque éstas se dediquen a la política, sea pasto de la vida pública porque sí implica un retroceso impresionante en la naturaleza de ambos conceptos. No he visto nunca un político que se enorgullezca de su moral que no acabe cayendo en la más alta de las inmoralidades; la moral que se pavonea y deviene pública es mucho más peligrosa –y pornográfica, diría- que no algunos detalles de la vida privada de los candidatos, puramente insustanciales.

De hecho, me parece increíblemente grave que un 43% de los encuestados piensen todavía que los medios deberían hablar más de las creencias éticas de los candidatos; porque basta asistir a cualquier debate de los presidenciables para alarmarse ante la cantidad de moralina y del “yo soy un hombre (o mujer) de convicciones” por metro cuadrado, tan incesante como cansina. Éste es, a mi modo de ver, uno de los resultados manifiestos de la influencia del bushismo en este país, una corriente política que ha primado la moral y la creencia por encima del consenso y de la mejor moral, que es la que se construye colectivamente. Y así nos ha ido… y encima la peña quiere más…

Vivir en NY… entre el Hamlet del Wooster Group

Wooster_groupNueva revisión de Hamlet en el Public Theater. La sirve el Wooster Group con sold out garantizado y una deliciosa tropa de congéneres falsos progres. Cuando se intenta revisar el mito por enésima vez, uno siente cierta inquietud mixta entre la necesidad de oír lo mismo de siempre, homenajeando así la perdurabilidad de la historia, pero también exige escucharla en una tonalidad nueva. Los actores del Wooster y su directora Elizabeth LeCompte acostumbran a pisar fuerte en ese terreno. Lejos de jugar la carta interpretativa del Hamlet, y de contentarse con visualizar la narración con otras lentes, nos proponen aquí un juego de interpretación de la interpretación.

En este Hamlet no se sigue (solamente) el texto shakesperiano, sino que la trama de base es una recreación de la obra en un ensayo de la producción que John Gielgud dirigió en el 64, interpretada por el mítico actor Richard Burton, un vídeo lleno de fragmentos, claroscuros, voces truncadas y vacíos incómodos entre el negativo cinematográfico. Unos cortes que el Wooster “imita” extraordinariamente mediante el rap de sus extraordinarios actores, mostrándonos cada corte de plano al dedillo, en un cambio incesante de la localización del centro dramático de la acción.

La cosa puede parecer nueva, pero la idea –en el fondo- nos remite a la clásica noción posmoderna de la obra como una cita eterna, y de la recreación de cualquier texto artístico como un acto de traición a un original históricamente fragmentado y casi inservible. Nosotros jugamos con ventaja; conocemos el texto primario del que ahora solamente vemos fragmentos. En ese sentido, aunque ya antigua, la apuesta del Wooster es valiente. No se contentan –como hacen los cobardes como Calixto Bieito- en transformar el original con el simple cambio de las espadas de cobre por espadas láser, sino que remodelan el original convirtiéndolo en una cita que –a su vez- copian convirtiendo en algo nuevo. En el fondo, asistimos a una idea clásica de la posmodernidad (insisto) a partir de la cual se erige el canal de la forma artística como algo más importante que la propia forma.

¿Cuál es el problema de fondo de este Hamlet? Pues que, en el lenguaje del arte, una idea maravillosa, e históricamente plausible, no siempre funciona a nivel estético. Las ideas, como sabían los racionalistas, son destellos momentáneos de luz, pero si pierden fuerza en su aplicación ya no nos sirven de nada. Ver a los actores del Wooster imitar la producción de Gielgud (la elevación del canal a norma) es asistir a una operación quirúrgica deliciosa, pero tan radicalmente tediosa como una fórmula matemática que impresiona al principio, pero que pierde su peso y novedad al repetirla con otras variables.

Debe ser enormemente jodido tener una buena idea, defenderla con convicción, y que aquellos que te ven la acaben aburriendo. Pero –eso también es cierto- pasa muchas veces en la vida…

Vivir en NY… entre las miradas dolientes de Greenpoint

Greenpoint_ii Rescato el sombrero (también la calma holgazana de Walser) para pasear durante las pocas horas de sol que, caritativamente, nos ofrece este invierno ya inexorable; ésta es la mejor forma de periodismo que se me ocurre practicar. Demasiados días en casa, esclavo de la letra y de las crónicas impostadas que los corresponsales regurgitamos vía Internet (no hagan caso a los que dicen lo contrario, porque mienten). Tomo el Metro G –alias verde Chartreuse- hasta Manhattan Avenue, en el corazón de Greenpoint, un barrio de obreros y refinerías en el XIX que tras la crisis de la industria petrolífera albergó a los emigrantes eslavos que huían del nazismo cuando estalló la Primera Guerra Mundial, con preeminencia clara de polacos (con los que siento una lógica afinidad, claro está). Ése primer flujo volvió a aumentarse cuando a los polacos les cayó otro yugo casi peor,  el comunismo totalitario, que llegó a igualar la crueldad del primer sablazo, lo cual no era nada fácil. Es quizás ésta –todavía, aunque pasen las décadas- la marca de identidad de Greenpoint, un barrio que huele al dolor del exilio y en el que se mezclan tradicionalistas con miradas agrias de dolor y nuevas generaciones de americanos, optimistas por naturaleza y orgullosos de su origen polaco, que ya no tienen miedo a pasarlo bien o a perder el tiempo en un pub como nuevos burgueses falsos de clase media.

