Bernat de Deu

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Vivir en NY… entre los shows del demonio y la retórica barata

Ahmadinejad_2 Por si no lo sabían, cosa que dudo, esta semana tuvimos el honor de acoger al demonio en la ciudad. El presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, siguió fiel a sus costumbres y revolucionó nuestra pequeña urbe durante unos días, a raíz de la Asamblea General de la ONU. El show de este año (cada uno tiene una singular peculiaridad) fue un intento frustrado de visita a la Zona Cero –enclave turístico obligado, para qué nos vamos a engañar- al igual que un debate en Columbia University. Dicha entidad estuvo, durante una semana, sumida en una polémica aparentemente interesante sobre la libertad de expresión. ¿Debe uno invitar a alguien cuyas ideas considera repulsivas? ¿Se puede tolerar al intolerante? Éste ha sido, en definitiva, el pasto filosófico con el que algunos académicos han pasado la semana entre tertulia y forum; el resultado, absolutamente predecible; alumnos y donors judíos amenazando con retirar fondos de la universidad, manifestaciones de indignados ironizando sobre si se invitaría también a Bin Laden en la facultad, blablabá…

Pura retórica cutre de siempre; cuando los responsables de la Columbia invitaron al presidente de Irán sabían perfectamente no solamente el pollo que se montaría (ya lo intentaron hace un año) sino que conocían al dedillo lo que el mandatario soltaría en ese debate tan aparentemente polémico. ¿Pero, por favor, a quién quieren engañar? Lo que vimos hace días en la explanada de la universidad neoyorquina es un reality más, una demostración más de que incluso las almas académicas más elevadas y puras se sustentan en las vísceras y en el morbo. ¿Qué pretendíais ver en ese debate, amigos estudiantes, a Ahmadinejad afirmando que le encantan los homosexuales y el Cheesburger? No fotem, home. Aquí, como en la ONU, cada uno viene a hacer su papel  y punto; uno ya piensa en futuras invasiones, el otro soltará alguna chorrada contra el imperialismo yanqui, y el nuestro dice ahora que el medio ambiente es prioridad, cuando los informes de la ONU dejan a España –en ese aspecto- en un lugar no precisamente agradable…

Pura charanga previsible; ayer un amigo se indignó tras asistir –en el Instituto Cervantes- a una potencial conferencia de Leire Pajín que acabó siendo un mitin sin banderitas sobre los logros de la política socialista… ¡Y todavía se extrañan que así sea! En fin, pura retórica que llena auditorios y explanadas… y encima los neoyorquinos tenemos que aguantar como nos cortan e invaden toda la zona que rodea Grand Central, que se impregna de ruido (si no lo está ya) de policías soberbios, luces centelleantes, limusinas feas y capullámetros de la retórica. A ver cuando se llevan la ONU al Baix Llobregat y así, al menos, podemos –si no evitar la retórica barata- tener un poquito de paz…

Vivir en NY… entre el Hamlet de Sean McNall

Sean_mcnall_i_2 Entiendo la obsesión que los actores tienen por interpretar a Hamlet. El príncipe loco de Dinamarca se pasea por todas las caras de la condición humana, intenta abarcar el universo para acabar sumido en la nada, es cruel para ser bueno (como nos cuenta su mentor) horroroso y descarnado para llegar a ser puro… y todos los actores lo quieren abarcar, siendo imposible colocarse todas sus máscaras, dibujar todas sus personas y locuras. Hay quienes llegan a dirigir la pieza –otra imprudencia casi mayor- con el único fin de poder llegar a interpretarlo. Ahí está la dificultad y el problema; solamente un actor maduro y crecidito puede llegar a intentar cincelar un buen Hamlet, pero entonces ése actor deviene poco creíble, demasiado viejo para un papel que –dice Shakespeare- debe ser interpretado por un adolescente aniñado.

