Bernat de Deu

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Vivir en NY... entre presos privados o públicos

Prison Según la Bureau of Justice Statistics, las cárceles de los Estados Unidos acogen a un total de 2.245.189 presos, una cifra impresionante que experimenta un aumento anual de casi un tres por ciento. Esta semana, The Economist y The New York Times han recordado muy oportunamente las deficientes condiciones de vida que sufre esta población de segunda, un grupo que es –aunque se tienda a olvidar- sujeto de derecho y respeto. Por un lado, el semanario británico se hacía eco de estudios recientes que demuestran algo que el sentido común más llano hace emerger; las condiciones horrendas que sufren algunos internos (fatal neologismo) del país no solamente no ayuda sino que derrumba cualquier intento de reinserción. Entre estas condiciones, la peor salta a la vista; las cárceles estadounidenses están preocupantemente superpobladas; la mayoría de reclusos viven en celdas minúsculas sin aire acondicionado (en Alabama y en agosto, créanme, eso significa pasarlas muy canutas) ni las mínimas condiciones de higiene o comodidad.

Por otro lado, aumentar el presupuesto para el gasto en prisiones públicas acostumbra a colisionar con el ánimo de algunos políticos que no quieren que sus electores crean que subvencionan la mejor vida de criminales que deben pasarlo obligatoriamente mal. Paralelamente, la sobrepoblación de las cárceles comporta –como comenta hoy mismo el Times- que muchos reclusos deban desplazarse hacia cárceles muy lejanas a sus casas, fatalmente inaccesibles para sus familiares; un tour que, por otro lado, también entorpece la correcta rehabilitación del preso, al cortar de raíz los educational programs que –de manera oportuna- ofrecen muchos centros del país. Por todo ello, ambas publicaciones resaltan la importancia de incrementar centros penitenciarios privados, como los que mantiene e incrementa anualmente la Corrections Corporation of America, unos centros que no solamente están mejor acondicionados, sino que recortan hasta un 15% el gasto público por recluso, lo cual debe placer a los más conservadores...

Efectivamente, las prisiones privadas son más baratas y están igual o mejor que las públicas. Sin embargo, aunque estoy de acuerdo con ambas publicaciones al defender su existencia, cabe recordar que –eliminada la sobrepoblación- las condiciones de las cárceles públicas seguirán siendo las mismas si el estado no incrementa su financiación y reforma. Que el sistema carcelario cree centros de primera y reclusos de primera –como si la cárcel fuese un destino turístico más- no deja de crear una dicotomía entre presos que puede ser fatal. Estar preso es una situación terrible; estarlo sabiendo que otros tienen mejores condiciones todavía debe serlo más...

Vivir en NY... entre el Summer y sus enemigos

WhitneyPaseo hasta el Whitney para ver a Rudolf Stingel (y también para comerme un pastel de plátano en Lady M, para qué engañarnos a estas alturas...) y merodeo de nuevo por la curiosa muestra "Summer of Love; Art of the Psychedelic Era", una interesante recopilación del arte y la cultura sesentona que ronda mi cabeza desde hace tiempo. "Summer of Love" es, ante todo, la celebración de un acto local (el buen rollo de los hippies del San Francisco del 67) que tuvo connotaciones globales, y no solamente por lo que pasó el siguiente año en París, sino por el movimiento global que, aun ser denostado por los conservadores más pacotilleros, pudo traernos beneficios tan palpables como drogarnos a voluntad o que nuestras madres pudiesen decidir con quien compartían su entonces voluptuoso cuerpo.

Cito a los conservadores de pacotilla porque el Mayo del 68 y el "Summer of Love" no pasan, precisamente y como saben de sobras, por sus mejores momentos; ayuda a ello que tengamos una nueva derecha menos humanista y mucho más tecnocrática, la derecha del "no se preocupe, señora, que yo le arreglo al niño en diez minutos", una corriente de pensamiento que juega con manipular la sensación –tan previsible como errónea- de que la libertad nos ha llevado, dirían los tertulianos casposos, a un libertinaje al cual debemos poner límites (sus apóstoles siempre repiten compulsivamente palabras como disciplina, orden, etc.). Uno ya no se propone arreglar a esa derecha tan previsible, porque creo –y de ahí que les hable de esta exposición tan singular- que el problema no es la derecha del "yo se lo arreglo" sino la izquierda del "vivan las florecillas".

Porque ésa misma izquierda ha pintado muchas veces la década de los sesenta como un universo de guitarrillas y buen rollo que dista enormemente de la realidad; para seguir con mi ejemplo inicial, lo de que nuestras madres follasen a voluntad –cosa que también benefició a las mujeres de derechas, no crean otra cosa- no fue ni mucho menos un caminito laureado, ni algo fácil. Los sesenta vieron como a Kennedy júnior lo jubilaban los mafiosos, como los crápulas de siempre mataban a Martín Luther King Jr., como las estrellas del rock más alternativo morían entre los vómitos de su incontrolable libertad... y ya no les cuento como estaba nuestra España entre tanta juerga aparente. Que la derecha pinte esto como fruto del pecado y el desmadre es normal, pero que la izquierda lo enmarque con un espíritu naíf teñido de póster con colores fosforitos tampoco acaba de funcionar...

Uno debe ser crítico; tiene razón Houellebecq al desenmascarar a todas las guitarreras de los sesenta que acabaron coleccionando figuritas de porcelana de la revista Marie Claire, y uno debe reflexionar también en el porqué de la conversión de demasiados hippies en banqueros y sobre cómo la sexualidad del 68 nos ha llevado a una sociedad en la que el placer se vive más como obligación que como fruición; pero tampoco hay que pensar –amigo Sarko- que los responsables de que a los profesores ya no se los respete son artistas y pensadores que, al fin y al cabo, notaron correctamente que –de no protestar- el siglo se nos teñía con demasiada sangre. Porque el Summer y el 68 marcan un espacio de libertad que educó en libertad a todos los que ahora reclaman un mayor orden.

