Bernat de Deu

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Vivir en NY… entre las miradas ortodoxas de Williamsburg

Ortodoxos_2El simpático lector F (tenemos la suerte de albergar a muchos anónimos en nuestra comunidad…) me cuenta que cada día, “al llegar al curro”, lee uno de mis articulillos, “si hay suerte” y se da el caso de que lo haya escrito. Sabiendo que eso de “llegar al curro” ya es una desgracia en esencia y el trabajo es un yugo bíblico (fruto de un error humano) heme aquí para obsequiarle con un pequeño paseo inquietante por Williamsburg (a él o ella, que le gustan las monstruosidades, le sentará bien). Aprovecho igualmente para pedir perdón a los lectores, y de paso a la RAE, por alguna que otra “catalanada” que se me coló en anteriores escritos; todo, como saben, es fruto de la persecución lingüística de la lengua española en Cataluña de la que –como hijo de la sociedad nacionalista- no me he podido librar. Pido honestas disculpas.

Williasmburg es quizás el barrio con más contrastes de Brooklyn. Paseando por sus callejuelas, uno se puede sentir hijo predilecto del siglo XXI, ser un esteta posmoderno de lo más cool en Galapagos, pero también puede retroceder cientos de años en el tiempo y experimentar la caída libre en el vacío de la historia (vaya cursilada de frase...). Para un recorrido exhaustivo por el barrio (hoy escribo solamente una parte) lo mejor es empezar en Manhattan, bajarse en el F en Delancey Street y atravesar a pie el puente de Williamsburg, si es el día acompaña, para admirar las preciosas vistas del Nueva York industrial que descansa a orillas del East River, al norte de Dumbo, al igual que divisar los falos de cemento del Midtown Manhattan.

Al descender el puente, vale la pena embobarse unos instantes mirando la preciosa fábrica de Domino Sugar (llegando a mano izquierda; se ve de sobras). Es oportuno recordar que Nueva York fue, durante XIX y a principios del XX, la capital azucarera de los Estados Unidos, antes de que el negocio se largase hacia el sur, y esa fábrica guarda el esplendor cáustico de la revolución industrial. Actualmente, sus propietarios están pensando en derruirla para construir viviendas y forrarse de pasta (lo cual es tan legal como recomendable) mientras muchos de los vecinos del barrio, falsos progres ellos, intentan que la fábrica se restaure y pueda devenir un espacio comunitario, lo cual sería de agradecer, pienso, no tanto por lo último sino por la oportunidad de revivir un edificio tan precioso del antiguo Gotham.

Al acabar el puente, y tras echar un vistazo al edificio del Williamsburg Trust y su precioso hall (en S. 5th Pl.), el hedonista de pro no tiene más remedio, si quiere hacer honor a su condición, que dirigirse a Broadway para entrar en una de las instituciones culturales más importantes del país. Se trata de Peter Luger, una filatería que opera desde 1887 y que ganó durante la tira de años seguidos el título de mejor filete de la ciudad en la guía Zagat. Efectivamente, el Porterhouse del Luger le hace a uno olvidarse por unos instantes del planeta tierra, y es suave como la mantequilla. Un estado de levitación no exento de incomodidades; los camareros son extremamente maleducados, el precio es bastante elevado y no se puede pagar con cash, y (desde que el lugar es una atracción turística) uno debe reservar con semanas de anterioridad. Los pecados de la carne también tienen inconvenientes, ya saben…

No sé si lo mejor para digerir un filete es adentrarse –tras dejar Broadway- en las calles Wythe, Bedford o Roebling. Como indican los nombres, entramos en un territorio eminentemente judío, prácticamente habitado por ortodoxos. Sinceramente, como ateo cristiano, siempre he tenido un respeto sumo por las religiones y su modo vital (ya conocen mi devoción por Benedicto XVI), pero siempre que paseo por este barrio no puedo sino sentir un pequeño escalofrío en mi espina dorsal. Vestidos que uniforman a los hombres (en el sentido literal del término uniformar), mujeres a las que se les niega estéticamente cualquier componente de feminidad… Admito que  la religión tiene como sentido último evitar el paso del tiempo en algunas facetas de la vida, pero cuando este paso del tiempo afecta la imagen de los cuerpos (los niños con las trencitas, las pequeñas con esas horrorosas faldas grises…) siento un cierto pavor...

Hoy, en Williamsburg –entre los ortodoxos judíos- he sentido otra vez la mirada inquisidora, la mirada del tú no eres de los nuestros. No hago moralina, ya me conocen; seguramente esta es una mirada que yo mismo he hecho muchas veces para excluir al otro de mi imaginario cultural o del territorio que considero propiedad de mi comunidad (bien sea racial o cultural). Pero esta mañana tan benigna, las miradas ortodoxas de Williamsburg son más frías que nunca…