Greenpoint_i_3Empezamos, decía, en Manhattan Avenue. Solamente a una manzana hacia el oeste, en el cruce entre Nassau y Bedford, está la Father Popieluszko Square, una deliciosa plazuelilla que conmemora al mártir polaco Jerzy Popieluszko (1947-1984), un clérigo católico que encabezó el Movimiento de Solidaridad Polaco durante la ocupación Soviet y su posterior dictadura. Popieluszko dedicó su vida a luchar desde su púlpito contra la tiranía de aquellos gobiernos terribles que hacían de la intromisión en la vida privada y las creencias de los polacos su razón de ser (pobre hombre, si alzase la cabeza y viese la cantidad de cosas normales que los gobiernos nos prohíben, español incluido…) hasta que fue encontrado sin vida junto a un río, con numerosas heridas… y una soga en el cuello, atada a una piedra. Triste historia para esta placita tan tranquila en apariencia, con una estatua de Popieluszko de Stanislaw Lutostanski y una –más pequeña, hacia el oeste- de Tom Cleveland, que simboliza la libertad representando unas manos abiertas. Las flores que los vecinos tienen ahí habitualmente dejan bien patente que ellos no necesitan leyes de memoria histórica para acordarse de sus mártires y que el movimiento –como diría mi abuela, muy exacta en cuestiones metafísicas- se demuestra andando.

Greenpoint_ivTras cruzar Bedford Avenue vale la pena andar por McCarren Park, un parque importante que separa el barrio de Williamsburg, y en el que los fines de semana –según me cuenta un vecino- suelen haber mercadillos de fruta fresca y pescado. Al salir por el camino sur del parque uno puede parar un rato en la primera de las numerosas iglesias y capillas de Greenpoint, la Russian Orthodox Cathedral of The Transfiguration, una construcción amable y fina del 1920 que –según parece- alberga pinturas rusas que imitan la colección palaciega del zar San Petersburgo. Me pasé por ahí un sábado al mediodía, y –como es triste y habitual en cualquier culto- la iglesia estaba cerrada, siguiendo esta moda curiosa de todas las religiones a partir de la cual los templos solamente deben abrirse durante la celebración, una tendencia tan irreligiosa como horrenda dicho sea de paso. Volviendo por McCarren, es impactante seguir la línea de la calle Lorimer hacia la McCarren Pool, una de las piscinas públicas más grandes de Nueva York. No hay nada más dulcemente siniestro, pensaba hoy caminando por sus alrededores, que una piscina vacía como ésta, con los gritos chiquillescos retumbando todavía en sus paredes teñidas de grafitis, tan parecida a un templo estalinista con su portalada roja…

Tras el habitual momento de poesía ñoña que no consigo evitar, giro a la derecha para llegar a Driggs, una de mis calles predilectas, en la que se encuentra el Polish National Home, un ateneo cultural polaco en el que se programan actos interesantes para los neófitos en cultura popular polaca (me incluyo, claro está) en el que también está el Warsaw, un bar simpático en el que uno puede pasar el tiempo ojeando a jovencitas polacas en flor, de las que –si fuese un imbécil políticamente correcto- diría que son muy bellas, pero de las que acabaré afirmando –y disculpen las molestias- que tienen culos de extraordinaria factura, cabezas ovaladas bastante curiosas, unos vientres especialmente sinuosos que ayudan a desviar la mirada hacia el sur y una fama de sumisas que algún día me gustaría comprobar y que aumenta mi estima por el país. Estos pensamientos pecaminosos pueden resolverse en la Father Sudzsinski Square –una diminuta plaza que rinde homenaje a uno de los pastors más queridos del barrio- para dirigirse luego a Saint Stanislaus Kostka Vicentina Fathers Church, una edificación bastante moderna que los vecinos llaman cariñosamente Saint Stans y en la que se pueden ver placas conmemorativas de las visitas de Lech Walesa y del papa Juan Pablo II. Aunque (insisto) la iglesia está casi siempre cerrada, hay una escultura de la virgen de Fátima que está disponible las veinticuatro horas del día, para cualquier emergencia.

Greenpoint_vi_2El pasado polaco insiste en estar presente en este paseo, al menos si seguimos por Driggs hasta el Monsignor McGolrick Park, coronado por un monumento a los veteranos de la Primera Guerra Mundial, del que uno puede salir hacia la calle Nassau para acabar en uno de los puntos culturales importantes de Greenpoint. Se trata del Old Poland, uno de los mejores restaurantes polacos de la ciudad, en el que uno puede pedir un Poland Sample a ocho pavos (con potato pancakes, pierogies, kielbasa, stuffed cabbage y bigos) que no se lo salta un gipsy, ni con buen entrenamiento. Ingredientes secos, primarios, duros y calientes de una cultura árida, llena de rostros acostumbrados al frío polar (a los mediterráneos, que ahí cantamos como una mona, se les aconseja llevarse una manzanilla portátil y no mirar mucho a la camarera rubia que atiende al personal; su novio, igualmente rubio y con mayor mala leche y musculatura, acecha en la mesa más cercana al contador, comiendo sopa con cara de pocas amistades). Si el Old Poland está lleno (hay pocas mesas, y mucha demanda) por Manhattan Avenue hay miles de lugares tradicionales con menús bastante clonados. La regla para entrar es bien sencilla; cuantos más polacos estén dentro, mejor.

De hecho, lo mejor de este paseo es observar –en éste, su núcleo central- como conviven tres generaciones de polacos con miradas existenciales a la cultura bien diferentes. Los más ancianos con la mirada todavía puesta en su tierra, los padres en existencia mixta entre el desarraigo y la novedad, y los hijos plenamente americanizados. De ahí que en Manhattan Avenue uno pueda observar risiblemente esas tiendas de ropa eslava absolutamente deleznables –unos tonos grises horrorosos que nadie se atrevería a llevar en Manhattan- coexistiendo con establecimientos ilustremente modernos como la Peter Pan Donut & Pastry Shop (uno de los mejores lugares de la ciudad para hartarse de donuts) o la discoteca Europa, en el número 765, lugar predilecto de los más jóvenes (la fiesta de San Andrés, importantísima para los polacos, es el 29 de noviembre; tiene buena pinta). Resulta increíble que, del bullicio de Manhattan Avenue, podamos pasar, girando a la izquierda, a la paz de los suntuosos brownstones de Noble Street o Kent, en donde podemos observar la iglesia más antigua del barrio, la Episcopal Churchof The Ascension, en la que me sorprendió ver una banderilla gay junto al lema “Aquí también es tu casa.” Me chivaré a Ratzi…

