Vivir en NY… volviendo a casa.
Cuando llegué a casa –hace una semanita- el aeropuerto de El Prat despertaba casi desierto. Algunas tradiciones españolas milenarias se repetían, sin embargo; salimos del avión en autobús (aun cuando muchos de los fingers estaban disponibles, solitarios…) y las medidas de seguridad transitaron de la radicalidad estadounidense a un simpático policía nacional que miró de soslayo nuestro pasaporte mientras leía un periódico deportivo… Desconocía por aquel entonces, entre tanto silencio, que mi entidad nacional (creo que así quedamos en el Estatut; o el Estátut, como dirían en la capital) estaba sumida en el más absoluto de los caos; Barcelona se quedaba a oscuras, escuchaba el ruido de generadores eléctricos, y los trenes pasaban a la carta…; pero creía que la histeria veraniega se debía más bien al aburrimiento o al hecho de que los periodistas se encontraban desesperados al no disponer del entretenimiento al que los políticos nos tienen tan habituados.
Ese mismo día como con la familia en Vall-llòbrega y me dispongo, con suficiente antelación, a tomar el tren que lleva a Blanes, donde mi mejor amigo (que todavía se acuerda de mí) canta el Don Ramiro rossiniano en un decente festival. Mi padre me lleva a la estación de Maçanet-Massanes (en la web de RENFE, Macanet-Massanes); al llegar a esa población gerundense, en su centro, ni una indicación de la susodicha estación; un joven, muy amablemente, nos ayuda a encontrarla, pero nos advierte que nuestro coche –el de mi padre, mejor dicho- es “demasiado ancho para la carretera”. Nuestra incredulidad dura poco; efectivamente, la ruta que lleva a una de las estaciones más importantes del país, donde confluyen la línea interior y la marítima, parece un antro abandonado de una película tipo Mad Max o una infraestructura propia de Nigeria (ahora tocaría decir eso tan políticamente correcto de, con todos mis respetos para los nigerianos). También ingenuamente, creíamos que en un término de hora y media tendríamos más de un tren para elegir; la realidad es que acabamos de perder el penúltimo y el último pasa una hora más tarde…
En fin… me acaban llevando a Blanes en coche y mi amigo (algo es algo) pega los do del Sì, ritrovarla io giuro con suficiente elegancia; evidentemente, no pasa ningún tren nocturno, por lo que nos toca crear economía y buscarnos un taxi que nos lleve a casa. Durante esta pasada semana, las cosas no han ido mejor; intenté, en la Barcelona cool súper enrollada, encontrar un bar abierto a las cuatro de la madrugada para tomar un café debido al efecto del señor jet lag… y nada; intenté encontrar un dentista de guardia un sábado por la mañana y nuestra mutua tenía todos sus centros cerrados y nos había dejado un teléfono de emergencia que solamente entonaba (a parte de la cuarenta de Mozart en versión Casio) la cancioncilla del “le atenderemos en breves momentos” (unos breves momentos que acabé cuando llevaba veinte minutos esperando) y no les explico como está el estado de la lengua con la que hablo con mi madre porque cuando uno lo hace encima le acusan de nacionalista, como si la supervivencia de las lenguas y su correcto uso no fuera competencia de todos, incluso de los que no las hablan…
Y ante todo este embrollo todavía tenemos (no digo los catalanes, sino todos los españoles, porque lo que pasa en Cataluña nos debe dar vergüenza a todos) que aguantar a ministras dicharacheras que nos piden paciencia y a presidentes que se declaran estar orgullosos de nuestro comportamiento. Tiene gracia, porque paciencia –lo que es paciencia- tenemos para regalar y el buen comportamiento pues supongo que se debe a que no llamamos por su nombre a la gente irresponsable (el catalán, ya se sabe, es mala lengua para insultar) ni les lanzamos los huevos que se merecerían cuando vienen a burlarse de nosotros con porte de buen rollo. Por otro lado, mis responsables más directos evaden cualquier responsabilidad, valga la redundancia, porque –claro está- el problema es de competencias; yo añadiría que más bien lo que nos pasa es de falta de competencia. Y las comparaciones son odiosas; porque sólo hace falta ver como han respondido las autoridades estadounidenses al desastre de Minneapolis (la mayoría de gobernadores del país ya han iniciado un plan para renovar infraestructuras deficientes) para sonrojarse ante la lentitud que experimentamos en Cataluña y en toda España, en donde todavía no hemos visto a las administraciones y los responsables del servicio ferroviario sentados con un plan para intentar solucionar los problemas tercermundistas que sufren los usuarios de RENFE.
Yo creía que el deterioro de mi ciudad y país solamente se quedaba en camareros maleducados que no te llaman de usted ni a la tercera y te sirven mal y a regañadientes, en orquestras que desafinan ante públicos de exasperante complacencia o en políticos presidenciales que hablan mi lengua como si tuviesen el único y llano objetivo de cargársela (y luego hablan de Bush…), pero esto parece que ya es más grave. Y luego mi padre se enfada conmigo porque tots els que teniu estudis foteu el camp, y –claro- ante lo visto uno se alegra todavía más de vivir en un sitio que será más o menos excelso, pero que al menos –cuando el metro se para- hay alguien que pringa o al menos a quien poder pedir explicaciones…