Ayer fui al Pearl Theater, una de las compañías estables más competentes de la ciudad, para ver otro Hamlet, sin muchas esperanzas –sinceramente- de encontrarme un retrato que, al menos, tocase un ápice de ese universo tan particular. Pero me sorprendió ver a la siempre competente compañía –reunida en puestas de escena más bien conservadores, pero nunca frívolas- ahora encabezada por un extraordinario Hamlet, Sean McNall. Su porte achiquillado nos devuelve a un Hamlet joven e irascible, cuya alma no puede digerir la rapidez de una vomitera de pensamientos adolescentes que ya no tienen padre ni dirección. Éste es un Hamlet moderno, que gesticula como una estrella del pop a la que han quitado su caramelo predilecto, que habla de un mundo en el que hay que matar para ser justo. La producción del Pearl carece de una escenografía grandilocuente, eso sí, pero su director Shepard Soberl la aprovecha al máximo para delimitar un Shakespeare da camera, perfecto para servirnos el texto en su total fecundidad. No se la pierdan…

Al salir de Saint Marks, hacia Astor Place me sentía feliz; no era para menos, porque tenemos otro Hamlet entre nosotros… y está en el East Village. ¡Queda muy cerca!

Vivir en NY… entre Vermeer y Hamilton

Rembrandt 1. Interesantísima y fallida muestra sobre Rembrandt en el Met. Su título, de ánimo plenamente contextual; The Age of Rembrandt, excusa inmejorable para celebrar uno de esos aniversarios horrorosos a los que las instituciones culturales nos tienen acostumbrados, rescatar los tesoros del pintor que el museo guarda en sus tripas y contextualizar su obra con algunas piezas de congéneres con distinta calidad. El tema no falla en lo que atañe a la materia; el Met tiene quizás la mejor colección de pintura holandesa del XVII fuera de Holanda –una colección que resurge ahora con más fuerza-, existen en ella auténticas obras maestras como el Estudio de una joven mujer de Vermeer, uno puede descubrir en sus rincones a ilustrísimos segundones, y regocijarse de nuevo con un período del que destacaría la candidez en el retrato y las escenas familiares idílicas… o sus paisajes de animales humanizados. Una nota curiosa para los curiosos reside en la cantidad de piezas atribuidas a Rembrandt (vendidas como tal y a tal precio) que, luego de su adquisición, devinieron falsas. Ya saben; cuidado con lo que van comprando por ahí…

Pero falla la estructura, y de una manera sintomática; la exposición no se organiza cronológicamente, ni por temas o zonas de influencia, sino a través de sus donantes. Si bien la distribución del paganini es normal en los museos estadounidenses, las exposiciones temporales acostumbran a salvarse de tal estratificación monetaria. Sinceramente, y espero que la memoria no me traicione, nunca había visto lienzos enormes –como el Hombre con ropaje oriental- con el nombre de su comprador bien visible en el muro que lo sustenta (no en la etiqueta de rigor, sino en la zona superior al marco). Supongo que el subtexto de esta distribución marca un claro homenaje del museo a sus donors, al igual que una expresa advertencia de que la institución sigue necesitando su ayuda.

2. Me visto de guiri para ver Chicago en Broadway. La producción que pueden ver en el Ambassador no es especialmente apetecible; la narrativa de Fred Ebb y Bob Fosse no es que sea una maravilla, pero la producción la limita todavía más hasta encorsetarla en un escenario llano, cubierto –eso sí- por una excelente orquestra que solventa tranquilamente la repetitiva partitura de John Kander. Pero merece la pena asistir al curro que se cascan Michelle DeJean –inmejorable Roxie Hart-, Bernda Braxton –una Velma muscular, sin concesiones- y el divertidísimo Amos Hart de Rod Bartlett.

Pero hoy, no vamos a engañarnos a estas alturas, venimos a ver George Hamilton, que se divierte con Billy Flynn hasta principios de octubre; la cosa tiene gracia, porque –a sus 68 años- Hamilton todavía aguanta decentemente el papel; el actor es un gato viejo, y recorta sabiamente algunas frases para evitar la zona aguda, y distrae sus errores de afinación con su bonito porte y mirada de pillo; sea como sea, a Hamilton le basta andar como un galán para meterse al público en el bolsillo.