Greenpoint_vii_2 Si giramos hacia el este, podemos deambular por Franklin Street, una nueva muestra de los contrastes del barrio. Hay fabricas preciosas de hace un siglo que se conservan muy bien, como la Eberhard Faber Pencil o el espléndido edificio de Charles Pratt Astral Oil. Un entorno con TINTES obreros que se acaba en Java Street, con unas vistas preciosas del Midtown Manhattan y del East River (aunque el lugar parezca el enclave perfecto para que unos mafiosos acaben con nuestra vida, es muy seguro). Este entorno convive con librerías notables como la Word Books Stationery (doy ánimos y suerte a sus propietarios, que hoy nos animaban a “perder un kilo de peso leyendo un libro, tras el pavo de ayer”) o bares simpáticos como el Brooklyn Label. Son dos caras, antigüedad y modernidad, que veíamos también en Red Hook, incluso en el apijado Williamsburg. Pero, ya saben, queda dicho; Greenpoint es un barrio de ancianos que recuerdan a mártires, ingredientes duros que combaten el frío y miradas dolientes que hacen emerger de golpe el pasado, que tiene la fuerza de un hongo de hiperbólica insistencia. Hay que ver lo cursi que puedo llegar a ser... paciencia.

Vivir en NY… entre el mundo sin nosotros

World_without_usAyer les hablé de la moda popular del cambio climático, de su sorprendente aura política y de una nueva ideología –demasiado cercana a la propaganda fácil- sustentada en la base de que nuestra intervención en la tierra puede acabar con su desequilibrio o destrucción. Hace unos días tropecé por casualidad con un libro que tuvo cierta notoriedad el pasado verano y que parte justamente de una premisa opuesta a esta idea tan aceptada actualmente. Se trata de The World Without Us, del periodista científico Alan Weisman, un estudio de divulgación bastante significativo que se pregunta –como indica su título- cómo sería el futuro de la tierra a largo plazo sin nuestra presencia en su suelo. En el libro, Weisman escribe con un tono más que cercano a lo que aquí llaman scientific thriller; por ejemplo, el autor se lo pasa bomba especulando como el metro de Nueva York –en pocos días- se acabaría inundado sin las bombas de aire que articulamos los humanos. De hecho, casi todas las ciudades que concebimos como perennes acabarían incendiadas en poco menos de cinco años debido a la explosión de dispositivos sin control. Una destrucción que, sumando lustros, acabaría en tormentas cósmicas de proporciones abismales. Para ver los efectos que tiene la progresión, pueden consultar la página del libro, en donde Weisman ha instalado un simpático vídeo en el que vemos degenerar una casita en los próximos quinientos años. Tiene gracia…

Analizado fríamente, el libro de Weisman descarga un tufillo demasiado cercano a ese narcisismo posmoderno tan habitual en los teóricos estadounidenses –tipo Qué bello es Vivir- según el cual el mundo, sin nosotros, que somos malos pero tampoco tanto, sería un desastre. Por otro lado, Weisman estructura una idea bastante lógica, y es que la naturaleza –en el fondo- nos echaría bastante de menos si nos largásemos de la tierra, porque nuestra existencia predatoria equilibra el medio ambiente de una manera bastante correcta. Por otro lado, el autor se hace eco de algunas iniciativas como la de el Movimiento por la Extinción Humana (podrían haber buscado un nombre mejor), que afirma la necesidad de regular la natalidad para que, en un futuro con cada vez menos recursos naturales a nuestra disposición, podamos repartir mejor lo poco que tenemos. Con lo cual, ya se pueden figurar. O uno se flagela pensando que es le culpable de todos los males de la tierra o resulta que tiene que alegrarse de la existencia de la humanidad porque, sin ésta, resulta que el mundo se convertiría en una selva inhabitable. Dos extremos que, como tales, son tremendamente rentables en términos de marketing, pero que adivino terriblemente insustanciales a la hora de saber con qué actitud nos debemos relacionar con nuestro entorno natural. En fin, seguiremos buscando…

Vivir en NY… entre estudiosos del cambio climático

Forum_warming Ayer escuchaba con interés una entrevista a Manuel Marín en Hora 25 en la que, como sabrán de sobras, certificaba su adiós a la política al igual que barajaba también alguna pista sobre su futuro más inmediato. Marín, que se adjudicó el epíteto de ser un pertinaz empollón, afirmó sentir tremenda preocupación por el problema del cambio climático, un asunto al que dijo querer dedicarse y estudiar en cuerpo y alma. Sin pretender ser el Al Gore español, bromeó con modestia, su interés pretendería centrarse en aumentar la concienciación de los ciudadanos en lo que definió –cito de memoria- como uno de los asuntos más importantes que afronta la humanidad en el presente. Cuando acabé de escuchar la entrevista, leí una noticia en The New York Times que se hacía eco de un acto en Los Angeles en el que tres de los candidatos demócratas –Hillary Clinton, John Edwards y el simpático Dennis J. Kucinich- expusieron al detalle sus respectivos programas para combatir el calentamiento global del planeta. Un acto que, como recordaba acertadamente la periodista Christine Hauser, era muy significativo porque no se celebraba en terreno de primarias y atorgaba a la ecología el privilegio de establecerse como uno de los asuntos más destacados de la precampaña hasta el momento.

Una de las cosas que siempre he admirado de los estadounidenses, y que viene oportunamente al caso, es que no te esconden nunca el beneficio que les puede aportar no solamente un negocio lucrativo, sino cualquier acción aparentemente solidaria que acaba al menos en cierto beneficio emocional. En la presentación que les comentaba, los tres candidatos –como era previsible- propusieron límites temporales bien estrictos en el recorte de emisión de gases dañinos (concretamente en 2010, 2020 y 2050; miren por dónde, en eso de poner fechas se parecen a algunas mentes ilustres de mi casita) entre otras propuestas de innegable interés que pueden consultar en sus respectivas páginas. Pero todos defendieron la necesidad de adaptarse a los retos que nos manda la ecología afirmando que esa concienciación y ese esfuerzo no iban a ser impulsados en detrimento de la prosperidad de la clase media estadounidense. Lo cual quiere decir que los políticos estadounidenses, límites temporales a parte, tienen bastante claro que la sociedad no se adaptará a los requisitos que la naturaleza nos siga pidiendo mientras no existan beneficios económicos que nos llamen a actuar más ecológicamente, lo que certifica algo tan antiguo como que el único incentivo que puede mover a las masas para que éstas cambien de vida o actitud es redondo y acostumbra a albergar una carita ilustre.

