Viaje hasta el sur de Brooklyn para llegar a las entrañas del Nueva York más cutre. Coney Island fue, anteriormente a la emergencia de Las Vegas y Orlando como los playgrounds favoritos de los Estados Unidos, uno de los mejores parques temáticos del país. Recalco el fue insistentemente, puesto que ahora –a pesar de cierto revival que empezó en los 90- Coney Island es una mezcla curiosa entre un homenaje a lo freak y una especie de Castelldefels de lo más horrendo que uno se pueda imaginar (pongan el equivalente más adecuado a su localidad de origen), en donde masas indómitas de gente se tuestan en la playa y comen grasa/mierda con encomiable y juvenil entusiasmo. Para pasearse por Coney Island uno debe sacar del armario el cinismo necesario para encontrar algo de estética en lo caduco, en lo infinitamente no-estético para decirlo en pedante, y pasear con infinita pacienta por uno de aquellos lugares en donde no se sabe bien si la decadencia que uno ve puede llegar a ser bella o es que, simplemente, es así de fea. Lo intentaremos con tesón…
Empiezo mi ruta en Stillweel Avenue, al final de las líneas D, F, N, y Q; al salir de la estación me sorprende ver un mural de graffiti precioso que ocupa casi veinte metros de pared (de autor desconocido, parece sacado directamente de la mente de Tim Burton, con personajes parecidos a títeres famélicos de amarillenta y desganada apariencia). Paseando hacia Surf Avenue (el nombre ilustra suficientemente la cosa…) contemplo la bella estación que acabo de dejar, y también me paro a observar el interesante edificio del antiguo Shore Theater, una de las numerosas muestras de art decó que encontraremos en este camino, recuerdos ya muertos de la época en la que Coney Island era un destino para las clases acomodadas neoyorquinas que querían evadirse del estruendo de la ciudad. Todo se acabó, curiosidades de la vida, con la llegada del metro a esa zona, que permitió a los obreros acercarse a las playas; los ricos, nuevamente, al no poder largarse hacia el sur se mudaron a los Hamptons, y todavía no les hemos alcanzado en la numeración de calles. Todo se andará…
Pero enseguida reemerge la cutrez. En Surf Avenue está el mítico restaurante (con mil comillas) de perritos calientes Nathan’s, conocido por su anual concurso de ingestión rápida de ese fantástico bocadillo inventado por Nathan Handwerker. Actualmente, para ser sinceros, Nathan’s es simplemente un local de comida rápida que todavía vive injustamente de su aureola histórica. Sus hot dogs no están mal, y las patatas están ricas, pero la calidad del producto no mata (tiene gracia, sin embargo, ver la cara de mala leche y de me-jode-profundamente-servirle-al-imbécil-que-tengo-delante de sus camareros). Ingerido el hot dog, no sin esfuerzo y bajo un sol de injusticia, vale la pena seguir por Stillwell Avenue y echar un vistazo a restos de edificios míticos como el Surf Hotel o el Faber’s Fascination, un antiguo bingo en el que actualmente hay un salón de autos de choque. También está el bonito edificio de la destilería Herman Popper & Brothers, una fachada con ribetes griegos que –desafortunadamente- se encuentra en un estado paupérrimo, llena de chillones cartelitos para turistas. Justo ahí está el museo de Coney Island, una salita pequeña con algunos ejemplares curiosos de la historia del barrio, como antiguas figuritas y atracciones visuales (el especio está siendo renovado y todo está muy mal distribuido; sus responsables, a conciencia, solamente te cobran un dólar por la visita…).
