Rescato el sombrero (también la calma holgazana de Walser) para pasear durante las pocas horas de sol que, caritativamente, nos ofrece este invierno ya inexorable; ésta es la mejor forma de periodismo que se me ocurre practicar. Demasiados días en casa, esclavo de la letra y de las crónicas impostadas que los corresponsales regurgitamos vía Internet (no hagan caso a los que dicen lo contrario, porque mienten). Tomo el Metro G –alias verde Chartreuse- hasta Manhattan Avenue, en el corazón de Greenpoint, un barrio de obreros y refinerías en el XIX que tras la crisis de la industria petrolífera albergó a los emigrantes eslavos que huían del nazismo cuando estalló la Primera Guerra Mundial, con preeminencia clara de polacos (con los que siento una lógica afinidad, claro está). Ése primer flujo volvió a aumentarse cuando a los polacos les cayó otro yugo casi peor, el comunismo totalitario, que llegó a igualar la crueldad del primer sablazo, lo cual no era nada fácil. Es quizás ésta –todavía, aunque pasen las décadas- la marca de identidad de Greenpoint, un barrio que huele al dolor del exilio y en el que se mezclan tradicionalistas con miradas agrias de dolor y nuevas generaciones de americanos, optimistas por naturaleza y orgullosos de su origen polaco, que ya no tienen miedo a pasarlo bien o a perder el tiempo en un pub como nuevos burgueses falsos de clase media.
Empezamos, decía, en Manhattan Avenue. Solamente a una manzana hacia el oeste, en el cruce entre Nassau y Bedford, está la Father Popieluszko Square, una deliciosa plazuelilla que conmemora al mártir polaco Jerzy Popieluszko (1947-1984), un clérigo católico que encabezó el Movimiento de Solidaridad Polaco durante la ocupación Soviet y su posterior dictadura. Popieluszko dedicó su vida a luchar desde su púlpito contra la tiranía de aquellos gobiernos terribles que hacían de la intromisión en la vida privada y las creencias de los polacos su razón de ser (pobre hombre, si alzase la cabeza y viese la cantidad de cosas normales que los gobiernos nos prohíben, español incluido…) hasta que fue encontrado sin vida junto a un río, con numerosas heridas… y una soga en el cuello, atada a una piedra. Triste historia para esta placita tan tranquila en apariencia, con una estatua de Popieluszko de Stanislaw Lutostanski y una –más pequeña, hacia el oeste- de Tom Cleveland, que simboliza la libertad representando unas manos abiertas. Las flores que los vecinos tienen ahí habitualmente dejan bien patente que ellos no necesitan leyes de memoria histórica para acordarse de sus mártires y que el movimiento –como diría mi abuela, muy exacta en cuestiones metafísicas- se demuestra andando.
Tras cruzar Bedford Avenue vale la pena andar por McCarren Park, un parque importante que separa el barrio de Williamsburg, y en el que los fines de semana –según me cuenta un vecino- suelen haber mercadillos de fruta fresca y pescado. Al salir por el camino sur del parque uno puede parar un rato en la primera de las numerosas iglesias y capillas de Greenpoint, la Russian Orthodox Cathedral of The Transfiguration, una construcción amable y fina del 1920 que –según parece- alberga pinturas rusas que imitan la colección palaciega del zar San Petersburgo. Me pasé por ahí un sábado al mediodía, y –como es triste y habitual en cualquier culto- la iglesia estaba cerrada, siguiendo esta moda curiosa de todas las religiones a partir de la cual los templos solamente deben abrirse durante la celebración, una tendencia tan irreligiosa como horrenda dicho sea de paso. Volviendo por McCarren, es impactante seguir la línea de la calle Lorimer hacia la McCarren Pool, una de las piscinas públicas más grandes de Nueva York. No hay nada más dulcemente siniestro, pensaba hoy caminando por sus alrededores, que una piscina vacía como ésta, con los gritos chiquillescos retumbando todavía en sus paredes teñidas de grafitis, tan parecida a un templo estalinista con su portalada roja…
Tras el habitual momento de poesía ñoña que no consigo evitar, giro a la derecha para llegar a Driggs, una de mis calles predilectas, en la que se encuentra el Polish National Home, un ateneo cultural polaco en el que se programan actos interesantes para los neófitos en cultura popular polaca (me incluyo, claro está) en el que también está el Warsaw, un bar simpático en el que uno puede pasar el tiempo ojeando a jovencitas polacas en flor, de las que –si fuese un imbécil políticamente correcto- diría que son muy bellas, pero de las que acabaré afirmando –y disculpen las molestias- que tienen culos de extraordinaria factura, cabezas ovaladas bastante curiosas, unos vientres especialmente sinuosos que ayudan a desviar la mirada hacia el sur y una fama de sumisas que algún día me gustaría comprobar y que aumenta mi estima por el país. Estos pensamientos pecaminosos pueden resolverse en la Father Sudzsinski Square –una diminuta plaza que rinde homenaje a uno de los pastors más queridos del barrio- para dirigirse luego a Saint Stanislaus Kostka Vicentina Fathers Church, una edificación bastante moderna que los vecinos llaman cariñosamente Saint Stans y en la que se pueden ver placas conmemorativas de las visitas de Lech Walesa y del papa Juan Pablo II. Aunque (insisto) la iglesia está casi siempre cerrada, hay una escultura de la virgen de Fátima que está disponible las veinticuatro horas del día, para cualquier emergencia.