Por eso no me parece extraño que, de todo este embrollo del cambio climático, hablen mucho más los políticos y los economistas que no los científicos, una situación que no por ser lógica me parece menos bochornosa. Por otro lado, producto de esta ignorancia general (que me aplico sin dudarlo) alguien que se sitúe en contra de las tesis algorianas sobre el cambio climático es tachado al momento de retrógrado y egoísta, entre otros insultos nada baladíes. Imagínense por un momento que el mundo (cosa que nunca pasará, no se emocionen) se preguntase espontánea y globalmente por un asunto tan importante para el que escribe como la estructura de los cuartetos de Mozart y que –sin contar con las opiniones de músicos o historiadores de la música- los políticos y opinadores del mundo empezasen a elucubrar sobre cuestiones técnicas como el paso de la tónica a la dominante o la estructura temática del desarrollo en el primer movimiento de los mismos. Pues bien, esto es precisamente lo que está pasando; el estudio del cambio climático da un aura de buen rollo a todo quien lo toca, menos a su experto, y quien se sale de ese club es que no sabe ni solfear. No crean que voy a llegar a la típica argumentación hipócrita del hay cosas más graves, como el hambre en el mundo… etc., pero me sorprende que el aura de cambio climático dé a sus portavoces políticos una mácula casi angélica que no llega a sus expertos técnicos.

No dudo de la buena fe de políticos como Marín y al Gore al ocuparse del cambio climático, ni afirmo que se deba ser inexorablemente catedrático del tema para abrir la boquita sobre el mismo, pero me sorprende que los ciudadanos escuchen con mucha más atención a personas que no son expertas técnicas en un asunto que no a sus sabios, como me sorprendería –insisto en el ejemplo- que alguien prestase más atención a la opinión de Al Gore sobre los cuartetos de Mozart que no a la de Charles Rosen. En ese sentido, creo que tanto Gore como los otros nuevos estudiosos sobre el tema que se dedicaron a la política harían bien, irónicamente, en alejarse del discurso científico –que, como ven, no interesa en absoluto si no es para caer en el sensacionalismo más cutre- para ser tan claros como lo fueron el otro día en Los Angeles los demócratas. Cambiaremos, queridos amigos, cuando nos salga a cuenta cambiar. Y el resto, que nos lo expliquen esos seres tan raros llamados científicos, que seguramente no les haremos caso. En fin…

Vivir en NY… entre rubias sublimadas y mujeres apuñaladas

Marilyn_3 Hace ya demasiado tiempo, tendría poco menos de trece años, mi padre me dejó en la camita un libro que recuerdo enorme y blanco con la fotografía de una mujer rubia de labios carnosos y porte sonámbulo; “Llegeix això nen, que has de créixer”. Mi primera reacción, como pueden figurarse, fue entretenerme admirando la treintena de fotografías que contenía y que me ofrecían un cuerpo angélico al que ni la Virgen María hubiera osado aspirar, unas maravillas que pretendían mostrar (suponía entonces) a una mujer encantada de haberse conocido, voluptuosa pero redondita como las que –desde entonces- me gustan y me abandonan bastante a menudo. Tiempo después, descubrí que aquel libro tan extraño tenía un autor llamado Norman Mailer, que era una especie de cabrón integral que había convertido al periodismo en un ejercicio de arte sublime y también –de paso- que aquella adorable criatura, como le diría Capote en uno de los peers del sur de Manhattan, fue más bien una virgen desgraciada y sin rumbo a la que una dosis de píldoras extras se acabó llevando al cielo. Yo no sé si mi padre buscaba algún tipo de transformación existencial rápida con ese regalito, al que quizás debo agradecer una cierta incapacidad mía para diferenciar realidad y ficción, siendo Marylin una biografía tan irreal como increíblemente escrita de un hombre al que la realidad le importaba un pito en ese momento y se dedicaba a alabar sistemáticamente y sin reservas a la última actriz aristocrática del cine.

Hoy pensaba en la devoción maileriana por Marylin, bien patente en esa biografía novelada, leyendo un artículo del compañero John Freeman en The New York Times que retrata algunos de los aspectos más oscuros de la biografía del escritor. Freeman recuerda a Adele Mailer, segunda esposa del novelista, a la que –tras una borrachera de las suyas- agredió clavándole un cuchillo cerca del corazón. Adele Morales (ése era su nombre de soltera) era una preciosa hispana agitanada que se dedicaba a la pintura y al diseño, que vivió con Mailer durante un lustro lleno de borracheras y excesos (también de felicidad) que acabaron drásticamente con una agresión que la condicionó para siempre. Cuenta Freeman que Adele todavía vive en Manhattan en un estado paupérrimo bien cercano a la pobreza en un piso desordenado y regentado por borrachos en la calle 78 tocando a la Primera Avenida; Mailer la abandonó sin pasarle ninguna pensión y se quedó con la custodia de sus dos hijas. De hecho, Adele nunca quiso denunciar la agresión del escritor para no causar traumas innecesarios a las chicas. Es curioso comprobar como la mujer no ha podido resurgir de ese trauma de gravedad incuestionable. De hecho, cuenta que el día en el que Mailer murió, creyó verlo en su pisó e incluso le grito “!Vete de aquí!”. Una visión que, a riesgo de equivocarme, no deja en muy buen lugar su estado de salud mental.

