Vivir en NY… entre las miradas ortodoxas de Williamsburg
El simpático lector F (tenemos la suerte de albergar a muchos anónimos en nuestra comunidad…) me cuenta que cada día, “al llegar al curro”, lee uno de mis articulillos, “si hay suerte” y se da el caso de que lo haya escrito. Sabiendo que eso de “llegar al curro” ya es una desgracia en esencia y el trabajo es un yugo bíblico (fruto de un error humano) heme aquí para obsequiarle con un pequeño paseo inquietante por Williamsburg (a él o ella, que le gustan las monstruosidades, le sentará bien). Aprovecho igualmente para pedir perdón a los lectores, y de paso a la RAE, por alguna que otra “catalanada” que se me coló en anteriores escritos; todo, como saben, es fruto de la persecución lingüística de la lengua española en Cataluña de la que –como hijo de la sociedad nacionalista- no me he podido librar. Pido honestas disculpas.
Williasmburg es quizás el barrio con más contrastes de Brooklyn. Paseando por sus callejuelas, uno se puede sentir hijo predilecto del siglo XXI, ser un esteta posmoderno de lo más cool en Galapagos, pero también puede retroceder cientos de años en el tiempo y experimentar la caída libre en el vacío de la historia (vaya cursilada de frase...). Para un recorrido exhaustivo por el barrio (hoy escribo solamente una parte) lo mejor es empezar en Manhattan, bajarse en el F en Delancey Street y atravesar a pie el puente de Williamsburg, si es el día acompaña, para admirar las preciosas vistas del Nueva York industrial que descansa a orillas del East River, al norte de Dumbo, al igual que divisar los falos de cemento del Midtown Manhattan.
Al descender el puente, vale la pena embobarse unos instantes mirando la preciosa fábrica de Domino Sugar (llegando a mano izquierda; se ve de sobras). Es oportuno recordar que Nueva York fue, durante XIX y a principios del XX, la capital azucarera de los Estados Unidos, antes de que el negocio se largase hacia el sur, y esa fábrica guarda el esplendor cáustico de la revolución industrial. Actualmente, sus propietarios están pensando en derruirla para construir viviendas y forrarse de pasta (lo cual es tan legal como recomendable) mientras muchos de los vecinos del barrio, falsos progres ellos, intentan que la fábrica se restaure y pueda devenir un espacio comunitario, lo cual sería de agradecer, pienso, no tanto por lo último sino por la oportunidad de revivir un edificio tan precioso del antiguo Gotham.
Al acabar el puente, y tras echar un vistazo al edificio del Williamsburg Trust y su precioso hall (en S. 5th Pl.), el hedonista de pro no tiene más remedio, si quiere hacer honor a su condición, que dirigirse a Broadway para entrar en una de las instituciones culturales más importantes del país. Se trata de Peter Luger, una filatería que opera desde 1887 y que ganó durante la tira de años seguidos el título de mejor filete de la ciudad en la guía Zagat. Efectivamente, el Porterhouse del Luger le hace a uno olvidarse por unos instantes del planeta tierra, y es suave como la mantequilla. Un estado de levitación no exento de incomodidades; los camareros son extremamente maleducados, el precio es bastante elevado y no se puede pagar con cash, y (desde que el lugar es una atracción turística) uno debe reservar con semanas de anterioridad. Los pecados de la carne también tienen inconvenientes, ya saben…
No sé si lo mejor para digerir un filete es adentrarse –tras dejar Broadway- en las calles Wythe, Bedford o Roebling. Como indican los nombres, entramos en un territorio eminentemente judío, prácticamente habitado por ortodoxos. Sinceramente, como ateo cristiano, siempre he tenido un respeto sumo por las religiones y su modo vital (ya conocen mi devoción por Benedicto XVI), pero siempre que paseo por este barrio no puedo sino sentir un pequeño escalofrío en mi espina dorsal. Vestidos que uniforman a los hombres (en el sentido literal del término uniformar), mujeres a las que se les niega estéticamente cualquier componente de feminidad… Admito que la religión tiene como sentido último evitar el paso del tiempo en algunas facetas de la vida, pero cuando este paso del tiempo afecta la imagen de los cuerpos (los niños con las trencitas, las pequeñas con esas horrorosas faldas grises…) siento un cierto pavor...
Hoy, en Williamsburg –entre los ortodoxos judíos- he sentido otra vez la mirada inquisidora, la mirada del tú no eres de los nuestros. No hago moralina, ya me conocen; seguramente esta es una mirada que yo mismo he hecho muchas veces para excluir al otro de mi imaginario cultural o del territorio que considero propiedad de mi comunidad (bien sea racial o cultural). Pero esta mañana tan benigna, las miradas ortodoxas de Williamsburg son más frías que nunca…