Por eso creo que la exposición del Whitney solamente muestra el lado colorista de una época muy distinta a lo que se cree; y esto me lleva a preguntarme cómo van a considerar nuestros hijos a nuestro particular Summer of Love. ¿Destacaran las protestas contra la guerra de Iraq o la llegada del Iphone y el optimismo informativo que nos trae la era virtual? ¿Hablaran del arte que devino negocio o de cómo contaminábamos irresponsablemente nuestros estómagos con la mierda del Fast-Food? Son preguntas trágicas, porque precisamente ellos hablaran de nosotros cuando hayamos muerto... y nos colgaran en un cuadro. Mamma mia...

Vivir en NY... entre conversiones radicales y sexualidades predeterminadas

Piano_2 El gran Oliver Sacks publicaba esta semana en el New Yorker un magnífico artículo (lo cual no es novedad) dedicado al interés radical por la música clásica que algunos de sus pacientes han sufrido tras experimentar una situación límite, una experiencia traumática o incluso una enfermedad de carácter grave; una pasión aparentemente inexplicable, afirma Sacks, por el hecho de originarse en pacientes que –hasta el momento del choque traumático- habían expresado un interés nulo o incluso una expresa repulsión para con el género.

Sacks habla de gente como Tony Cicoria, un cirujano al que un rayo casi deja frito, experiencia tras la que nuestro doctor –pianista de pacotilla de juventud- tuvo un interés súbito por la literatura del blanco y negro; un interés que le llevó a comprar montones de partituras de obras complicadísimas que, de manera autodidacta, llegó a tocar excelentemente. La conversión fue tan obtusa y religiosa que –aun haber olvidado el lenguaje musical tras tres décadas sin practicar- Cicoria fue capaz de componer sus propias piezas; una obsesión que –comprensiblemente- le dejó sin familia (las mujeres tienen límites) y sin vida social.

Según cuenta Sacks –basándose en trabajos neurológicos recientes- las experiencias límite pueden comportar alguna reestructuración de ese órgano de injustificada fama, decía Woody Allen, llamado cerebro; una reestructuración que podría conectar mejor el sistema perceptivo con los lóbulos y ciertas partes del sistema límbico que gestionan nuestras emociones. La conexión post-traumática llevaría a nuestro cerebro a radicalizar nuestra necesidad de expresarnos mediante un acto emocional o un arte a partir del que traduciríamos nuestras emociones; como los artistas, solamente percibiríamos o nos importaría lo que pudiese traducirse en arte.

Curiosa ciencia es la neurología; ciertamente, estos científicos cada vez nos están robando más terreno a los filósofos. Los físicos operan con galaxias –que suman y parten a voluntad como si fuesen cachivaches- los neurólogos diseccionen nuestros sentimientos, y ya no les cuento lo de los genetistas porque éstos ya se pavonean de poder determinar cualquier aspecto de nuestro ser; lo afirmaba recientemente en la New York Magazine el periodista David France, en un magnífico escrito que se hacía eco de los estudios –cada vez más serios- que atan nuestra conducta sexual a la genética. La relación de nuestro dedo índice con el anular, la dirección de nuestro pelo en la coronilla... y otros aspectos físicos –según parece- pueden determinar de manera bastante certera nuestra sexualidad.

A mí, que casi desconozco –y no es metáfora fácil- la dirección que tiene mi coronilla, me parece curioso este nuevo determinismo que ha adoptado una ciencia que pretende explicar todos los recovecos de nuestra conducta, no solamente para racionalizarla sino también (los inventos nunca son neutrales) para determinarla. En ese sentido, parece que la ciencia ya no solamente pretende devenir un discurso de poder –de determinación, para decirlo en pedante- sino también convertirse en el único relato que puede explicar lo que somos en realidad.

Sin embargo, ante esta pretensión científica, los seres comunes cada vez experimentamos mayor lejanía con respecto a unas ciencias que, al explicarnos, se alejan inexorablemente de nosotros. No sé si a la mujer del pobre Cicoria le servirían de mucho las justificaciones a las que apunta el bueno de Sacks o alguna razón genética del interés súbito de su marido, aunque –ya se sabe- siempre es mejor maldecir a los lóbulos del sistema límbico que a la fresca de la vecina del tercero...   

Vivir en NY... entre tardes explosivas

Petardo_2 Leía ayer por la tarde la última novela de Don DeLillo (Falling Man) en la biblioteca del Cervantes; calle 49, tocando a la Tercera Avenida. Mi oficina respira paz y los libros siempre me protegen de las cosas horribles que pasan allí fuera, con las que –mire usted qué casualidad- resulta que me gano la vida. Volví a ver, con el escritor del Bronx, el polvo de las torres caídas con sus personajes aturdidos por la vida deambulando por el Lower Manhattan; “Then he saw a shirt come down out of the sky. He walked and saw it fall, and waving like nothing in this life”… Una amiga entra corriendo; “ha estallado algo en Grand Central, !señor periodista!” Sin tiempo para discutir esta más que cuestionable atribución, y todavía con la imagen de la camiseta delilliana en la retina (mezclada con ese fatal “algo” que puede ser “algo” tan distinto como un petardo o un Boeing de nueva factura pilotado por un señor que parecía buena gente y mu normá) cruzo corriendo la calle hasta Lexington; han pasado solamente diez minutos desde el estruendo.