Vivir en NY… entre los animales de Galapagos

SelenelunaTras el estallido artístico de los ochenta, Nueva York se aburguesó paulatinamente hasta convertirse en una ciudad bien limpita y tranquila, con poco espacio para la trasgresión y escaso amor por lo anormal. Sin embargo, existe una pequeña aldea de galos que resiste a la normalización capitalista y banal de todos los ámbitos de la cultura. Se trata del Galapagos Art Space, un espacio singular (mixtura de Bar, galería, teatro y cabaret) situado en el corazón de Williamsburg, en la calle 6 (es obligado pasar antes por Sweetwater a pimplarse su magnífica burger). Ayer pude asistir de nuevo a uno de sus mejores platos, de hecho el más carismático, la Monday Night Burlesque, una serie de striptease extraordinariamente cutres que reúne cada lunes a una fauna que ni les cuento. Ayer pudimos ver Animal Crackers, una serie de desnudos con temática animal; la ocasión lo merecía, porque el acto tenía como misión recaudar fondos para una granja de animales de la ciudad. Y ya saben… que si gatitas en celo, tigresas con chicha. Evidentemente, en estrictos términos artísticos, los striptease no se pueden ni ver y no pasarían del primer curso de una hipotética carrera de striptease, pero el ambiente es tan cordial y los presentadores tan simpáticos (ayer le tocó el turno a la gran lesbiana BOB, un animal potente e irónico) que merece la pena pasarse por ahí. Y no solamente por lo que uno se ríe, sino porque entrar en ese universo de Galapagos nos trae de nuevo al Nueva York más simplón, jocoso y cutre, un Nueva York al que cada vez cuesta más encontrar oxígeno, al igual que la Barcelona del Molino o de la Bodega Bohemia que tanto parece molestar a los chavalitos socialistas nuevo-pijos que estudian en Stanford.

A mí, que de pijo tengo un poquito, me entusiasma ver esas mujeres deformes y fondonas en escena, demostrando un aplomo muy superior al de algunas estrellas operísticas que venero, al igual que me encantaba ver a esos magníficos transvertidos en el Cangrejo Loco de Barcelona. Pero esta cutrería, ya ven, no parece gustar a nuestros mandatarios; les molesta un striptease cutre y en cambio otras cosas (evito meterme en el tren de la política nacional) no hacen tanto daño a su estética. En fin…

Vivir en NY… entre cristianos fundamentalistas encantadores

Usa_2 Dicen con razón que Nueva York es una de las ciudades más progresistas del mundo; ciertamente, cuesta bastante encontrar aquí a un ferviente partidario de Bush (que los hay, porque aquí –al fin y al cabo- también le votan miles de personas), o a un fundamentalista religioso, un derechista recalcitrante, o un defensor a ultranza de la pena capital. No digo que no los haya, pero –como pasa con los votantes del PP en Cataluña o los homosexuales en el ejército- éstos manifiestan pocas veces sus creencias en voz alta y a pecho descubierto. Incluso se llega a pensar –también con razón- que un Republicano de Nueva York siempre será un conservador con tintes progres, si se le evalúa en lo que toca a asuntos como la investigación con células madre, el aborto o la legalización del matrimonio homosexual.

La reflexión, nada nueva, viene a cuento por una historia divertidísima que me contó una amiga que mantendré anónima por su/nuestro bien. Mi amiga conoció hace días a un hombre en una situación puramente banal y –como pasa tantas veces en Gotham- la casualidad dio paso a una cena, un par de citas y a un jolgorio corporal tan sano como recomendable. Hablando con ella hace semanas, me contaba lo encantada que estaba con ese hombre tan cortés y educado que –paralelamente- era más que bueno en lo que atañe a la horizontalidad. Sin embargo, como curiosidad jocosa, me comentaba que era un hombre bastante conservador, cosa que le motivaba bastante en sus intercambios de opiniones. Como les comentaba, es difícil encontrar a un carca en la ciudad, y mi amiga celebró que le tocase a ella con buen humor. Al fin y al cabo, me contaba, conocer personas que piensen diferente y que puedan justificar racionalmente algunas cosas que nosotros concebimos como imposibles ayuda –al menos- a reafirmar nuestras posiciones morales.

Pero hace pocos días, a mi amiga le tocó visitar la casita del chaval conservador, en la que pernoctó alegremente. Y cuál fue su sorpresa –al levantarse para el clásico pis matinal- al ver que el susodicho tenía en la cortina de su casa una bandera kilométrica de los Estados Unidos y –en la puerta del dormitorio, creo recordar- un póster bien grande de los New Born Christians, una rama teológica (entre mil comillas) cercana al evangelismo que enfatiza la conversión como un acto de renacimiento espiritual, entre otras monsergas que les ahorro. Estos símbolos (creo que también tenía un crucifijo en el bidé…) provocaron un repentino ataque de asma a mi pobre amiga, que casi acabó huyendo por patitas de la casita del neocon. Tras esta experiencia religiosa, el joven cortés y educado le empezó a parecer un hombre con el que –literalmente- podía hacer poco menos que follar. Sus creencias, me contaba, les impedían hacer cualquier cosa juntos; una película de Hollywood sería siempre vista como algo too liberal por su pareja, cualquier conversación toparía inexorablemente con una serie de valores que ella –según me contaba- concebía como innegociables.

Evidentemente, como pueden imaginar, merecía ver la pena de la cara que se le quedó a mi a miga cuando reflexionaba en voz alta sobre este asunto, ante la cual (ya conocen mi delicadeza y cortesía) yo me cagaba de la risa. Pero el asunto, más allá de que tiene gracia que a una le toque el único new born del barrio, tiene su lado interesante, porque –según ella misma- este chaval sigue siendo igualmente encantador y educado, y salir con él sigue siendo una buena experiencia, siempre que no se toquen ciertos temas. Mi amiga afirma como inalienables ciertos valores, pero –ésta es mi pregunta- ¿no es también el suyo un acto de intolerancia por sentirse agredida por unos valores que no son los suyos, como así la defensa de la pena de muerte o la invasión de Iraq? Evidentemente, no soy un espíritu ingenuo; creo que hay ciertos valores que se traducen en políticas que son dañinas en sí mismas, pero no creo que ello deba poder aniquilar nuestro valor más básico, que es la negociación. Yo no sé que hubiese hecho o qué hubiese sentido al levantarme en esa casa (a mí, contrariamente a mi amiga, la religión me pone cantidad y tengo a Benedicto XVI en alta estima) pero creo que hubiese intentado, al menos, seguir con algo aunque fuese por amor al pluralismo ético.