Hoy veníamos a ver un rostro conocido; lo hemos visto y ya nos podemos ir tranquilos a casita. Esperemos que no nos pase lo mismo con Rembrandt…

Vivir en NY… entre óperas portuarias

Tabarro La tarde es magnífica, perfectamente oportuna para ver Il Tabarro. No estamos en el Met, donde la ópera –junto a sus dos hermanitas gemelas- se estrenó en 1914; estamos sentados en el puerto 9B de Red Hook, en Brooklyn, y somos unas 600 personas sedientas de buen canto y asado emocional. Estamos ante una representación absolutamente real de la ópera pucciniana, y nunca mejor dicho. Sin estar a orillas del Sena, descansamos a orillas del East River, delante de un barco, mientras el sol se larga de paseo –el frío aumenta- y los primeros coristas ya inundan una escena inmejorable. La ópera como género me asombró hace años, desde que casi no caminaba, por su radical ridiculez;  y me sigue pareciendo una forma de arte absoluta y deliciosamente ridícula; es el mago de tercera que realiza un truco que podemos ver a leguas, pero cuyos chistes malos te hacen reír. Sabemos que bajo el marinero Luigi, enamorado locamente de Giorgetta, está un tenor fondón que tiene que aguantar como pueda el passagio demoledor del Hai ben raggione; pero nos lo creemos, y es maravilloso…

Los autores del milagro son los responsables de la compañía Vertical Placer Repertory, dirigida por Judith Barnes, que han reunido a una orquestra de cámara y unos cantantes bastante competentes para realizar la ópera encima (literalmente) del Mary A. Whalen, un barquito retirado (tiene 69 años, ya le toca) que transportaba tanques de gas por el Atlántico y que ahora –quién se lo iba decir a sus astilleros- ejerce de foso y escenario operístico. Los cantantes tienen mérito doble; no hay caja sonora que les retorne su proyección (con lo cual la afinación es dificilísima) y cantar al aire libre –con el viento que el puerto de Red Hook nos obsequia- merece un sobresaliente alto. Lo dijo bien claro uno de sus productores; “si tenemos Shakespeare In The Park… ¿por qué no tener una Opera In The Port?” Pues espero que la tónica siga así; ni se pueden imaginar lo pipa que nos lo pasamos los opereros allí reunidos; cuando uno ve a tanta gente ilusionada para montar una ópera, poco importa la exquisitez sonora y la técnica musical. ¡A Puccini, eso lo tengo clarísimo, le encantó pasearse por el puerto 9B aquella noche de frío, trhriller romántico y exageración canora romántica!

Vivir en NY… entre las Hamburguesas del Five Guys

Five_guysPaseamos alegremente por Henry Street tras escuchar Il Tabarro en Brooklyn (mañana se lo cuento; fue maravilloso) y paramos en el 138 de Montague Street; el barrio, entre Carroll Gardens y Brooklyn Hights es una preciosidad, lleno de muros rojos, gente falsamente progre y enormemente rica, y castillos escondidos que parecen mansiones dakotianas. Pero hablemos de cosas importantes; subimos hambrientos la escalera del Five Guys, un simpático establecimiento hamburguesero, de los mejores de la ciudad, visitado mayormente por estudiantes con pasta que viven en la zona y gustan del fast food. A pesar de tener excelentes Hot Dogs, lo que manda la buena educación y las costumbres cristianas es el cheesburger de rigor envuelto en papel con sus deliciosas patatas (servidas en vaso de plástico); comer en el Five Guys tiene poco glamour (solamente cabe ver el uniforme que llevan sus cocineros, pobrecitos) pero la carne vale la pena.

La hamburguesa del Five Guys es doble, y se complementa a elección con los compañeros de viaje habituales. El bacon –preparado a priori- no tiene calidad suficiente y deviene casi cartón; los champiñones son de lata, sin gracia; sin embargo, la calidad de la carne y la salsa no preguntes que embadurna el ejemplar en cuestión son asquerosamente deliciosos, al igual que se intuye claramente uno de los mejores cheddar de la ciudad. Estamos ante una hamburguesa descarada –existencialmente caótica y de apariencia juvenil- que convence por su conjunto y no por el análisis de sus singularidades. Los camareros, simpáticos ellos, le permiten a uno rellenar el vaso de soda (gran pega; no hay alcohol) tantas veces como se guste; por otro lado, la consumición individual puede no ultrapasar los 10 dólares, lo cual se agradece en épocas de crisis.

Para digerir el disparo, nada mejor que merodear la zona (con excelentes vistas a Manhattan), y pillar el metro rojo que nos lleva de vuelta al ajetreo, un poco más calmaditos, luego de tanta carne en el asador.