La calle por la que paso cada tarde a las 7.30, cuando me echan de la biblioteca y vuelvo a ser persona sin letras, es un cráter impresionante que escupe humo sin parar. Llamo a mi padre, que está dormido (practica ese curioso arte desde que dice haberse jubilado) y cumplo con la tarea de hijo ejemplar;“Nen, que això ha fotut un pet enorme, però estic bé”. Diligente él, me pregunta si el señor SER ha llamado, cosa que hace con premura en pocos minutos para reclamar el estado de la cuestión. ¿Cómo huele la cosa? Sinceramente, éste es uno de los momentos en los que un periodista solamente puede ver lo que la gente tiene en su cara y lo que los policías nos cuentan, que es poco y a grito pelado. Los titulares de la mañana han hablado de histeria y recuerdo del 11-S; evidentemente, a nadie le gusta escuchar petardillos en el centro de la ciudad y los que sufrimos el terrorismo (a nosotros, por desgracia, nadie nos da lecciones en ese sentido) estamos para pocas sinfonías estruendosas, la verdad.

Pero Nueva York está por encima de todo eso; cierto es, vi nuevamente a madres llorando al pensar que sus retoños podían estar en Lexington o en Grand Central en esos momentos. Vi a personas que temían lo peor y no les culpo, pero también vi a estoicos oficinistas cabreados por haber dejado incompleto un informe insustancial, a azafatas tomándose fotos (“que salga el humo, ¡sobretodo!”) en la calle, a corresponsales con cara de corresponsal tipo it´s happening now, y a turistas españoles que cantaban complacientemente aquello de “hay que ver los yankees... ¡cómo exageran las cosas!” Sinceramente, y pasado el susto, me tranquilizó ver que la explosión de la calle Lexington tenía poco fuego y no desprendía partículas sino un aire huracanado que debía responder a un generador. Los bomberos y la policía, tras verlo rápidamente, debían hacer su habitual performance. No les culpo; una cosa es la seguridad y la otra –bien distinta- es la sensación de seguridad; y –si la cosa va mal- mejor tener unos cuantos helicópteros a mano.

Pero ya pasó el susto; tristeza y respeto por los accidentados, un par de duchas para curarse el mal sabor de boca, cena en Harlem con amigos y un mensaje telefónico inesperado. Hoy –de nuevo en la biblioteca- empiezo otra vez El primer hombre; “La falta fue nuestra y el miedo a los golpes también. Recordaría más tarde esta historia cuando comprendió (verdaderamente) que los hombres fingen respetar el derecho y solo se inclinan ante la fuerza...” Ai, ai, ai… 

Vivir en NY...entre las tardes sin fin en Queens

Bohemian_hall_3 Las tardes en Queens huelen a nada que hacer, a tiempo perdido... y se traducen en mil razas sin nombre, en orígenes desconocidos o en un inglés con marcado acento griego y a mucha honra. Actualmente, el barrio de Queens –con más de dos millones de habitantes- es una de las zonas más diversas y apasionantes del planeta; primero llegaron los griegos y los italianos del sur, pero a ellos se le suman coreanos, pakistaníes... Paseando con un amigo por Ditmars Boulevard (denominada así en honor al antiguo alcalde de Long Island), una mujer de origen asiático –al escucharnos hablar animadamente del lugar- nos dispara un orgullosamente nacionalista “Astoria está muy bien”, a lo que mi amigo –catalán y, como tal, correctamente escéptico- me contesta susurrando “todos queremos nuestro barrio.” Es cierto, a todos nos tira lo conocido, pero –aun ser harlemiano hasta la muerte- veo que Queens tiene un silencio especial, una tranquilidad demasiado sospechosa para ser real... un ambiente –en definitiva- que le lleva a uno a pensar, no sin extrañamiento, que podría vivir en Iowa... cuando está solamente a veinte minutos de Manhattan.

Las razas también llevan colgadas aquí sus respectivas religiones; entramos en la preciosa iglesia de St. Irene, donde unas abuelas charlan animadamente mientras una de ellas le reza en voz alta –creo- a san Ignacio; las velas cuestan solamente un dólar, huelen a miel, y quedan la mar de bonitas encima de la arena de los altares (“a ver si nos traen más suerte que las católicas”, dice mi amigo); a unos pocos metros vemos una mezquita... y ya antes habíamos cruzado una sinagoga; la fe mueve montañas, pero la sed ataca y decidimos cantarle alegremente a un Dios llamado el primer trago de cerveza en el Bohemian Hall, un precioso establecimiento regentado por una familia checa en el que los vecinos consumen cebada líquida a voluntad y en el que algunos días de la semana se puede ver danzar con alegría a su gente (también, para interesados, dan clases de checo). El patio –como pueden ver- sienta de maravilla; es la esencia de Nueva York, pienso ahora; mucha gente, pero todo el mundo a su puñetero aire... poca comunicación. Antes habíamos paseado por la antigua residencia de un señor llamado Steinway, una preciosa mansión de granito –un tanto abandonada- desde la que el señor William Steinway divisaba a sus muchachos construir los mejores pianos del mundo, hoy disponibles por considerable pasta.

Tras deambular un rato por el barrio, acabamos en el restaurante griego Agnanti, cerca del parque de Astoria; ensalada griega –magnífico feta- y unos mejillones que no se los salta un gipsy, servidos con simpatía por una camarera (creo que se llamaba Audree) con la que me hubiese encantado hablar de la concepción platónica de la cosmología en el Timeo... Ya es de noche y el silencio queensiano todavía se hace más peligroso, cuando –caminando por el parque- Manhattan se puede divisar, vista desde esta sencillez, como una masa enorme de prepotencia y ruido. Es curioso porque siempre que tecleo Manhattan en mi ordenador, mi corrector elimina la palabra y –en su lugar- escribe Maniatan; no es casualidad, hoy Manhattan –desde Queens- parece un meollo de seres maniatados que corren para no llegar nunca a su destino, mientras aquí nos erigimos como los soberanos del mejillón, del queso tranquilo y nos contentamos con la imagen de Audree asintiendo impertérrita, sorprendida y extasiada ante nuestro dominio del Timeo platónico. Todo es tan perfecto que hay que largarse cuanto antes...