Igualmente, pienso que la historia tiene su innegable encanto; me gustaría haberles puesto una foto de la cara de capulla que se le quedó a mi amiga. A no poder ser –y para preservar intimidades- vamos a hacerle un homenaje al neocon y le pondremos la banderita del país bien grande, para que al menos se pueda masturbar a gusto, ahora que pintan malos tiempos para la tolerancia ética.

Vivir en NY… entre Internet como sustitutivo y chips cerebrales

Panptico La consultoría mediática 463 Communications acaba de publicar, en colaboración con el grupo Zogby International, un estudio interesantísimo sobre la percepción que tienen los estadounidenses de Internet. En primer lugar, es bastante remarcable ver como un poco más de la mitad del país ya se muestra a favor de que el contenido de imágenes que encontramos en Internet se limite de alguna manera por parte del gobierno de la nación. Mientras un 29% de los encuestados afirmar que debería regularse como la televisión (en lo que concierne a horarios, supongo), un 24% sostiene que el gobierno debería imponer restricciones a Internet parecidas a las que aplica a la industria del cine. Los datos son remarcables porque solamente un 36% de los encuestados creen que aplicar restricciones en Internet implicaría alguna colisión legal con la poética Primera Enmienda de la constitución que –como ya sabemos- prohíbe restricciones en lo que toca a la libertad de expresión... Un porcentaje que –desgraciadamente- demuestra no solamente que Internet es un espacio de libertad y expresión informativa importantísimo, sino que –de aplicarse esas restricciones- podría dejar de serlo rápidamente. No deja de ser curioso que la voluntad en las restricciones gubernamentales tenga también un componente generacional, siendo mucho mayor (un 72%) en los mayores de 70 años que en los jóvenes de 18 a 24; solamente de un 33%, que no es poco…

Pero el estudio –en su letra pequeña- tiene algunas preguntas cuya respuesta es todavía más sorprendente e instructiva. Por poner un solo ejemplo, existe un increíble 11% de estadounidenses a quien no les importaría (no es coña) llevar un chip en el cerebro mediante el que pudiesen acceder a Internet, una especie de aparato de wireless portátil –digo yo, que entiendo poco de esas cosas- mediante el cual su azotea podría acceder al mundo de la información global. Paralelamente, un 24% de los encuestados afirman, sin despeinarse, que Internet puede servir perfectamente como un sustitutivo de la pareja o de cualquier otra relación igualmente significativa. Que eso de la técnica redimensionaba las relaciones del hombre con el mundo ya nos lo había enseñado el bueno de Heidegger, pero que la técnica redimensione las relaciones del hombre con el hombre hasta eliminar su componente relacional (¡y hasta su interlocutor!) tiene mayor gracia, no me lo negarán; pero yo creo que la cosa no la tiene cuando existe un 11% de seres racionales a los que no importaría llevar un aparejo montado en la cabecita con el cual pudiesen permanecer conectados, eso sí, pero también a partir del cual también podrían ser vigilados y controlados de la manera que todos sabemos. Y se reían del panóptico de Foucault… pobrecito, si levantase su calva azotea se maravillaría de lo ingenuo que puede parecer hoy en día…

Vivir en NY… entre hermanos desiguales

Paseaba por Red Hook… decíamos ayer, y conocimos a Cynthia. Cynthia es una camarera mejicana de veinticinco años que trabaja en el Viva Restaurant de la calle Sullivan. Divorciada, Cynthia tiene dos hijos –de 7 y 4 años- que cuida trabajando doce horas al día durante toda la semana. Cynthia está muy contenta porque tiene un novio muy simpático que la visita a menudo desde Queens, y no para de sonreír con amabilidad hiperbólica. Paga 700 dólares por una habitación que comparte con tres familias. Quiere con locura a sus hijos, a los que una amiga puede cuidar cuando ella trabaja (que es casi siempre) y tiene la esperanza de que su esfuerzo les hará prosperar. Pero existe un problema que no es culpa de nadie y que marca a todos; su hijo mayor nació en Méjico, mientras que el menor nació en Nueva York, lo que le da la nacionalidad estadounidense de manera automática. Mientras el pequeño tiene todas las ayudas públicas que necesita, la posibilidad de curar sus defectos de habla con un logopeda, o el posible acceso para becas para cuando decida cursar –si lo hace- estudios universitarios, el mayor no tiene acceso a nada de esto, solamente debido a su origen. Historia común, de familias a las que la suerte de haber nacido en un lugar o en otro marca por completo su devenir. Hermanos que son iguales pero que no lo serán nunca, nunca… ¿Cómo verá la vida un chaval tres años mayor que su hermano esta discriminación? ¿Y si resulta que el mayor es el listo… pero no puede aprovechar su talento porque no tiene los instrumentos necesarios? Historias que se aprenden, paseando…del mundo en el que vivimos.