Vivir en NY… entre las lágrimas de Margaret Garner

Margaret_garner La historia de Margaret Garner muestra que los argumentos operísticos –objeto habitual de mofa por parte de los ateos del género- pueden tener correspondencia estricta en el reino impoluto de la realidad; Garner, una esclava negra de Kentucky, mató a sus dos hijos para evitar que éstos siguieran viviendo en la esclavitud, aguantando penurias insoportables como el asesinato de su padre o las continuas violaciones de sus derechos. Por si fuera poca la desgracia de matar a los suyos, en el juicio que la condenó a ser ahorcada públicamente no se la acusó de asesinato, sino de robo; había matado a unos esclavos que –estrictamente- no le pertenecían a ella sino a su propietario Gaines. La historia incitó la pluma de Toni Morrison, que la contó (1987) en la magnífica novela Beloved; la misma autora, ahora convertida en libretista, ha vuelto a la historia para darle esqueleto a una competente y efectista partitura del compositor neoyorquino Richard Danielpour.

En su Garner, Danielpour no arriesga pero convence; utiliza repetitivamente, incluso excesivamente, motivos de la herencia soul y gospel del código sanguíneo negro (los portamenti de la voz son su marca), sin olvidar la herencia del musical norteamericano filtrada –en mi inmodesta opinión- en algunos guiños al Strauss más digerible. Pero la facilidad deja algunos pasos a la invención arriesgada, como la enigmática aria de Edgard Gaines o la nana de Margaret –ambas en el primer acto- o así también en una escena última que va desintegrándose lentamente, dejándole a uno la tristeza en la glotis. Ahí está magnífico el coro de la City Opera (la ópera del pueblo, le llaman aquí; y nunca mejor dicho), espléndido teatralmente en todas sus intervenciones. También vale la pena escuchar a un cast ejemplar y comprometido, como la mezzo Tracie Luck o la enormemente ovacionada Lisa Daltirus (Cilla), que aguantó con mínimos carraspeos un papel de tesituras diabólicas que la obligada a emplear todas sus fuerzas.

Sea como sea, asistir al estreno neoyorquino de una ópera siempre me produce especial alegría, una alegría que no deja de ser melancólica si pienso en la dificultad que tienen los compositores españoles para estrenar óperas en nuestro país. Garner puede no ser una obra maestra, pero las ovaciones que arrancó al público de la City matan de golpe el estúpido prejuicio (sostenido incluso por muchos profesionales de la música) de que hoy en día no existen compositores de ópera competentes. También lo decían cuando Mozart vivía… y, como ahora, se equivocaban, claro está. Si pasan por el Lincoln Center, pueden compartir las lágrimas de Margaret Garner. Merece la pena.

Vivir en NY… ente coincidencias mediáticas

Petraeusnytad 1. El pasado día 11 no tenía muchas alternativas felices para esbozar sonrisas; el catalán neoyorquino lo tiene realmente complicado ante la celebración tal fecha, viéndose acorralado entre la conmemoración de dos derrotas difícilmente olvidables. Ante las ocupaciones borbónicas y la caída no prevista de edificios, nada mejor que matar el tiempo retozando en el sofá ante el televisor; hoy –y no es casual- la cadena MyNetwork estrena sus dos nuevos realities, que programa conjuntamente –y tampoco es casual, como les contaré. El primero de ellos, The Academy, narra la historia –en tiempo real, claro está- de un grupo de cadetes (la clase 335) de una academia de policía de Los Angeles. Durante su entrenamiento, lejos de las bondades de la magnífica Loca Academia que nos alegraba los domingos de siesta, los cadetes se ven obligados a soportar las continuas humillaciones y penurias infringidas por sus instructores. Un cadete se equivoca en la elección del color de sus calcetines, o deja abierta su taquilla… y es humillado sin piedad ante la clase; flexiones, gritos, “yes-sir-yes”, etc. Y el público, cual romano burgués en su sofá, a disfrutar con la dureza que el entrenamiento endurece a los policías.

2. El posterior reality de la cadena pretende ser su contrapartida, utilizando un tema morboso que siempre ha puesto erectos a los encéfalos norteamericanos, como así es la cárcel. Jail es la historia de esos mismos cadetes, convertidos ya en maduros policías (no en vano su autor fue el creador de la mítica Cops, que ya lleva trescientas temporadas) y deteniendo a sospechosos o maleantes para depositarlos en sus respectivas habitaciones de hotel. Jail, en el fondo, sigue la moda impulsada por nuestra amiga Paris Hilton, que tuvo al país en vilo cuando ingresó por unas horitas de nada en la cárcel por conducir ebria cuando hasta el Tribunal Supremo del país le había advertido ante tal temeridad. Jail nos adoctrina con finura; la dureza con la que entrenamos a los cadetes tiene una buena recompensa; la seguridad del ciudadano; no se preocupe, señora, que –aunque le maltratemos al nene durante unos meses- el susodicho tendrá un currículum de cazaborrachos que no se lo salta un gipsy. Que este tipo de adoctrinamiento llegue en la celebración de un 11-S, como no hará falta que les explique, tiene todo su sentido. Lo pasamos mal, amigos, pero es por el bien de estar seguros…