Enorme escritor, deplorable persona. La lista es tan larga que reproducirla me parece innecesario. Del cielo de Marylin al infierno de Adele a través de la misma persona. Una fascinación por dos mujeres que, en el fondo, no es que hayan acabado de manera muy diferente. Y yo que –al leerlo- sigo sin entender si mi padre quiso decirme, con su regalo bienintencionado, que un buen escritor acostumbra a ser un cabronazo incorregible o si quería simplemente enseñarme cuanto antes a practicar la fascinación literaria por la mujer, una fascinación que siempre acaba en una hostia descomunal. La cosa tiene gracia porque recuerdo que, tras éste, el siguiente regalito fue una edición cutre de la Trilogía de Nueva York, de un autor por entonces absolutamente desconocido. Tampoco sé que pretendía con eso; pero aquí estoy, en la jaula de cristal, todavía sin crecer...

Vivir en NY… entre la belleza y la sabiduría

Flauta_2 A veces tienes la sensación de que todo es mezquindad, y entonces la calle huele más que nunca a tierra quemada. Tú también la has practicado, no te vayas a engañar, porque no crees en la moral angélica ni en las mentes puras (las más insustanciales, sin duda), que siempre acaban siendo compradas por algún que otro capataz de la ética. Quizás por eso tiendas a tolerar la mentira –una de tus especialidades, cierto es- y cualquier otra forma de mal, en el que intentas siempre buscar un ápice de bondad oculta como los teólogos medievales o morder algún un aire literario que esconda un ápice de inteligencia y maquiavelismo. Te lo ha contado el tiempo; incluso las maldades más férreas y persistentes esconden su punto de esperanza, de frustración… de verdad. Nunca te has creído a Arendt; el mal no es una cuestión de la banalidad del militar que asiente ni de la superficialidad de la inconsciencia, y quién lo practica está comunicando mucho más de lo que parece. Esta semana has vuelto a sentir la mezquindad de la envidia, de aquellos que no te perdonan lo que consideran pura suerte o enchufismo y que has conseguido porque, simplemente, tienes el defecto de no acatar el comer mierda tan fácilmente como ellos. Toleras cualquier sentimiento menos el de la envidia, al que consideras –gracias a Descartes- no ya un mal moral, sino un error epistemológico de todo aquel que es tan burro de considerar que sus propiedades pueden peligrar por tu simple existencia. Primero te enfadas, pero luego te dan pena todos esos proletarios de la comunicación a los que les jode enormemente que puedas hablar del magnífico concertante final de la Vanessa de Barber, del Little Branch y su espléndida ginebra o de las calles de esta ciudad infinita, sin tener por ello que pasarte horas inventándote noticias de actualidad y corriendo detrás de mandatarios insustanciales y bonachones en los pasillos de la ONU. Es imposible no sentir lástima por ellos, y –realmente- su mezquindad consigue que te entristezcas y que te consueles pensando en el pobre Mailer y tantos hombres que intentan hacer de esto algo más que un oficio de cronistas. Pero tienes la suerte que hoy una amiga te llama para ir al Met, porque sabe que ésta es tu música, la que te ha salvado la vida. La has visto mil veces, pero da igual; porque ahí sigue estando la sencillez de Papageno, el dolor insondable de Pamina (¡corran a verla, que Diana Damrau la canta como los ángeles!), la paz de Sarastro y la nobleza naíf de Tamino. Ellos te vuelven a contar el cuento de siempre; que aunque la Reina parezca una madre que pretende recuperar a su hija apelando a la dignidad, solamente es el despecho y la rabia lo que la mueve, y que aunque el mal pueda disfrazarse de bondad –como canta el inigualable coro final- la belleza y la sabiduría reinaran con su corona. Y entonces todo vuelve a ser bonito, las calles vuelven a la tierra húmeda y la ciudad es un gran templo del bien, sin tantos imbéciles. Y te salen artículos tan insoportablemente ñoños como éste.

Vivir en NY… entre MILFS y madres voluptuosas

Sexy_mummy_2 En el Village Voice de esta semana, la gran sexóloga Tristan Taormino (ilustre lesbiana sodomita y autora del gran volumen The Ultimate Guide to Anal Sex for Women, título suficientemente explícito) plantea un tema importante y esencial como es el papel de las mamás en las fantasías sexuales de hombres y mujeres. Según cuenta Taormino, el mito de la MILF, término acuñado según parece en la película American Pie y acrónimo de Mom I’d Like to Fuck (“Una mamá que me follaría”), está experimentando un auge importante en la cultura pornográfica. Los datos son concluyentes; en la lista de la página especializada Adult Video News, hay ya un 15% de películas que responden al mito de la madre follable como eje narrativo; joyas como It’s a Mommy Thing; Wife, Mother, Whore o I Scored a Soccer Mom 2. Un mito que, para Taormino, ha residido en el inconsciente colectivo desde siempre, pero que la cultura popular y pornográfica no ha aprovechado hasta momentos bien recientes. Dice con razón la sexóloga que ha sido siempre el padre, debido a un freudianismo parcial y mal entendido, el que se ha llevado el premio de la preeminencia en el inconsciente humano. Sin embargo, Taormino aboga por recuperar la noción de la madre como primer amor del bebé, como figura dulce y morbosa al mismo tiempo; paralelamente, Taormino se alegra de que las mujeres exploten sin tapujos un rol porno que les permite demostrar que pueden ser atractivas para hombres más jóvenes y que su edad les hace disfrutar del sexo como nunca.