Vivir en NY… entre las figuras de Kara Walker y los pasteles de Lady M (para monnipenni)

Kara_walkerUna simpática lectora me escribe (bajo el seudónimo monnipenni) contándome que vive en el Upper East Side de esta ciudad y que no encuentra lugares que le hayan interesado en Nueva York, enclaves que –según sus propias palabras- necesitaría “que me llenen de alguna manera”. Sinceramente, querida monnipenni, resulta bastante sospechoso que –en una ciudad como Nueva York- no hayas encontrado lugar algún de interés ni de repuesto; incluso tu barrio, digo yo, tendrá algo de interés entre las calles 59 y 96, como –por poner un solo ejemplo- algunos de los mejores museos del mundo o restaurantes nada desdeñables. Si bien es cierto que el Upper East no es quizás el lugar ideal para pasear ni para llenarse (sería quizás más adecuado para vaciarse; los bolsillos, claro está) también es verdad que tiene algunos lugares que pueden llegarte a interesar. Citaremos algunos hoy, pues precisamente deambulaba esta tarde por la zona… y que sirva ello, al menos, de homenaje a mi querida Lois Maxwell, la Moneypenny por excelencia de mi admirado Jaime.

Ya que mis amigos de la RAEme regalan con varias acepciones del verbo llenar, recomiendo encarecidamente una visita a uno de mis rincones predilectos de la ciudad. He escuchado afirmar muchas veces que –en Nueva York- uno no puede comerse buenos pasteles; el pollo que se atreva a afirmar tal sandez no ha estado nunca en Lady M, una maravillosa y pacífica Cake Boutique situada en el 41 E. de la calle 78. Solamente hay unas poquitas mesas (el salón, blanco como un ángel, puede llegar a albergar a unas doce personas), pero el ambiente y los pasteles llenan al más escéptico; recomiendo mis dos predilectos, a saber, un pastel de hojaldre y plátano simplemente perfecto, al igual que un ejemplar inigualable de láminas de creps con crema, que ratifica la existencia del altísimo y la perfección. El café es de los mejores de la ciudad, al igual que la sonrisa falsa de las camareras rusas de piel gélida que atienden con premura. Paralelamente, Lady M tiene –y no es desdeñable- uno de los mejores lavabos de toda la ciudad; merece la pena hacer algo tan simple como mear para verlo; igualmente, el lavabo siempre tiene un hilo musical delicioso, con lo cual –al placer del evacuar- se le suma hacerlo acompañado del concierto 21 de Mozart para piano y orquesta.

Tres calles tirando al sur son suficientes para llegar al Whitney, donde ahora descansan algunas de las obras de la hilarante artista californiana Kara Walker. Walker lleva años reflexionando –y riéndose- de una problemática todavía hoy tan difícil de tratar en Estados Unidos como es el racismo. Lo hace mediante figuras negras de cartón que despliega (no es casualidad) en murales blancos (también en recortes móviles con los que experimenta cinematográficamente; para mí su mejor trabajo); en éstos podemos ver escenas de sexo absolutamente divertidas (resulta curioso que la única mamada legal que un chaval de cinco años pueda ver en Nueva York esté en el Whitney), en las que esclavos negros copulan con sus capataces en escenas tan ridículas como reales, en las que el racismo no se resalta como mera oposición blanco-negro, sino como una realidad ridícula que todavía nos toca aguantar. Una obra que –de hecho- es tan singular que fue criticada por los propios artistas negros, asustados como colegiales timoratos ante la radicalidad de Walker, destacable en obras como The Creation of African-America. No siempre podemos reírnos y pensar en un museo…

En fin, querida Moneypenny, si después de tanta marcha no te llenas… es difícil que te podamos salvar, al menos en esta ciudad...

Vivir en NY… entre los ladrillos rojos de Red Hook

Red_hook Ruego disculpen la flojedad narrativa de esta última semana; una visita me ha mantenido lejos de la letra y la pantalla. Sin embargo, hoy me ha escrito Joan –mi comentarista favorito- con una de sus habituales intervenciones, y ésta me ha reanimado al segundo. Se la recomiendo encarecidamente en su totalidad, aunque no puedo evitar reproducir uno de sus párrafos finales, que encuentro simplemente extraordinario; “En Nueva York hay muchas personas de talento que luchan a diario por hacerse un hueco en la prensa española desde la distancia, viviendo situaciones de precariedad. Por el contrario tú, desde tu atalaya, derrochas un espacio que bien podría servir a alguna de estas personas que se matan a diario por conseguir una ventana para sus escritos”. Lo dicho Joan, ¡no nos dejes, por lo que más quieras!; gracias por devolverme la ilusión por escribir y, ya que pareces conocerme bien, cuando quieras te la recompenso con un café; ya sabes dónde estoy, seguramente.

Vayamos a cosas importantes; paseamos por Red Hook, uno de los pocos enclaves de la ciudad en los que no llega ni el metro (está a unos veinte minutos de la línea F, en Smith-9 St.; para llegar a Clinton St., uno debe tomar el autobús B77). El barrio ha pasado de ser un auténtico agujero negro a convertirse en un lugar muy interesante, en el que destaca la calle Van Brunt y sus numerosas atracciones sensoriales. Su paisaje no ha cambiado esencialmente; sigue siendo un barrio obrero, todavía poblado por trabajadores y familias modestas. Impresiona ver allí el Red Hook Housing Project, uno de los proyectos de vivienda pública más importantes de la ciudad, e infraestructuras públicas como la Sol Goldman Pool, en donde los chavales pasan el tiempo haciendo deporte. En Columbia St. pueden visitar la maravillosa Red Hook Community Farm, un pequeño parquecito que se inauguró hace cuatro años, en el que voluntarios y jardineros enseñan el arte del buen cultivo a todo el que se preste; los alimentos de la granja –tan orgánicos como lo permite el suelo ciudadano- acaban en los restaurantes de la zona y en manos de los más necesitados. Merece la pena verlo.