3. Este pasado lunes, The New York Times publicaba el anuncio de la ONG MoveOn.Org que les adjunto en la fotografía, un ad muy crítico con las políticas de la administración Bush en Iraq, con el explícito y juguetón título de “General Petraeus or General Betray Us.” El anuncio (que juega con la semejanza entre el apellido del general jefe de las tropas estadounidenses en Iraq y la expresión “el que nos traiciona”) llegaba justamente el mismo día en el que éste declaraba ante el congreso para explicarnos las mejoras de la situación del ejército norteamericano, unas declaraciones que George W. Bush ha tomado como su nueva hoja de ruta. El jueves, solamente unos días después, The New York Observer afirmaba que el Times había ofrecido a MoveOn.Org una página entera por un precio de compra muy inferior al habitual; de los 181.000 dólares habíamos pasado a unos apetitosos 65.000. La rebaja se leyó rápidamente como un anuncio implícito de las políticas del Times, lo cual negaron rápidamente sus portavoces. Sin embargo, el recorte no dejó a nadie indiferente; el más listo, as usual, fue el bueno de Giuliani; “espero que el viernes me den a mí una rebaja igual”. Las coincidencias, en resumen, nunca son casuales en los medios.

Vivir en NY… entre pollos a domicilio, criminales educados y detectives cantarines

Curtains_3 1. Por la mañana, preparando un reportaje, descubrí una de las nuevas religiones de la ecología; se trata del locavore, un movimiento que se está convirtiendo, paulatinamente, en la alternativa todavía más progre a la comida orgánica –tan de moda en este país. Los locavoristas afirman que la mejor manera de minimizar el impacto medioambiental, en lo que a nutrición se refiere, es comprar comida ya no orgánica sino local, cercana a nuestra vivienda. Los alimentos, en el próspero occidente, viajan una media de 2400 kilómetros hasta llegar a nuestro plato, y –según afirman- eso es lo que produce más contaminación y daño. Sale más a cuenta, en definitiva, comprar una manzana llena de elementos químicos en la ciudad, que comprar un ejemplar impoluto de la fruta que esté en California y se deba traer a Boston. Resulta simpática la contradicción; pensábamos que el señor Whole Foods (una empresa con beneficios astronómicos, y que encarece cada barrio en el que sitúa sus orgánicas posaderas) nos había regalado la salvación a nuestras penas; pues resulta que hay que volver al huertito de toda la vida, y al cuanto más cerca mejor. Incluso existe un proyecto, no se lo pierdan, que le ayuda a uno a criar pollos en su propia casa; se llama, cual película Disney, The Chicken Project.

2. Son las diez de la mañana; vamos en el metro verde (como buen provinciano, todavía me guío por los colorcillos) y se produce una curiosa situación. Entra en el tren una mujer regordeta –bueno, qué carai, muy gorda- acompañada de un bastón y unos andares torpes. Un hombre de unos cuarenta años le cede amablemente uno de los asientos plegables de la parte trasera del receptáculo, a lo que ella le dispara un discurso de gratitud que deja ver –en pocos segundos- su clínica locura. Tras treinta segundos de monólogo aparentemente incomprensible, la señora le dispara amablemente al hombre que hay poca gente como él, y que tiene pinta de ser buena persona; le pregunta qué edad tiene y si tiene hijos o familia en la ciudad. Él, con seriedad absoluta, le contesta que de buena persona nada, porque lleva diez años en la cárcel y sus hijos –dos- se los quedó su mujer; no puede acercarse a ellos por decisión judicial. La mujer, que está más en si bemol que yo, le pregunta cuál fue su delito, pero el señor se calla ante la mirada tensa de los viajantes, encantados de hurgar en el pasado de ese criminal. Curiosas cosas son las apariencias; crees tener un tomate orgánico, y resulta que eres un criminal; conoces a un hombre educado, y resulta que quizás es un homicida.