Feliz reflexión, afirma este columnista confusamente pervertido, para el que las madres han representado un eje central hipostático en el despertar del florecer corporal, y no citaré nombres porque luego me llaman indiscreto. Ya lo sabía Proust; para tontear en la playa nos puede valer cualquier chica en flor más o menos resultona, pero –cuando la cosa se pone seria- no hay quien disimule una erección sublime ante la Duquesa de Guermantes, tan fina y sabelotodo ella en su saloncito, rodeada de Elstirs. Pienso ahora (si lo supiera Francino, que me espera en dos horitas) en esas madres estupendas de la calle Madison, que pasean a sus retoños rubitos, estandarizados y pijos, mientras nos dedican miradas soslayadas y lascivas de inigualable calado, como regalos de endiablada frialdad. Quién pudiese jugar con esas mamás ricas a filmar de nuevo, balón en mano, I Scored a Soccer Mom 1 (porque digo yo que una primera parte debe haber…) aunque fuese por unos instantes, para –como dice Taormino- recordarles que no solamente su madurez no les impide ser atractivas sino que les compele a enseñarnos todo lo que saben, unos conocimientos que nosotros podríamos recoger con sumo agradecimiento. Voy a bajar ahora mismo a ver el correo para ver si la Duquesade Guermantes ha dejado alguna misiva con la que pueda echar a volar la imaginación, aunque no creo que la nobleza se pase nunca por el barrio negro...

Vivir en NY… entre los cinco consejos peligrosos en el trabajo

En Harlem se reparte habitualmente una de mis publicaciones favoritas de la ciudad. Se trata de El Especialito (El semanario de la familia hispana), una simpática publicación semanal que se reparte en todo el estado –también en partes de New Jersey- y que acostumbra a ser bastante ilustrativa en lo referente a la mentalidad de un colectivo cada vez más poderoso e influyente, aunque deficientemente reconocido en sus derechos básicos. El ejemplar de esta semana trae un artículo de página entera sencillamente extraordinario que no puedo evitar comentar brevemente. Se titula “5 consejos peligrosos en el trabajo” y –como indica su título- nos advierte de los consejos que nunca debemos seguir en nuestro ejercicio laboral, aunque nos los vendan “sin que exista mala intensión (sic)”. Los reproduzco en riguroso orden; 1. Hable con el dueño y no con el gerente. 2. Diga todo lo que sabes (sic). 3. Hágase amigo de sus compañeros de trabajo. 4. Qué importa, después de todo eso no es suyo. 5. No haga más allá de lo que tiene que hacer.

Vayamos por partes. En el primer consejo a no seguir, nuestro articulista (desgraciadamente anónimo) nos aconseja hablar con el gerente antes del dueño si tenemos algún problema, para no saltarnos así la jerarquía empresarial. El segundo consejo remite a la vida privada de empleados; “Muchas veces creemos ver algo que realmente no es lo que parece. Quizás usted vió (sic) a su jefe dándole un beso en la mejilla a una secretaria. Lo que puede estar tomando como una infidelidad puede ser solo un beso de cumpleaños o incluso un saludo ocasional. Es mejor callar en algunas ocasiones porque un es esclavo de lo que cuenta y dueño de lo que calla.” ¡No me digan que la cosa no es sensacional! Como su uno pudiese confundir un beso de “feliz cumple, Michael” con una infidelidad clásica entre secre y jefe… El tercer consejo, derivado del segundo, nos manda no intimar excesivamente con nuestros compañeros de trabajo, porque “a medida que se  incrementa el compromiso en la amistad, en esa misma medida se va aumentando las confianzas en el ámbito laboral. Un día cercano no se le haga raro que deba ocuparse de tareas que no le corresponden para evitar que regañen o despidan a su amigo.”

El cuarto consejo a no seguir implica, siempre según el notable e irónico articulista, que debemos tener lealtad con nuestra empresa, a la que el articulista define como “su segundo hogar 40 horas a la semana o más” (¡realmente, el tío en cuestión es un humorista de lo mejorcito; 40 horas semanales… pensando en el público hispano!). Por ello el trabajador debe informar (recordemos, siempre a su superior inmediato) de si hay algún aspecto de la empresa que puede mejorar con su quehacer diario. El quinto y último consejo también remite a la superación personal, porque arriesgarse y hacer tareas que a uno no le tocan en teoría forma parte “del progreso de una persona; poder explorar nuevos campos dentro de su ofició o profesión (…) Si usted hace pequeñas reparaciones locativas es posible que su superior lo promueva.” La promoción, en el más puro sentido estadounidense, se basa en la iniciativa privada y personal.

Es curiosa esta visión de la empresa del articulista como un órgano maligno en donde la superioridad manda, en donde la humanidad (qué hay de más humano que la amistad y el poder compartir cosas como ver empleados dándose besitos…) parece no entrar en el orden del día. Un espacio en el que la superación personal implica hacer siempre algo más de lo que a uno le ordenan, y por lo cual no le pagan. Siendo este último punto ligeramente aceptable (lo sería de veras si las tareas que deben realizar los hispanos estuviesen recogidas en contratos que, no nos engañemos, no existen) me parece sintomática la imagen que los hispanos tienen de la empresa porque, evidentemente, disto enormemente de pensar que todas las empresas sean tan horrorosas como se pintan en este escrito.

Pero lo interesante del tema es ver como los hispanos sí que se las imaginan así, quizás por algún prejuicio que se me escapa, o porque se han aferrado a una imagen de la empresa que les obliga a trabajar sin dejarse ápice de amistad o humanidad en su labor. En cualquier caso, que las publicaciones hispanas persistan en una imagen corporativa desalmada, y que les sume en la parte más baja del escalón laboral (lo cual es desgraciadamente cierto) no creo que sea el mejor de los consejos para prosperar.

Vivir en NY… entre suicidas telefónicos

Suicide Un servidor tiende por naturaleza al pesimismo, y –de tanto en cuanto- salen noticias en los medios que me hacen sospechar no ya que las cosas vaya tirando a peor, sino que nos estamos volviendo todos inexorablemente majaras y que lo mejor sería cerrar el planeta tierra y tomarnos unas vacaciones para airearnos un poquito... Leo en la Web del Times un artículo de Noam Cohen, The Global Sympathetic Audience (Fights and suicide treats posted minute to minute); en este revelador y terrible artículo, Cohen nos cuenta el caso paradigmático de Nick Starr, un informático de 27 años de Tampa (Florida) con tendencias comunicativas y emocionales curiosas. Este chaval es uno de los muchos usuarios de un programa llamado Twitter, un dispositivo que permite la creación de minoblogs o mensajes de texto bastante largos que uno puede enviar a través del teléfono móvil a una red de contactos minuto a minuto. Estos contactos pueden llegar, como el caso de la familia de este simpático joven, a los 400 animales racionales.