Vagando por la calle Van Dyke, uno pasa por montones de fábricas de ladrillo rojo, algunas preciosas, como la del número 66, al igual que las antiguas Brooklyn Clay Retort o Fire Brick Works. Unas fábricas que, actualmente, están todavía en proceso de remodelación, ante el proyecto de un nuevo espacio macro-comercial que inundará el lugar, un plan que –espero- no destruya algunas reliquias de la arquitectura obrera que en algunas ciudades (pienso en el Poble Nou barcelonés) han desaparecido del mapa por obra de arte y con suma negligencia, ante su posible rehabilitación como espacios públicos, lo cual es una lástima. Les hablaba antes de Van Brunt, el centro neurálgico del barrio; merece la pena –por ejemplo- acercarse a LeNell’s, una preciosa wine and spirit boutique en la que podrán comprar vino de notable calidad a buen precio, al igual que pimplarse un crostini de alcachofa con ajos que no se lo salta un gitano; precioso espacio, y un servicio prácticamente familiar. Igualmente, a pocos metros de distancia, tienen el restaurante 360 –un bistro­ que pintaba la mar de bien- y bares simpáticos como el Hope & Anchor.

Un amigo me había contado maravillas de un restaurante llamado Huipil en la calle Sullivan (número 116A); sufrí bastante para encontrarlo, y –inicial decepción- resulta que el local lo habían cerrado hacía apenas dos meses. Pero no sufran, porque la cantina hispana ha sido substituida por un excelente restaurante mejicano tremendamente asequible, llamado Viva Restaurant, en el que se puede cenar hasta las once de la noche y donde a uno le regalan –solamente por existir- una free Margarita bien fresquita. Me tomé un Bistec Encebollado importante y conocí a una camarera muy simpática, Cynthia, de la que les contaré más cosas en breve y a la que prometí traerle más clientela. En fin, cena reparadora… y muchas otras cosas en un barrio a tener ciertamente en cuenta y en el que –seguramente- no nos dará tiempo a vivir, porque los alquileres ya han empezado a subir como la espuma. Bueno, espero que la crónica –al menos- les sirva para poder pasearse por el barrio… y –solamente faltaría- espero que haya hecho justicia a las “muchas personas de talento que luchan a diario por hacerse un hueco en la prensa española desde la distancia, viviendo situaciones de precariedad”. Realmente, hay gente con mucho talento por el mundo…

Vivir en NY… entre las notas burlonas de Martial Solal

Martial_solal_2 Martial Solal se acerca al piano como lo hacía Glen Gould, mordiendo el teclado hasta alcanzarlo con la nariz, en actitud burlona; como a todos los grandes, parece que el público le sobra e incluso le molesta. Llega al escenario del Vanguard caminando lentamente mientras se quita su habitual chaqueta gris con parsimonia y, en ese instante, uno lo podría tomar –hasta que empieza a acariciar el piano- por el quiosquero más cercano a la Séptima Avenida. Solal se ha dejado caer en el centro mundial del jazz para celebrar que cumple 80 años y para demostrar que sigue tocando el piano como pocos. Ciertamente, el argelino es un deconstruccionista importante, y su formación clásica le delata a cada segundo; es casi imposible sacarle más jugo –como hizo anteayer- a una sección del primer tema de la Marcha Turca de Mozart con más picardía, o insertar en una melodía clásica acordes totémicos de la Sonata de Liszt o fragmentos beethovenianos. Existe un narcisismo repetitivo en el cantor de jazz, esté donde esté (por eso debía aburrirle tanto al cenizo de Adorno), una pesadumbre y un sadomasoquismo harmónico sin el que ese género nunca llega a entenderse; sin el jugueteo y el eterno retorno, no tiene sentido alguno. Espero poder verle alguna que otra vez; anteayer, su humor parecía intacto, y los temas salían de su chistera con la misma facilidad con la que nosotros intentábamos, en vano, cazarlos todos…

Vivir en NY… entre criminales que escapan y cómplices que ríen

6_train_ii_2 Estación del metro en Lexington con la 116; línea 6, downtown. Acabo de perder el último misil mecánico –con la consiguiente carrerilla frustrada e insulto contenido al más allá- y me siento a leer en uno de los banquitos de la solitaria andana. Entra corriendo un chaval negro, de unos treinta años, terriblemente agitado; se sienta a mi lado; se queda mirando absorto a las vías del tren, sin cesar su jadeo, absolutamente ensimismado. De locos –en Gotham- somos unos cuantos, con lo cual, por uno más, tampoco vamos a ponernos a llorar. Pero el chaval, de loco, tiene poca cosa; al sentarse se quita la sudadera y el gorrito que llevaba puesto, tirándolos rápidamente a la basura contigua al banco. En cinco segundos entran dos policías de paisano empuñando dos simpáticas pistolitas de esas que acojonan al más cuerdo; el chaval me mira rezando a la virgen para que no grite ni diga nada. El actor frustrado que hay en mí empieza a fingir que habla con el fugitivo de una conversación que podría bien ser sobre la meteorología; los policías pasan de largo y se dirigen al final de la vía, creyendo que el chaval se ha escapado por dentro. No le encuentran ahí y llega el tren, justo cuando el chaval ya se ha escapado por donde ha entrado (evitando, al menos, un añito en prisión) mientras los policías buscan al hombre invisible en la oscura vía. Antes de largarse, el amigo criminal me da las gracias y se santigua. Los policías –una vez estamos en el vagón, parado- descubren la ropa y la encerrona. Revisan todos los vagones –por si las moscas- y seguimos nuestro trayecto.