Al girar a la derecha en West 12th St. uno entra en uno de los muchos parques de atracciones que hay en la zona de playa, el Amusement. Si a los diez años, las norias y los tenderetes de caballos de carreras (y su inevitable señor, con igual cadencia y fraseo vocal en todas las ferias de Ejpania) ya me provocaba una tristeza inenarrable, pues se pueden imaginar lo que me provoca a los veintinueve… Curiosamente, esta feria no se contenta con los elementos tradicionales, noria incluida, sino que guarda tradiciones de dudosa reputación como el espectáculo “Shot The Freak”, una singular costumbre que consiste en lanzar balas de pintura a un tipo disfrazado a lo vaya-usted-a-saber-qué con una escopeta de aire comprimido. Para que no me acusen de no contribuir a la felicidad de los feriantes, deposito 25 centavos en una de las máquinas típicas de amusements, que hace mover el maniquí de una mujer con torpeza y una cabeza de chimpancé que me sonríe con alegría; brutal. Tras las atracciones, siguiendo en Surf Avenue uno puede visitar un espacio bastante más tranquilo, el Acuario de Nueva York, en el que tampoco he deseado entrar; junto a las ferias, una de mis especialidades –en cuanto a generación de tristeza existencial se refiere- eran lugares como ésos, y no por un especial cariño a los pececillos ahí aprisionados. Cada uno tiene sus cosas…
Sigo andando por Ocean Parkway hasta la confluencia con Brighton Beach, interesante lugar para comprar comida a buen precio, especialmente si uno es fan de los manjares rusos. Desconocía que éste es uno de los enclaves eslavos más importantes de la ciudad, algo que se nota mirando la piel blanca de las personas y los extraordinarios culos de las chicas rusas; aquí tienen no solamente restaurantes rusos muy buenos, sino también cocina regional de esa enorme potencia como el Primorsky –georgiano- y el Kashkar Café, regentado por Uygurs, musulmanes de la zona de la frontera con China. Uno de los mejores lugares de esta simpática avenida es el M&I International, uno de los más completos supermercados de comida rusa de la ciudad. Me quedé embobado (qué pensarían sus trabajadores…) ante la inmensa variedad de embutidos, ahumados directamente importados de Rusia que tiene y la cantidad brutal de comida preparada que disponen en sus neveras. Llamo rápidamente a la dulce Anya, mi agente rusa en la ciudad, y –con su habitual amabilidad- me cuenta lo que debo pedir (en correcto ruso) para no parecer el típico español que se ha perdido por esa zona. Todo exquisito, aunque –a estas alturas, como comprenderán- no me acuerdo de cómo coño se llamaba.
Siguiendo por Ocean Parkway, uno se puede acercar a uno de los espacios más controvertidos del barrio, los Oceana Condominiums, unos edificios absolutamente horrendos (alla maniera Florida, para entendernos) que han dado el pistoletazo de salida para convertir Coney Island en un destino turístico de clase media tirando a baja. Tras pasar por sus callejuelas, uno puede retornar a Stillwell a través del Boardwalk de la playa. Desde ahí –especialmente los fines de semana- cualquiera puede entretenerse mirando a centenares de seres humanos tostándose al sol y nadando en unas agüitas en las que, y no hace falta ser un gran químico, deben residir más microbios que en la peor ratera de Harlem. Pero bueno… así somos los habitantes del planeta, y esas cosas tan raras hacemos (al menos hay chicas guapas en biquini y machotes que piropean a las chicas con una premura lingüística tremendamente inferior a la de nuestros bienhallados obreros de la construcción). Al regresar a Stillwell, y antes de volver al metro, uno puede resurgir de tanta cutrez en Mermaid Avenue, una zona de espléndidos restaurantes italianos (el Totonno’s, por ejemplo, tiene una pizza antológica, de las mejores de Gotham).