3. Lo bueno del tema es que estos pensamientos me asaltan llevando a mi buen Proust bajo el brazo (desatendiendo, por cierto, el consejo absolutamente sintomático de algunos de mis lectores más fieles, que me aconsejan no leer tanto); viajaba, en fin, con el escritor de las mujeres lánguidas y de los nenúfares celestes… y tiene gracia, porque hace unos días, mi amigo (y eminente filólogo) Jordi Galves me contó que el bueno de Proust tenía la costumbre de acudir a prostíbulos y practicar el siguiente juego; el escritor se acostaba desnudo tapado con una sábana que le llegaba hasta el bigote; entraba en su habitación un niñito que se masturbaba, acción que él seguía con sumo placer; si, viendo al chaval, alcanzaba el apogeo, la cosa se acababa ahí, pero –de no llegar al clímax- Proust hacía que le trajesen dos ratas sedientas en una jaula; las ratas se comían a mordiscos entre ellas y él –extasiado ante los gritos de las bestias- llegaba al orgasmo absolutamente fuera de sí. Y luego, ya ven, que si el caminito éste, que si los mofletes enrojecidos de tal, que si la frase milagrosa de tal sonata…

4. Ya que nada es lo que parece, lo mejor es largarse al teatro. Me invitan a ver el musical Curtains en el Hirschfeld de la 45. La partitura (John Kander) y el argumento (Fred Ebb) no son de lo mejor trabado que he visto en Broadway, pero ver otra vez a mi amigo Niles Crane (David Hyde Pierce) ha sido un placer. Le recuerdo siempre limpiando las sillas con un pañuelo para evitar sus constantes alergias, enamorado de una masajista imposible… y ahora lo veo danzando, igualmente histriónico, como un detective cantarín. Si pasan por las luces del centro y tienen un poco de pasta para gastar, vale la pena; aunque al final, ya ven, ni los tomates, ni los más puros, ni los educados son ya nunca lo que parecen…   

Vivir en NY… entre músculos negros (IV)

New_york_landscape_3 La Terminal  está tranquila y parece que uno aterrice en un pueblo; antes pasaba los viajes a casa devorando novelas, porque nadie me molestaba, pero ahora ya me he acostumbrado a dormir en el avión y a que las azafatas me despierten a golpes de carrito, siempre sonrientes; las últimas noches en casa siempre son difíciles, agarrado a pieles ácidas, con el dulce chantaje materno-culinario a mis espaldas y las abuelas que siguen esperando eternamente –aunque estés lejos- en las ventanas del Poble Nou. Te alejas de la Barcelona tomada por guiris y te acercas al color negro; lo sé, Nueva York es, para mí, una sublimación, quizás un escape y un escondite irreal; me lo recordaba algún oyente enfadado que paga sus frustraciones conmigo, recordándome que aquí el metro se casca cada dos por tres y que la gente puede ser más que brusca; no te preocupes, querido y fiel lector, (los que me odiáis sois los más fieles, eso debo reconocerlo), porque la sublimación es difícil de enseñársela incluso a almas como la tuya; pero seguiremos intentándolo; hasta entonces, puede retirarse, Paquita.

Lo importante es la calma; la calma del barrio que espera; los músculos negros que todavía chulean y desvirgan a chicas inocentes; wasss’áp ma mén, dice el cubanito loco; ¿Todo bien? Sí, manito, la’niña caliente y la droga mu buena! El domingo incita al paseo; un grupo de locos se mueve en Central Park y dicen que bailan Folk, pero lo que quieren es no estar solos; sudan bastante. Los patinadores posmodernos siguen bailando como si estuviesen en una discoteca y les mirase el mismísimo Jesucristo. Beethoven contempla cabreado la mañana, dando la espalada a la corrupción moral de la gran explanada del parque, en la que las familias pierden el día lanzando torpemente el frisbee y los jóvenes todavía pueden enseñar su cuerpo. Nueva York es la falsedad que se repite; uno no puede creérsela porque no existe, porque la clave no es su esqueleto, sino la necesidad que tiene el anónimo de explicarnos su mal. Aquí la terapia ya no vale, porque todos nos sabemos Freud de memoria. Ya tenemos matado al padre, y ahora toca ejercer de hombres libres, que es lo peor. En fin, que ya estoy en casa, y escribo estas cosas que lee más gente de la que nunca llegué a pensar…

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