He de confesarles que siempre he sentido una atracción especial por la criminalidad, un cierto morbo hacia la trasgresión de la ley que he podido ir soslayando debido y gracias a mi condición de miedoso patológico. He sentido tanto deseo por quebrantar las normas como pavor a la represión que –acertadamente o no- conllevarían mis hipotéticas fechorías. Sentía tanto miedo al hacer algo tan habitual en los niños como era falsificar las firmas paternas para saltarse alguna actividad en el cole, que nunca pequé; paralelamente, era tan malo falsificando firmas que –cuando alguna vez practiqué ese noble e ilegal arte hace pocos meses- se me vio el plumero en menos de cinco minutos. De hecho, me dediqué a esto de la filosofía (que tiene mucho de criminalidad) cuando supe que no podría ser delincuente, mi primera opción, o incluso agente secreto, que es como un criminal pero con tintes de legalidad, faldas interminables que acaban en playas inexistentes… y ginebra, claro está. Por ello, cuando estaba junto a ese pobre chaval, asistiendo a la agudeza que el peligro conlleva, sentí un placer inigualable, una sensación que no experimentaba desde que seis cariñosos pirañas me atracaron en el lúdico barrio del Rímac de Lima, un enclave no-turístico en el que ni mis amigos peruanos más locos –que ya es decir- han puesto nunca sus ilustres pies, si no es para ir a los toros. Inteligencia, cálculo, interpretación… no se pueden imaginar la risa que jugaba dentro de mi en ese vagón viendo gritar stop the fuckin’ train a los polis. Puede que el chaval en cuestión no sepa ni leer, pero el ballet que acaba de interpretar merece un premio.

Sé lo que pensarán; puede que el chaval huyese de un crimen –incluso grave- que podría haberme caído encima a mí o a algún ser indefenso. De hecho, si no me equivoco, yo también actué como un criminal al esconder a ese chaval e incluso colaborando con él para que la policía pasase de largo; eso también me podría llevar unos días a chirona, lo cual me viene bastante mal porque recibo visitas femeninas en breve... No se equivoquen; no les voy a disparar la moralina de este chaval no tiene la culpa, porque –en el fondo- todos somos culpables de su crimen; eso lo dejo para los idiotas moralistas. Mi argumento es estético; ver como detenían a ese pobre fugitivo implicaba un goce, un peligro, e incluso una estética mucho menor a la tensión que aguantamos por unos segundos en ese banquito. Por otro lado, como les he dicho, el chaval –antes de correr- fue muy educado al darme las gracias y al santiguarse, elevando su suerte al altísimo. Y, qué quieren que les diga, un poco de educación y trascendencia no va mal para estos tiempos tan llenos de nihilismo y de desfachatez…

Vivir en NY… entre geishas suicidas

Madama_butterfly Siempre he sentido cierta incomodidad al escuchar Madama Butterfly… aunque quizás debería escribir al ver la Butterfly; la ópera pucciniana –cierto es- tiene momentos musicales extraordinarios, como su inigualable dúo en el primer acto o el impactante suicidio final, pero resulta teatralmente exasperante, radicalmente estática… prácticamente como una cantata que pudieran vertebrar un par de peleles. La mayoría de las producciones (así la que pude ver anteayer en el Met, servida por el ilustre Anthony Minghella) intentan salvar esa ausencia de movimiento descansando en el simbolismo, cargando el escenario con metáforas de traición, servidumbre, orientalismo, etc. Pero la sensación de inmovilidad se mantiene inexorable; siempre había sospechado que Puccini también había compuesto la ópera con esa intención, y que la acción devenía nula precisamente porque al compositor, por así decirlo, le sobraba; la historia, según esa línea argumental bastante válida, sería lo suficientemente descarnada como para moverse un pelín… Pinkerton sería tan cabrón, en definitiva, que cualquier dramatización del tema fundamental –la traición y el abandono de una mujer que ama incondicionalmente a un capullámetro- podría devenir superflua.

Sin embargó –mientras escuchaba de nuevo la ópera- pensé que, siendo cierta, esta aproximación se queda todavía corta; porque, efectivamente, a Puccini no le interesa tanto lo que pasa sino las consecuencias de lo que pasa; y cabe decir que es justo repartiendo leña, porque condena a Butterfly a morir por su amor incondicional, pero también a Pinkerton a cargar con las culpas de haber abandonado a alguien con un nombre tan glamoroso como Cio-Cio-San por una pelada llamada Kate. Pero creo que el libretto de la ópera esconde algo todavía más interesante, porque si bien la mayoría de las heroínas de la ópera acaban mal –ya sea muertas o locas- debido a un pacto matrimonial que no depende de ellas y en el que no creen –una unión a la que les obliga su padre o la sociedad en general como instancia superior- Butterfly responde a un paradigma opuesto. La historia de la ópera radicaliza dos perfiles mucho más paralelos de lo que se tiende a pensar, porque los dos creen en un pacto matrimonial ficticio; Butterfly cree casarse con un hombre yankee siguiendo las normas de un país en el que los matrimonios no valen una mierda como en Japón (ella misma lo explica al Cónsul Sharpless) y Pinkerton, por su lado, cree ciegamente en un matrimonio que puede cambiar cuanto quiera porque –total, ya puestos- en Japón uno se casa como se compra una casa.