Pues bien; el cachondo Starr, al pasar por un puente en un día como otro, envió un mensaje a sus amigos en el que especulaba sobre la bonita y lúdica posibilidad de tirarse al río, para así devenir el primer caso de Twitter-Suicide. Una amenaza que no cumplió, puesto que la policía –advertida por alguno de los numerosos contactos del chaval- le encontró dormido en su coche al día siguiente. El asunto es serio, y no solamente por la chiquillada de ese pobre cateto, sino por el hábito que tiene gente como Starr de ir contando su vida minuto a minuto, incluso en lo que atañe a las ocupaciones más insustanciales. Yo no soy el más adecuado para dar lecciones de privacidad (como insinué hace días y repito) pero de compartir algunos aspectos de la propia vida de manera impúdica a contarla al segundo en esta especie de microblogging que además pone a disposición de cualquiera estos mensajes (se pueden ver en la página Twitter.com) hay una distancia nada corta.

En la línea de la que hablamos el otro día con el post de la intimidad, cada vez son más las personas que cruzan ese umbral para situar la banalidad de sus vidas en Internet. Un ejemplo es el videoblog de Jakob Lodwick y Julia Allison, una joven pareja de periodistas que cuentan en directo su vida conyugal e incluso graban discusiones que afectan a su relación. Una retransmisión supuestamente en directo, pero visiblemente edulcorada por la presencia de la cámara, tan falsilla como el grito suicida del pobre Starr, que con toda probabilidad debe ser un paria más que adolece simplemente de uno de los males más importantes de nuestro tiempo, llamado no saber estar solo aunque uno lo merezca. No deja de ser paradigmático que el pobre hombre mandase un mensaje de arrepentimiento a todos sus contactos el día siguiente, afirmando lo sorprendido que estaba por la respuesta que generó su grito; ya saben, el rollo sempiterno del no me había dado cuenta de que tenía tantos amigos...

Starr ha decidido olvidarse del suicidio y acceder a visitar un psicólogo (pobre niño, lo que le faltaba…). Se mudará hacia San Francisco, donde viven muchos de sus amigos-Twitter, y esperemos que allí encuentre la paz que merece. Deseo también que alguien tenga la decencia de decirle que hay maneras más fáciles de conseguir una amistad sólida que ese programa de contactos, y –de paso- que si repite muchas veces ese grito suicida para llamar atención ninguno de sus contactos le hará caso y entonces sí que le iremos a visitar en uno de sus simpáticos puentes; supongo que podremos quedar con el Twitter.

Vivir en NY… entre la muerte de la intimidad

Glass_houseLa colega Penélope Green publicaba ayer un artículo maravilloso en The New York Times sobre como la cultura popular y la estética arquitectónica contemporánea están redefiniendo el concepto de intimidad. Como puede comprobar cualquier paseante atento, en Nueva York o en cualquier ciudad moderna, los arquitectos del presente tienden a estructurar sus edificaciones en cubículos de vidrio transparente que pretenden hacer intencionadamente visible la vida de los ciudadanos que los habitan. Basta pasear por la West Side Highway de mi ciudad para comprobar como los creadores de espacio y sus compradores más ricos (vean si no el claro ejemplo de las dos torres construidas por Richard Meyer en esa misma avenida) quieren ser vistos por los espectadores sedientos de morbo de toda la ciudad. Unas transparencias, creo pensar, mediante las cuales los propietarios –que buena pasta se gastan en vivir en los pisitos citados- nos hacen el sano favor de disparar nuestra envidia hasta sus maravillosas adquisiciones; hay que reconocer que lo consiguen.

No contentos con la exhibición del interior hacia el exterior, hay diseñadores como Jeremy Fletcher y Alejandra Lillo que han estructurado interiores de casas con paredes de vidrio que incluyen la delimitación de espacios tradicionales de intimidad como el lavabo o los dormitorios. Según parece, existen posmodernos de pro para los que la intimidad ha muerto tal como Dios (hay gente para todo en esta vida) y que gustan de ver a sus parejas en pleno esfuerzo de defecación, unas escenas que –todo hay que decirlo- se pueden disimular con un dispositivo que oscurece los citados muros de vidrio. Un mecanismo que permitiría, según sus creadores, modular los niveles de intimidad a la que podemos acceder en nuestra propia casa y con nuestros congéneres; sin pasar por la escena de mal gusto del lavabo, podemos por ejemplo oscurecer los muros hasta ver la silueta de nuestra pareja en la ducha, algo importante para suscitar excitación cuando la cosa ya va de capa caída. Eso parece mejor.

Pero el tema es serio; como dice mi colega, parece ser que –en un mundo en donde las habitaciones de adolescentes llegan a medio mundo a través de Youtube- la noción entre la interioridad y la exterioridad de las viviendas, y la intimidad o lo que puede dejarse ver de las personas, parece no tener el mismo sentido. La proliferación de estos espacios abiertos en la arquitectura puede provocar que nuestra noción de privacidad quede inexpugnablemente dañada. Como dice la experta Sherry Turkle en el citado artículo, estos espacios abiertos “pueden hacernos devenir incapaces de distinguir cuando estamos juntos y vigilados de cuando estamos solos y aislados.” Por otro lado, existe el peligro de que ese exhibicionismo aparentemente narcisista derive en problemas de seguridad nada simpáticos, como los que sufren –en el plano virtual- algunos chavales que cuentan sus intimidades en portales como Facebook, inconscientes de que sus vidas son vigiladas por audiencias no siempre en correcta tonalidad mental.