Vivir en NY... entre el New York de Paul Morand

Morand_2 “Nueva York es una locura, pero es una locura que vale la pena.” Así definía la ciudad en la que vivo, con aire profético y perfecta puntería, el diplomático y escritor francés Paul Morand en su libro “New York”, una pequeña joya de un autor que desconocía absolutamente hasta que mi amigo José María Sanmartín de Prats –hombre de noble educación y virtuoso temperamento- me lo presentó amablemente mientras tomábamos champaña (again) ante de su nutrida biblioteca, en la que se refugia del horroroso arte de la abogacía, un quebradero que al menos le permite comprar libros y educar a sus hijos, que se multiplican a diario. Morand (1888-1976) fue un notable escritor, miembro de su academia contra los designios y conspiraciones de De Gaulle, e incansable diplomático que –básicamente- se dedicó a escribir con mucha ternura sobre sus ciudades preferidas en su maravilloso Journal Inutile.

Morand sabía, en los años 30, que Nueva York ya era por aquel entonces el centro del mundo. Su descripción de la ciudad resulta curiosa; evidentemente, como todo francés, se enternece con la obsesión yankee por el impresionismo (las primeras colecciones del señor Morgan ya estaban en el Metropolitan), al igual que destaca el amor que los neoyorquinos sienten por Europa; “Hay dos tipos de neoyorquinos –dice; los que se pueden pagar un viaje a Europa y los que no.” Resulta muy instructivo leer como Morand destaca los hoteles de la ciudad, en donde las propinas corren a lo lindo, como se sorprende de que se pueda cenar tranquilamente a las cuatro de la madrugada en uno de sus restaurantes (qué tiempos aquellos...), recordando también algunas anécdotas curiosas, como el hecho de que en el barrio alemán (la zona norte del actual Upper West Side) todavía existiesen –recuerden, estamos en 1929- algunos bares que prohibían la entrada a los judíos y mostraban esvásticas en sus portales.

El Nueva York de Morand es una ciudad que nace de la burguesía y del espíritu naíf de sus habitantes; el francés supo ver perfectamente que el capitalismo también tenía su particular aristocracia, y que ésta era una ciudad que tenía papacitos propios que se llamaban Rockefeller, Carnegie, etc. Cierto es; la enorme metrópolis que llega al mundo entero es el fruto de algunas mentes privilegiadas que se dejan la pasta para que todo el tinglado funcione. Pero Morand no es un ingenuo; sabe perfectamente que Nueva York no solamente es el palacete del señor Frick; también está el güisqui insoportable de los speakeasy (“ojalá sirvieran solamente agua”, afirma), los obreros que se caen de los edificios y las mujeres que trabajan de sol a sol vendiendo tabaco. Ésta también es la ciudad que puede ver el burgués lúcido.

En los últimos pasajes del libro, Morand comenta una de las prácticas que más le sorprenden de la ciudad; la costumbre que tienen las familias neoyorquinas de ir a despedir a los amigos que se marchan en un trasatlántico hacia Europa. Morand se refiere, evidentemente, a esas escenas de película que todos recordamos, entre pañuelos y vaho; pero eso no es solamente cortesía... ésta es una ciudad de la que mucha gente se va o se ve obligada a marcharse, lo cual –como les he dicho algunas veces- debe ser terrible. Morand se largó muchas veces de Nueva York; como buen francés, todavía quería despertarse con el canto de los pajaritos que revoloteaban cerca del Palais Royal. Creía que Nueva York era única y que cualquier ciudad que la copiase corría el inevitable riesgo de caer en el ridículo; “París tiene fin, mientras Nueva York es algo a lo que toda ciudad se acerca... fracasando.” No hay nada más que decir.

Vivir en NY... entre alcohol barato y el vino del Priorato

Liquor_2  Gracias a una breve pero intensa discusión que tuve con mis lectores a raíz de un artículo sobre Michael Moore (concerniente, en parte, al uso del champán como bebida ideal para celebrar la muerte de ciertos dictadores que todavía respiran) bajé a la liquor store que hay a pocos metros de mi casa para comprar alguna muestra del susodicho producto que tantas alegrías ha dado a la humanidad. Para mi sorpresa, y siendo el mío un barrio todavía pobre (aunque, como he dicho muchas veces, algunos buitres lo estén transformando lentamente en el próximo enclave fashion de Gotham) mi liquorstorero dispone de una selección bastante envidiable de champanes, entre los cuales pude comprar un Moët tamaño familiar por sesenta dólares que utilicé para una cena y una botella tamaño single por la mitad de precio, que guardo –insisto y disculpen- para cuando podamos encerrar al primer cabroncete bajo tierra.

Nunca he sido un bebedor competente, porque –en ésta como en tantas otras cosas- empecé tarde y mal, con excepción del vino, que mi padre me enseñó a beber con moderación; por ello desconocía un hecho bastante curioso (o trivial) como es el módico precio que tienen algunas bebidas que, por mi ignorancia de mal bebedor, concebía como muy caras. En la liquor de Adam Clayton puedes comprar algunas botellitas de ginebra (medio litro) por aproximadamente cuatro dólares, y algunas de Vodka –incluso de capacidad mayor- por unos seis; unos precios bastante asequibles que las convierten en el único alimento que los mendigos de mi calle utilizan para sobrevivir, o para ir tirando. La verdad es que me dio bastante pavor ver como los mendigos del barrio comprar ginebra en esa tienda; supongo que les llena el estómago y el ardor del alcohol les ayuda a olvidarse del hambre y hace que les siente mejor el frío y la dureza de la calle...