Y creo que esa interpretación pega más con nuestros tiempos; lo pensaba viendo como la platea del Met reaccionaba a las desgracias de la pobre Butterfly, que –hoy en día- ya ha dejado de ser una malograda víctima de un pelele para convertirse en el hazmerreír de las muchachas que, al bueno de Pinkerton, no le darían ni los buenos días. Puede ser que Pinkerton sea un crápula, piensan las mujeres de hoy, pero –filla meva- a ti es para darte de hostias por creer tan ciegamente en vacas voladoras. En ese sentido, tiene gracia que la tragedia que esculpe la ópera no es la de una instancia superior que caiga sobre las pobres marionetas sufrientes, sino precisamente la de unas marionetas que creen ciegamente en un pacto que no existe. Cuando Puccini hace que Pinkerton pague sus culpas (de hecho podría largarse perfectamente de la ópera en el último acto) radicaliza esa tragedia tan cómica. Y fíjense que la puedo haber visto cien veces… ¡y hasta ayer no caí en la cuenta! Estarán contentos; un poquito de humildad en este blog…

Vivir en NY… entre los mirones de Yoshiyuki

Yoshiyuki_i_3 Al que no le guste mirar que no siga leyendo; no sé si al fotógrafo Kohei Yoshiyuki le gusta mirar, pero estoy seguro que le apasiona observar a la gente que mira sin ser vista. Yoshiyuki presenta la serie fotográfica The Park en la Yossi MiloGallery de Chelsea (calle 25 tocando a la décima… y no se olviden de pasar antes por el Empire a hamburguesear); tomadas en diferentes parques de Tokio (en blanco y negro, con una cámara de treinta y cinco milímetros) las instantáneas del artista japonés no muestran solamente a parejas, tríos y auténticos maestros del arte del buen ensamblaje sexual; lo importante –el contenido, la materia- no está en los chaperos, las putas baratas y los pervertidos que se pasean por los jardines del Yoyogui o del Aoyama a altas horas de la madrugada. El sexo y el placer, como saben, no pasan precisamente por sus mejores momentos; sale mucho más a cuenta mirar como se folla que no follar (hay que moverse y sudar…y uno nunca puede ser una estrella del porno, sin drogarse o actuar histriónicamente); y ahí están estos auténticos cuartetos sigilosos entre las parejas, caminando como panteras a la caza de la imagen, el sonido, el grito... Yoshiyuki no lo tuvo fácil; primero devino uno de ellos para luego poderles fotografiar, ganarse la confianza de los que no quieren ser vistos mientras miran. Me interesa sumamente el trabajo de un artista al que no veíamos en Gotham desde los ochenta; no solamente por el placer del mirar –sumamente superior al del ejercer, como les decía antes- sino por la idea sumamente sugestiva de que la intimidad es algo que –en el próspero occidente- dejó de existir hace ya demasiado tiempo. Todos somos los mirones de Yoshiyuki; nos insertamos en las casas de los desgraciados y los alcohólicos en los reality de la FOX, repasamos los perfiles vitales de adolescentes impúdicos en Internet, compartimos nuestro código sanguíneo con el aparato burocrático del estado. Al menos, ya que nos miran, no podemos olvidarnos del placer de observar como algunos intentan ejercer el placer…

Vivir en NY… entre la barra de tarde

Bar Anteayer, tomando una cerveza con una amiga cerca de Grand Central, en la calle 49. Resulta muy aleccionador ver a los oficinistas de la ciudad, tras cumplir con sus obligaciones, en la barra de un bar. Los oficinistas neoyorquinos concluyen su jornada a eso de las siete o las ocho y –sin descanso ni tregua alguna- prosiguen la misma en los pubs del centro de la ciudad. Para que uno pueda ver que no están de servicio, con tal que quede notorio y patente, los machos se olvidan de sus corbatas (bien quitándoselas o apartándolas sintomáticamente de la camisa, como en un bodorrio cutre) y las señoritas cambian sus zapatitos por deportivas blancas. Las happy hour de los bares empiezan a eso de las cinco, con lo cual el personal –que apenas ha comido desde mediodía- está totalmente borracho aproximadamente a las ocho; es un choque cultural significativo, porque uno está acostumbrado a pimplarse o a ver pimplados de noche o a altas horas de la madrugada. Pero el oficinista borracho de la ciudad profesional, como decía, no hace sino alargar la agonía laboral en la barra, un espacio en el que éste o ésta creen poder criticar en libertad a sus jefes –lo cual certifica mayormente su esclavitud- o tirarle los tejos a una de sus secretarias o iguales. Las chicas beben menos –habitualmente- y el alcoholismo vespertino (que cabe añadir al hecho de que la mayoría de las yankees no sabe andar con tacones) se nota más, siendo más patético; una de ellas, en la barra que habitamos mi amiga y yo, no para de bailar hasta que ni corta ni perezosa acaba subiéndose a la barra ante el fervor del público oficinista. Los camareros no se enfadan, e incluso uno de ellos le toca un poquito las piernas y le da cachetillos en el culo. Interesante aspecto, porque  esta misma chica es la misma que denuncia por agresión verbal a todo aquél que la llame bitch en la oficina. Al menos –en la barra y a la luz del vino- el acoso sexual es un concepto un poco más maleable…