Según cuenta un experto en arquitectura, Winifred Gallagher, el aumento de este tipo de viviendas responde –entre otras cosas- al hecho de que la gente se siente más segura actualmente en Nueva York. Acepto el argumento, pero pienso que el narcisismo sigue siendo el factor principal; y la regulación del mismo parece tan complicada como el evitar que a una chica con ropa demasiado ligera le metan mano en una discoteca. Sea como fuere, el ejemplo de la arquitectura no deja de ser uno de los mil ejemplos de ese narcisismo en el que se pueden encontrar cosas tan dispares como los videos caseros en Youtube o este mismo blog. Y lo que está claro es que los que exponemos una información sobre nuestras vidas hemos dejado la intimidad inexorablemente dañada. Porque desde el mismo momento que uno entra aquí, y deja transparentar uno de sus vidrios, se arriesga a que alguien le mire mientras defeca o le meta mano en exceso. Es el riesgo del asunto, y quizás también uno de sus mayores placeres…

Vivir en NY… entre autistas y sociedades de autistas

LucyEnsemble Studio Theater; calle 52, tocando a la avenida 11. Una buena amiga (protagonista exitosa de una de nuestras últimas miradas ciudadanas) me invita cordialmente a una representación de Lucy, arriesgada creación dramática de Damien Atkins sobre el problema del autismo. Resumen rápido para navegantes; Vivian es una exitosa antropóloga especializada en paleontología. Misántropo vocacional, recibe la visita de su exmarido Gavin, un hombre llano y cordial que acaba de casarse y rehacer su vida. Sabemos luego que habían tenido una hija de 13 añitos, Lucy, enferma de autismo. Gavin lleva toda la vida cuidándola siguiendo fielmente un pacto que habían acordado cuando nació, pero ahora quiere descansar por un tiempo. Vivian nunca la quiso y tampoco le hace gracia tenerla ahora, pero Gavin la convence y se la envía a su lujoso apartamento neoyorquino, adjuntando un exhaustivo manual de instrucciones para cuidar de ella como es debido. Tras las lógicas dificultades de adaptación, Vivian –posmoderna y narcisista ella- no solamente acepta a la criatura, sino que establece una relación simbiótica con su niña; ella también ha sido autista a su manera, ella se ha olvidado de Lucy durante mucho tiempo y ha contribuido a su aislamiento, etc. El final, quizás lo más flojo de todo, lo dejamos para el teatro…

Curioso y valiente argumento porque –como no indicaba el programa de mano, según creo recordar- la trama nos lleva a una vieja teoría sobre el autismo, la del buen amigo Bruno Bettelheim (léase The Empty Fortress) un psicoanalista remarcable ahora olvidado para el que el fenómeno del autismo tenía un posible origen en la indiferencia manifiesta mostrada por las madres con sus bebés durante su estado de gestación y primera lactancia. Una teoría que, denostado el psicoanálisis en los noventa (al menos como terapia efectiva y no como artilugio literario-cultural) quedó como absolutamente obsoleta, e incluso ofensiva, puesto que situaba el origen de una enfermedad clínica en la estricta responsabilidad moral de sus padres, lo cual siempre da cierto mal rollo. No hace falta decir que –hoy en día- la teoría ahora citada, entre muchas otras, ha dado paso a explicaciones genéticas, siendo los genes algo que, como saben, explicarán algún día mi ser culé o mi extraña afición por las mujeres con mofletes redonditos. Más allá de su aplicación científica, la teoría bettelhemiana tiene una traducción social importantísima, de la que –insisto- se hace eco el texto de Atkins. No se trata de entonar el famoso y moralista todos estamos enfermos de los malos foucaultianos, sino de intentar reflexionar –con el fondo del autismo- si la enfermedad puede hacernos meditar sobre lo patológico de algunas de nuestras conductas enfermas.

Ahí es precisamente donde el texto de Atkins me ha sorprendido, por alejarse de la moralina barata (léase Rain Man y sucedáneos cutres que retratan a los autistas como monos de feria); en el retrato de una científica evolucionista a la que el autismo reta vital y profesionalmente. Vivian se ha pasado la vida buscando fósiles en África, pero no ha hecho el trabajo de des-fosilizarse a ella misma para descubrir así el origen de su fobia a la amistad, a cualquier forma de relación social que se tercie, a cualquier muestra de sentimiento que surja honestamente de su ser… Y ahí está Lucy (magníficamente interpretada por Lucy De Vito; todo se pega en esta vida), espejo perfecto que hace posible esa catarsis personal mediante la que Vivian se da cuenta del carácter irreal y pervertido de su actuar diario, e intenta al menos comunicarse con un ser que tiene un lenguaje que no es el suyo pero con el que puede llegar a establecer puntos de encuentro.

Tachar algunas de nuestras conductas como autistas les puede parecer exagerado o excesivamente literario... Para muestra un botón; ayer mismo paseaba por el Upper East Side y pillé la conversación de unos ejecutivos que hablaban animadamente de sus diferentes puestos de trabajo. Los chavales eran jovencitos (tendrían unos 35 años) y se pavoneaban con orgullo de la enorme cantidad de trabajo que sus ocupaciones y directivos les pedían. En un tramo de la conversación llegaron a chulear apelando a la cantidad de mails que podían contestar cada hora. El chaval que ganó, orgulloso él, llegó a contar 40 correos electrónicos en una hora, que contestaba en la oficina o bien mientras comía... Bien, supongo que ahora lo de la niña autista no les da tanto miedo…

Post Scriptum; Ayer una lectora atenta me advirtió que la introducción del último paseo que escribí sobre Williamsburg, en el que atribuía alguna “catalanada” que se me escapa en los textos a la persecución que sufre el español en Cataluña, podía llevar a algún equívoco interpretativo. Evidentemente, el comentario (como también había advertido la lectora correctamente) era absolutamente irónico. Por cierto, ya que hablamos de intenciones, dedico este último post del autismo a algunos de mis comentaristas predilectos, especialmente a los que les irrita mi pedantería y mi afán por la lectura. Supongo que son las mismas personas que se quejan con voz impostada y grave de la falta de referencias literarias, científicas y humanistas en el mundo del periodismo español. Mi recuerdo y gratitud para ellos en todo momento (y sí, este comentario también es irónico).

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