Curioso asunto el alcohol, que puede ayudar a amenizar fiestas y a acalorar la agonía del mendicante. Pues justo cuando medito sobre ese doble uso de la sustancia va y me topo con un artículo interesante de Eric Asimov en la sección Travel del Times titulado “From Catalonia, Tastes Both Old and New”, dedicado al vino catalán. Como saben, cuando leo alguna noticia dedicada a un asunto cercano a mi motherland, las piernas me tiemblan... pero, para mí tranquilidad, los artículos sobre turismo acostumbran a dejarnos bien. Ciertamente, a Asimov el aroma vinícola del Montsant, que describe con competencia, le lleva a hacer un pequeño repasillo de la historia de España; “A pesar de siglos entre guerras, cambios de alianzas y dictaduras, Cataluña y su capital, Barcelona, han luchado para mantener su independencia e identidad cultural (...) Solamente tras la muerte de Franco (ya tardaba en salir el tío Paco) y con la nueva constitución de 1978 se les garantizó a los catalanes autonomía y libertad para hablar su propia lengua.”

Un excursus histórico que también tiene una curiosa reflexión lingüística; “Algo confuso para los extranjeros es el uso de palabras casi iguales en español castellano (Asimov utiliza la expresión curiosa “Castillian Spanish”) y en catalán. La palabra “Catalonia”, por ejemplo, es versión inglesa de lo que los hablantes castellanos llaman “Cataluña” y los catalanes llaman “Catalunya”. Igualmente, “Priorat” es la palabra catalana para lo que los castellanos llaman “Priorato” Curiosa reflexión, porque al amigo Asimov nadie le habrá contado que –en el fondo- poca confusión hay entre los vocablos Catalunya-Cataluña porque –a pesar de la neutra a, que nosotros pronunciamos un poquito más cerrada- las dos palabras son prácticamente iguales, aunque –claro está- de dos lenguas distintas. Lo segundo tiene más guasa; no sé ustedes, pero yo nunca he oído a ningún hablante español utilizar el término Priorato (correcto, eso sí) para referirse al Priorat. Ni –llámenme ingenuo- tampoco concibo como confusing que dos lenguas distintas, aunque cohabitantes, se refieran a iguales términos con vocablos ligeramente diferentes. Pero no culpo a Asimov; el pobre tuvo que catar –para su buen artículo- unos 23 vinos... y, claro, a uno se le va un poquito la olla con tanta uva...

Vivir en NY... entre helados ruidosos

Mr_softee_2 Hoy es un día plagado de buenas noticias; he leído en el Times que nuestro buen Papa Benedicto XVI –acabando, si bien parcialmente, con un incomprensible y tremendo error histórico de la Santa Madre- permitirá que se vuelvan a dar misas en latín, como Dios manda y para que todo sea igual en todo el mundo, que es de lo que se trata. Beckham, informa la misma publicación, llegará bien pronto a Los Angeles, acompañado de su mujer, que dicen que quiere ser actriz y amenaza con alguna novedad fílmica bien pronto... y luego dicen que el mundo es aburrido. Pero la mayor alegría del día me la ha dado mi buen alcalde (sí, el independiente) Bloomberg, que me ha hecho un hombre un poquito menos contaminado; Michael, mediante un disparo certero, se ha cargado de una vez por todas a Mr. Softee.

Les cuento; Mr. Softee es una de las marcas más importantes de helados de los Estados Unidos, con una tradición que se remonta a 1956. Evidentemente, y faltaría más, no tengo nada en contra de los helados; ya conocen mi inclinación por la comida que no recomiendan esos seres abominables llamados naturistas. No va por ahí; los helados de Mr. Softee se acostumbran a vender en unas furgonetas llamativamente decoradas con su emblema que circulan por todos los rincones del país, especialmente en las ciudades del noroeste. De sus simpáticos altavoces, se desprende una igualmente simpática sintonía que –según el señor Wikipedia- está escrita en Mi bemol mayor y en compás ternario de 6/8. Sea la tonalidad y el compás que sea, la melodía deviene un ruido insoportable que, sabemos los vecinos, se le acaba incrustando en el tímpano al más paciente –quiera o no- cuando la susodicha furgoneta se instala cerca de su portal.

Afortunadamente, acaba de entrar en vigor –aunque fue aprobada hace más de un año- una ley del ayuntamiento para prevenir la contaminación acústica, un tipo de daño enorme que sigue inundando países como España (creo que solamente nos supera Japón en ese triste honor, aunque cito de memoria...) y a la que nadie parece prestar atención, seguramente porque no hay ningún expolítico mediático que reivindique su cese o informadores que –pues eso- nos informen de ella. La ley que cito entró en vigor hace cuatro días y –siendo Nueva York una ciudad insoportablemente ruidosa- fíjense si la cosa no está de moda que las denuncias todavía se cuentan por centenares. El Times contaba ayer mismo como algunos vecinos de Queens se habían quejado del ruido insoportable de la cancioncilla del Mr. Softee que provenía de una furgoneta, un espanto que fue perfectamente erradicado por la nueva policía del ruido, como así la define el cronista en cuestión.