Vivir en NY… entre las hamburguesas del Stand

Stand_burger_2 Interesante y remarcable mushroom burger en el Stand (24 Este de la calle 12); no es de las mejores de la ciudad ni del barrio, pero no deja indiferente. La fiesta empieza en un entorno tan ideal como ruidoso; cerca de la calle 12 hay excelentes cines con programaciones casi siempre competentes, como el Quad o el Cinema Village; uno puede ir a la sesión de las 8 y entrar en materia a eso de las 10, porque la cocina no cierra hasta medianoche, aunque para animar el estómago baste un paseo por Washington Square parándose –eso sí- a divisar los músicos ambulantes que cantan con su particular coro de amigos en esa pequeña selva. La hamburguesa del Stand es juvenil, ingenua y colegial; el ambiente del Village es chiquillesco, y uno no podrá comerse el ejemplar en cuestión entre mucha calma, porque el lugar es uno de los centros predilectos de reunión de los alumnos de NYU y de la New School (yo mismo iba a comer aquí a menudo antes de que me expulsasen del cole), chavales sedientos de amor al saber que se reúnen en su pequeña terraza para charlar y fumar un pitillo cuando terminan las clases. A primera vista, el Stand parece un local de comida rápida; sus chefs se esconden en una cocina por la que no daríamos un duro, hasta que llegan los casi 200 gramitos de carne y vemos que las apariencias engañan. Magnífico el ketchup (hecho en casa, dice el menú) y unas patatas más que notables, caóticas y crujientes. La hamburguesa no es el apogeo de la conjunción y uno debe evitar pedirla con lechuga y tomate por su mediocridad. Uno de sus mejores lujos es el pan, crujiente sin ser agresivo y sin llegar al bollo más blandengue, casi tan bueno como el del Sweetwater en Brooklyn; por otro lado, el precio no supera los diez dólares, lo cual es ideal para el filósofo pobre. Lo dicho.

Vivir en NY… entre las esculturas del Storm King Art Center

Storm_king_i_2  Un amigo me arranca a regañadientes de la ciudad a horas intempestivas; me propone una excursión en grupo al Storm King Art Center, un museo escultórico increíble incrustado al Hudson (en la Old PleasantHill Road) cerca de Beacon y de otros pueblitos a los que nunca me acerco porque el aire puro me sienta mal y el silencio y el contacto con la naturaleza me ponen de ostensible mala leche. Ayer fue una noche complicada y los cócteles del Little Branch devinieron letales, pero ha merecido la pena el madrugón para embarcarse en esta empresa. El Storm es un museo vivo extraordinario, en donde uno puede admirar el trabajo de los mejores escultores del mundo (Serra, Noguchi) en un entorno literalmente idílico; nuestros cómplices no pueden mejorarse; nos pasea por el palacio escultórico el benigno y encantador Darrel Morrison, el paisajista que ha diseñado el entorno natural que envuelve las esculturas.

Ignorantes nosotros, no sabíamos que el paisaje se puede modelar, que existen auténticos arquitectos del mismo, magos que intentan domar la naturaleza imprevisible para darle forma estética, para que las formas que se inventó el omnipotente cobren todavía más sentido; nos lo cuenta el gran e inimitable Joe Disponzio, un simpático experto en estructura e historia de jardines que conoce al dedillo la genealogía de los diseños franceses. “Los arquitectos lo tienen fácil –afirma sin tapujos y con orgullo- porque trabajan con formas predecibles, con ecuaciones a las que solamente hay que poner una variable; nosotros trabajamos con la naturaleza, que es absolutamente imprevisible, que crece por donde quiere.” Boquiabiertos, escuchamos las explicaciones del profesor, descubriendo unas líneas que no veíamos, unas semillas escondidas que no habríamos divisado sin previo conocimiento; vemos lo que sabemos ver, y estamos aprendiendo.

Joe nos cuenta como –estudiando la jardinería- descubrió que la distribución de los jardines y el paisajismo tenían connotaciones políticas nada triviales; el jardín –me recuerda, tan leído yo…- es, en primer lugar, un espacio de prohibición y trasgresión, como se ve en las óperas de Mozart; la casa es el orden feudal, y el jardín es el lugar en donde todo el mundo le pone los cuernos a la parienta y se pierden las vergüenzas, donde las vísceras emergen. Joe nos recuerda que la distribución del espacio es fundamental para conservar el orden de las cosas, y explica innumerables anécdotas sobre como muchos países tienen debates patrióticos sobre las especies autóctonas que uno debe plantar en cada explanada; incluso recuerda el caso terrible de un memorial contra los nazis que acabó diseñando un paisajista de origen ario que sembró el campo de especies alemanas, cosa que los organizadores descubrieron, con gran asombro, tiempo después…

Caminamos charlando tranquilamente, tocando la pierda (así debería ser la vida, pienso) por el maravilloso Storm King Wall de Andy Goldsworthy, una serpenteante escultura que se clava en un pequeño riachuelo; una preciosidad. Tenemos también tiempo para las risas, y –en un diván hecho de monedas, entre los árboles- Joe y yo parodiamos una sesión psicoanalítica; le confieso que una vez me persiguió una teta gigante mientras corría hacia una estatua de David Smith y de las ganas que tuve de matar a mi padre con un cuchillo que mi madre utilizaba para cortar carne ensangrentada…Volvemos contentísimos de ser quien somos (previo cheesburger que nos reconcilia con la vida) y el grupo no para de preguntarnos a mí y al compadre cosas sobre España y la situación política actual. Son estadounidenses de ésos que no salen nunca en la prensa (ni en las estadísticas), de ésos que saben mucho más sobre España que algunos españoles orgullosos y resabidos sobre Tejas o Nuevo Méjico. Nos preguntan y escuchan y –contrariamente a lo que piensan los imbéciles, que están tremendamente bien repartidos- su conocimiento de nuestro país ultrapasa el amor por la paella y los toros. Ésta es la gente por la que vale la pena despertarse, con la que uno puede pasear descubriendo las inusitadas formas que puede llegar a tener un prado, cuyas esculturas son tranquilas, como los paseos con risas… y ya estamos en Ámsterdam Avenue… y el aire está lleno de mierda y contaminación… y volvemos a la gran escultura… y soy casi feliz.

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