El pasado polaco insiste en estar presente en este paseo, al menos si seguimos por Driggs hasta el Monsignor McGolrick Park, coronado por un monumento a los veteranos de la Primera Guerra Mundial, del que uno puede salir hacia la calle Nassau para acabar en uno de los puntos culturales importantes de Greenpoint. Se trata del Old Poland, uno de los mejores restaurantes polacos de la ciudad, en el que uno puede pedir un Poland Sample a ocho pavos (con potato pancakes, pierogies, kielbasa, stuffed cabbage y bigos) que no se lo salta un gipsy, ni con buen entrenamiento. Ingredientes secos, primarios, duros y calientes de una cultura árida, llena de rostros acostumbrados al frío polar (a los mediterráneos, que ahí cantamos como una mona, se les aconseja llevarse una manzanilla portátil y no mirar mucho a la camarera rubia que atiende al personal; su novio, igualmente rubio y con mayor mala leche y musculatura, acecha en la mesa más cercana al contador, comiendo sopa con cara de pocas amistades). Si el Old Poland está lleno (hay pocas mesas, y mucha demanda) por Manhattan Avenue hay miles de lugares tradicionales con menús bastante clonados. La regla para entrar es bien sencilla; cuantos más polacos estén dentro, mejor.
De hecho, lo mejor de este paseo es observar –en éste, su núcleo central- como conviven tres generaciones de polacos con miradas existenciales a la cultura bien diferentes. Los más ancianos con la mirada todavía puesta en su tierra, los padres en existencia mixta entre el desarraigo y la novedad, y los hijos plenamente americanizados. De ahí que en Manhattan Avenue uno pueda observar risiblemente esas tiendas de ropa eslava absolutamente deleznables –unos tonos grises horrorosos que nadie se atrevería a llevar en Manhattan- coexistiendo con establecimientos ilustremente modernos como la Peter Pan Donut & Pastry Shop (uno de los mejores lugares de la ciudad para hartarse de donuts) o la discoteca Europa, en el número 765, lugar predilecto de los más jóvenes (la fiesta de San Andrés, importantísima para los polacos, es el 29 de noviembre; tiene buena pinta). Resulta increíble que, del bullicio de Manhattan Avenue, podamos pasar, girando a la izquierda, a la paz de los suntuosos brownstones de Noble Street o Kent, en donde podemos observar la iglesia más antigua del barrio, la Episcopal Churchof The Ascension, en la que me sorprendió ver una banderilla gay junto al lema “Aquí también es tu casa.” Me chivaré a Ratzi…
Si giramos hacia el este, podemos deambular por Franklin Street, una nueva muestra de los contrastes del barrio. Hay fabricas preciosas de hace un siglo que se conservan muy bien, como la Eberhard Faber Pencil o el espléndido edificio de Charles Pratt Astral Oil. Un entorno con TINTES obreros que se acaba en Java Street, con unas vistas preciosas del Midtown Manhattan y del East River (aunque el lugar parezca el enclave perfecto para que unos mafiosos acaben con nuestra vida, es muy seguro). Este entorno convive con librerías notables como la Word Books Stationery (doy ánimos y suerte a sus propietarios, que hoy nos animaban a “perder un kilo de peso leyendo un libro, tras el pavo de ayer”) o bares simpáticos como el Brooklyn Label. Son dos caras, antigüedad y modernidad, que veíamos también en Red Hook, incluso en el apijado Williamsburg. Pero, ya saben, queda dicho; Greenpoint es un barrio de ancianos que recuerdan a mártires, ingredientes duros que combaten el frío y miradas dolientes que hacen emerger de golpe el pasado, que tiene la fuerza de un hongo de hiperbólica insistencia. Hay que ver lo cursi que puedo llegar a ser... paciencia.