El caso es que –llámenme ingenuo- cada vez que nuestros gobernantes nos procuran algún instrumento para que la indecencia o la agresión se aleje de nosotros... pues yo me alegro. No puedo dejar de esperar el momento que pueda apretar, cual tigre en celo, el 311 para que le pimplen una multa de 350 dólares al cabrón del Mr. Softee que se pasa toda la tarde justamente en la esquina de la 115, donde servidor tuvo la mala idea de acabar radicando. Desconozco si me librarán del gospel o de las melodías de llamada que las mezquitas utilizan periódicamente para recordar el deber a sus devotos fieles (dos ruidos que tampoco es que molesten tanto, porque el primero es bastante agradable y el segundo dura a penas 2 minutos) pero que me libren de esa tortura de cancioncilla (en mi bemol mayor y en 6/8, insisto) es algo que debo –sin duda- a la soli deo gloria, o al buen hacer de unos políticos que, de tanto en cuanto, cuidan de mí...

Vivir en NY… entre corredores callejeros

Parkour_2 Una de las características más significativas de nuestro tiempo parece ser la transformación de cualquier insubstancialidad cotidiana en alguna forma de negocio; no hablo de ese tic capitalista tan habitual que convierte rápidamente a cualquier actividad u objeto en un icono divino, sino en la conversión de prácticas aparentemente vacías o incluso cotidianas que devienen objetos de negocio; el hábito del buen administrar las siestas que conocían perfectamente nuestras abuelas y su sabiduría relativa a los mejores alimentos para la salud se pueden convertir hoy en día en esos insufribles doctores que te cobran sumas innumerables de pasta para recomendarte la mejor hora para dormir o en naturistas de voz aterciopelada que nunca te tratan de usted y cuya sapiencia relativa a zumos y manzanillas resulta ser más caras que la minuta de un ingeniero en telecomunicaciones.

Pero el negocio incluye actos tan curiosos como, simple y llanamente, hacer el tonto; lo pensaba recientemente leyendo un interesante artículo de Ethan Todras-Whitehill en el Times dedicado al noble arte del Parkour, una disciplina originada en Francia (ya tiene razón Sarkozy al afirmar que el país va a la baja) consistente en correr y brincar por parques y calles, saltándose muros, escalando estatuas para –en definitiva- gamberrear infantilmente, una práctica que tiene sus filósofos (sic) y defensores, que apelan a la metafísica del salto de muro como una metódica inmejorable para la superación personal. Como todo lo banal se acaba importando, el parkour ha llegado a los Estados Unidos bajo el nombre de Freerunning, deporte consistente (como su nombre indica) en correr libremente por las ciudades como si su practicante estuviese protagonizando una persecución a lo Casino Royale, pero sin cámaras.

Debido a su peligro, el Freerunning mezcla la adrenalina de las artes marciales y la performance con un cierto gusto agamberrado por la libertad, una libertad que –como pasa siempre- deviene negocio con inusitada rapidez; las aulas del Freerunning se llenan de ejecutivos que quieren destensar sus músculos, de jóvenes contestatarios que ya se aburren de maltratar a sus padres y necesitan nuevas emociones y de cuarentones inseguros que no follan… de gente, en definitiva, cuyo sentido de la libertad proviene del mítico programa JackAss de la MTV, en el que una serie de mamones experimentaban travesuras destinadas a infringirse dolor mediante trompadas ciertamente hilarantes; una filosofía (sic) que ya habíamos visto en aquella curiosa práctica que tenían los ejecutivos para relajarse consistente en machacar coches a martillazos o irse a la sierra para jugar al ejército con balas de colores…

Que aparezcan periódicamente estas formas de ocio aparentemente transgresoras –y que acaban subsumidas en el cada vez más previsible yugo del negocio- certifica que, en el fondo, el ansia de libertad se ha convertido en el ítem más seguro del sistema capitalista; primero fue la libertad sexual, cuyos beneficios innegables han acabado despojando al sexo de cualquier tipo de incentivo que no sea la gimnasia; después –cuando el sexo ya devino pornografía- se inventaron esto de la eliminación de adrenalina, ya sea corriendo por parques o saltando de terraza en terraza. Nos contaron esa cancioncilla de que la libertad nos haría más felices, cuando –como sabía bien Kant- la aplicación de la libertad sin más acaba en una forma de esclavitud perenne, como se ve en los tristes ojos de las secretarias que boxean contra sacos con retratos de sus jefes, a quien acaban obedeciendo ciegamente a la mañana siguiente.

Creo sinceramente que el próximo escalón de todo este negocio libertario consistirá en empresas que organizaran actos socialmente ilegales escenificados a la carta; robos, violaciones, peleas… que interpretaran una serie de actores entre los que podremos jugar el papel de secuestrado, mafioso, terrorista o incluso violado (denme tiempo y lo verán). Será una nueva manera de comprobar no solamente que podemos protagonizar una película, sino de sentirnos libres, sucios, utilizados… eso sí, pagando, sin rechistar, y eliminando adrenalina por un tubo.

Vivir en NY… entre alumnos a sueldo

Clase_3 Hace ya bastantes meses que mi alcalde Michael Bloomberg (flamante político independiente de facto, que antes sólo de iure) lleva estructurando, en su privilegiada cabeza, un revolucionario plan para la educación que sumirá al sistema neoyorquino y estadounidense en un debate importante; Bloomberg pretende reunir fondos privados (algunos de su independiente bolsillo) para incentivar el estudio y la atención a clase de los alumnos más pobres de la ciudad con pagos que premien su buena conducta académica. Los caramelos pueden traer a los alumnos y sus familias unas sumas cercanas a los 500 dólares anuales; los méritos académicos, en resumen, serán bien pronto calibrados en términos monetarios.

Evidentemente, como era de esperar, el sector académico de la ciudad se ha tomado la idea bastante mal, afirmando que un plan como éste prima el incentivo económico en el estudio, una actividad que debería tener como único incentivo el interés por el conocimiento y la superación personal (lo que los pedagogos, reiterativamente, llaman la auto-superación personal, como si hiciese falta ese prefijo para entender el término); paralelamente, los educadores lamentan que el alcalde implante en la enseñanza –por los motivos ahora citados- procedimientos exclusivos de la empresa y del sector privado que fomentan la competitividad y se alejan de la noción del saber como algo que nos concierne a todos.

Por otro lado, los defensores del plan –realistas ellos- afirman aquello tan liberal de que, guste o no, el único incentivo que puede ayudar a ciertas clases sociales a prestar mayor atención a la educación de sus hijos es ese noble caballero llamado Don Dinero. Guste o no (el liberal siempre acepta los hechos, como si la realidad saliese de la nada y no tuviese apriorismos), hay gente a la que, mire usted por dónde, le importa un comino si Richard va a la escuela o si se pasa el día perdiendo el tiempo en las calles de Harlem. Una indiferencia que bien podría transitar a interés mediante algunas monedillas de más en la cuenta corriente; guste o no –insisten- el dinero mueve hasta la ignorancia, que mira si es inamovible la tía.

Evidentemente, las dos posiciones tienen algo de interés; el saber es algo cuya esencia radica en el conocimiento, que no tiene más finalidad que la de intentar fomentar una educación para que nuestros alumnos tengan una vida lo más examinada y racional posible (fíjense si puedo llegar a ser antiguo en ocasiones). Por otro lado, en un mundo en donde el saber –y ciertas de sus materias, dirían también los pedagogos, sin aplicación práctica (sic)- tiene que pelear con otros incentivos y distracciones de la cultura de masas, el dinero aparece como la única posibilidad de salvar su posibilidad como discurso y lenguaje.

Evidentemente, a mi modo de ver, la solución de este imbroglio debería pasar por una posición mixta; el saber que se dispara rutinariamente en las escuelas debería tener, en algunos casos, al menos un ápice de aplicación práctica para que los estudiantes reconociesen cierta relación entre las aulas y el mundo exterior en el que viven; algo que –por otro lado- no debería implicar olvidar ciertas disciplinas (la enseñanza del latín o la filosofía, por ejemplo) cuyo interés práctico siempre se ha considerado relativo, y de las que se debería precisamente recalcar su validez práctica, que la tienen y mucha.

Por otro lado, aunque el dinero sea un incentivo innegable, la sociedad de masas siempre creará espacios monetarios o de mayor interés y atracción para los jóvenes que las aulas; si un alumno puede o debe ganarse la vida (y lo hace bien) trabajando como camarero, aunque le paguen cierta cantidad para estudiar seguirá sin ir a la escuela. Ése es el motivo por el que siempre fracasan los planes de incentivación de la educación o la lectura, porque la noción de incentivo es un concepto creado por la sociedad del espectáculo; para un chaval adolescente, manque nos pese, siempre será más excitante jugar a la Play que leer Cicerón. Apoyar con fondos extras a la educación siempre es bien recibido, pero estos fondos deben destinarse a ayudar a los alumnos a tener un buen material y aptas condiciones de estudio en sus casas… al igual que libros más asequibles; el problema, como siempre, es de base. Si a un alumno se le paga para sacar buenas notas simplemente se radicaliza la finalidad del buen estudiante (ser excelente), mientras que fomentar su base de estudio y sus condiciones radicalizan su potencialidad para ser excelente. Y eso sí que –de conseguirse- no tiene precio.

Vivir en NY… entre músculos negros (III)

A escasos metros de mi casa –en la confluencia entre la calle 115 y la Avenida Adam Clayton Powell- descansan habitualmente unos mendigos alrededor de un pequeño reducto con cuatro arbolitos bien tristes y un banco casi siempre cubierto con una manta y un cuerpo anónimo que intenta olvidar el frío y la incomodidad. Había pasado mil veces por ese pequeño paraje que tiene rango de Triangle (un parquecito minúsculo, para entendernos) que, según parece, tiene el honor de llevar el nombre de Samuel Marx (1867-1922), un tasador de la propiedad y activista político que adquirió cierta fama en la comunidad y a quien la muerte impidió una prometedora carrera política en el congreso federal; supongo que ver así a esos mendigos no lo haría gracia alguna…

Marx vivía a pocos metros de este parque que –según una descripción un tanto desatinada que leo página Web del departamento de Parks & Recreation- se dibuja poéticamente como una ”tranquil place for members of the community to rest their feet while city traffic flies by on some of its busiest thoroughfares” Cierto es, la gente descansa, pero no precisamente para contemplar el tráfico de una calle cuyas aglomeraciones de coches tampoco son tan importantes… Resulta divertido que –cerca de esos mendigos- se vea un cartel que anuncia la apertura de los Harlem Luxury Condos, unos pisos bastante monos que nos convertirán en el nuevo SOHO de Manhattan, provocando un éxodo de mis vecinos (y quién sabe si de servidor) hacia zonas más asequibles de la ciudad, o fuera de ella, como ya pasó con el East Harlem.

Quién sabe qué va a ser, cuando seamos un barrio pijo, de esos mendigos del parque Marx (un apellido bastante apropiado para el caso) y también de algunas de las personas que ya están en el amor de mi retina y en el hábito de mi rutina. Hoy he visto a un simpático vecino mío que vende marihuana en el portal de mi casa; siempre me ofrece un descuento que yo rechazo amablemente; con la droga de la lectura ya he tenido más que suficientes malas experiencias. Luego está una simpática abuela que pesa dos-cientos kilos y cuida (ilegalmente) a algunos viejecitos que deben rondar los tres-cientos años; la ayuda un tal Rick, un simpático loco –que está más en si bemol que yo, y ya es decir- al que las medicinas harán explotar algún día y que me saluda a diario presentándose como si me viese por primera vez.

Estos son mis vecinos, gente desheredada que pasa horas en la calle sin hacer nada, que habla un inglés críptico que ni Shakespeare podría descifrar, cuyos músculos van perdiendo fuelle con el tiempo y la nieve que llegará demasiado pronto. Hoy tenía ganas de explicarte que a veces me siento como esa tropa de inútiles que no tiene nada más que tiempo para perder, pero supongo que ya estás durmiendo y sigues molesta con mis palabras. Son mi único parque; responden a nombres ilustres, tienen árboles centenarios, y a veces están llenas de mendigos que mueren…

Vivir en NY… entre las erróneas travesuras de Michael Moore

Moore Michael Moore nunca se ha presentado ante su cada vez mayor audiencia como un cronista imparcial de la realidad; sus documentales conforman opiniones que el director defiende sin tapujos y que confirma a posteriori mediante una innegable habilidad fílmica en el tempo y montones de demagogia emocional bien administradas a través de un talento humorístico ciertamente audaz. Moore juega y nos vende continuamente una imagen de chico pueblerino despistado, portavoz del sentido común del pueblo (como el mejor de los sentidos) algo que –junto a sus fobias de sobras conocidas, entre ellas su propio e ilustre presidente- lo acaba convirtiendo, desgraciadamente y a mi modo de ver, en un populista que, aun defendiendo valores innegablemente nobles y atacando injusticias palpables, acaba argumentando de una manera más que demagógica y –en ocasiones- de auténtica vergüenza ajena.

Acabo de ver su última creación, el documental Sicko, que el director ha presentado como una reflexión crítica sobre el sistema sanitario estadounidense en su excesiva ligazón a las multinacionales aseguradoras y al poder político que las defiende priorizando sus intereses a los de la sociedad; una reflexión, como todas las precedentes, tristemente inacabada y fallida. Sin embargo y todo hay que decirlo, Moore ha sido –con Sicko- mucho más ambicioso que en sus otras creaciones y no se ha limitado a atacar a los portavoces de la industria médica estadounidense y a la clase política del país, sino que nos ha acercado a las víctimas de la negligencia y burocrática conducta de un sistema tremendamente complejo, del que tampoco da sus claves. Hasta ahí puede aceptarse la cosa; innegablemente, Moore da en el clavo en el que es el principal problema de este país en lo que toca a la sanidad, a saber, la incapacidad de los estadounidenses para darse cuenta de que la salud es un asunto de interés público y que el mal de el vecino es tan importante como el nuestro, etc.

Ninguna objeción; hasta que falla, como he dicho la argumentación… y las alternativas, porque es muy fácil criticar un sistema sin darlas, claro está. En primer lugar, Moore –para defender la necesidad de implantar la sanidad universal en Estados Unidos- se larga a otros países para probar las bondades infinitas de ese experimento. A ello le sigue un elogioso retrato de algunos sistemas sanitarios (principalmente los de Canadá, Reino Unido y Francia) que haría sonrojar hasta el más optimista defensor de los mismos; Moore pinta nuestra sanidad como un parque temático impoluto y a sus médicos como pijetes de clase media-alta, olvidando situaciones tan reales como las listas de espera, los problemas administrativos enormes que todavía acarrea nuestra sanidad, los sueldos pésimos de nuestros doctores y el hecho de que cada vez más estados ya funcionen con una forma de mixtura privada y pública que es –supongo- la que va a acabar imperando en Europa, si es que los estados de la Unión no quieren gastarse, como hace Francia, un 20% de sus impuestos en sus respectivos sistemas sanitarios.

En el colmo de la demagogia, Moore organiza una excursión hasta la base de Guantánamo con bomberos y voluntarios del 11-S, para denunciar que en ese enclave los prisioneros reciben mejor trato que los estadounidenses, en lo que no solamente conforma una terrible falta de respeto a esos presos cuyos derechos legales son perpetuamente violados. Pero la palma de la osadía llega cuando Moore –ya que está en Guantánamo- decide llevar a sus bomberos hacia Cuba para demostrar que incluso la morada del gran enemigo tiene mejor sanidad pública que la del imperio maligno. Y –claro está- como se pueden imaginar, no sé si los médicos cubanos son buenos o no, pero gilipollas no son, y cuando ven entrar a un tal Michael Moore con una cámara en uno de sus hospitales, pues reciben un trato que ni les cuento… ¿Cómo se puede tener tanta jeta? ¿Por qué no se va Moore a ver cómo cuidan a los prisioneros que el cabrón de la barba (afortunadamente ya falta poco para descorchar otra botella, tras Pinochet) tiene a su particular cuidado en la isla, sin límite temporal? Evidentemente, hace notar Moore, las medicaciones son más baratas en Cuba, pero ¿cómo están los salarios en la isla, amigo Moore? Sin comentarios…

Y es una pena, porque Sicko –por las risas y la emoción que pude detectar en el público neoyorquino- toca un tema del que es necesario hablar en este país, pero también en Europa. Porque si algo muestra la experiencia, es que ninguno de nuestros sistemas es perfecto; compararlos de manera simplista (todavía hay imbéciles que defienden que aquí se deja morir a la gente en hospitales) no ayuda en absoluto. Que concebir la sanidad como un negocio es terrible, innegable. Pero intentar concienciar a la gente de este hecho mediante argumentos fraudulentos –es decir argumentar perversamente- no es menos grave que la perversión en sí misma. Y ante el auge de figuras como Moore, uno no deja de lamentar que –hoy en día- el género documental cada vez se guíe en mayor medida por el afán de demostrar una tesis preconcebida con hechos reales (uno siempre puede encontrar algunos ejemplos de lo que pretende demostrar), y no –contrariamente- por aunar hechos objetivos y esperar que la conciencia pública llegue a sus tesis de manera libre. La ignorancia, querido Moore, también es un mal, y no lo cura ningún sistema sanitario…

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