Una vez en el metro, rezo por haber podido salir vivo de allí. Coney Island es un pegote insoportable, fruto de un pasado que ya no brilla ni con mucha imaginación. Horrorosa fealdad… a la que sin embargo volvemos siempre. Por algo será…
Es cierto. Las verdades de mayor sequedad vital, las que duelen por su peso, se encuentran en las canciones más estúpidas. Hoy pienso en algo que podría bien ser un estribillo de algún cuplé barato de telenovela; cuando se va un amigo de esta ciudad se pierde algo de ti. Cursilería, tópico de salón… y, sin embargo, verdad, verdad seca, que golpea, que noquea por verdad verdadera... Hace un tiempo, ya ni recuerdo cuándo, llegué a casa y me encontré a un tipo bastante curioso durmiendo en mi sofá. Me sorprendió al instante y signamos nuestra amistad en pocos minutos; efectivamente, el animal en cuestión era casi tan soberbio e impertinente como yo, y encontrar a un semejante en la jungla siempre ha sido un alivio para solitarios. La amistad nace por semejanza, también por disparidad, pero existe un instante en el que uno es consciente de que aquello ha empezado, va en serio, y es difícilmente acabable. Mi amigo llegó a Nueva York, como lo hemos hecho todos, para reinventarse, para definir con temor una nueva historia con su yo de protagonista, una historia cuyo primer e inexorable capítulo implicaba el asesinato del anterior personaje. No lo tenía fácil, porque el camino recorrido era suave, fácil, con interés bancario estable. Pero Eduard eligió cambiar, confesarse ignorante… y cambió la corbata por el libro y el pupitre, que –como decía mi padre- debe provocar dolor de culo (cuánta razón, los padres…). Durante estos dos años, ver a mi amigo disfrutar leyendo libros de historia, de política y literatura… ha sido un suplemento de vida que ahora se acaba. He visto semana tras semana la necesidad de compartir lo leído, la solidaridad de escribir secretos, la complicidad de dibujar siluetas desde la barrera. Te lo agradezco, y confieso que –es cierto, es verdad verdadera, verdad noqueadota- hoy me siento un poco menos yo. Siempre que se va un amigo, a uno le entra un miedo terrible, un pavor inmenso de quedarse aquí, cuando la ciudad ya no sonríe tanto. Eduard se ha pasado muchos días, antes de irse, pateando estas calles, buscando aquellos recovecos que el tiempo no le había permitido disfrutar. No ha podido acabar con todos los rincones, como ninguno de nosotros podrá hacerlo nunca… y hoy se largaba al aeropuerto, y no tengo valor de llamarle porque me jode profundamente que te vayas, mal compadre. Ayer comíamos cerca de Columbia y Eduard me contaba en voz baja, avergonzado (como los idiotas de los hombres nos contamos las cosas para no parecer verdaderos, como las canciones, insisto) que había aprendido a leer, en parte, conmigo; es de lo mejor que me han dicho nunca, la verdad. Eduard está en el avión, y para largarse de la ciudad se ha llevado un texto bastante mediocre que escribí hace meses y que tal vez puedan ver representado pronto. Mi amigo se lleva mi texto, y también se lleva mis palabras, se lleva la llamada desesperada de la noche para tomar algo en el branch, para consultar alguna bobada que es un decir “buenas noches, estoy solo” sin musitarlo. ¿Quién coño me recordará ahora mi pedantería, mis locuras, mi soledad? Rabia por perder todas esas palabras, tantas horas que se van… rabia verdadera de saber que te largas y que haces bien, rabia por saber que aquí todos estamos de prestado, fuera de un hogar que no tenemos, pero que insistimos en conservar en un imaginario desbocado. No sé qué decirte, amic meu… solamente puedo darte las gracias por acompañarme durante tanto tiempo, y unas gracias muy específicas, que puedo dárselas a muy pocos; te doy las gracias por no juzgarme nunca. Amigo; aquél que nos conoce y –sin embargo- nos quiere. Amigo; aquél que come con nuestras sombras y –las entienda o no- se sumerge en ellas sin querer cambiarlas. Amigo; sin compasión, pero con total tolerancia de nuestros errores, amigo como el que paga el precio por ser mi amigo, como el que aprecia en mí lo que él nunca será. Amigo, que se larga y a quién –aunque nos vemos muy pronto- ya echo de menos. Amigo, que me pidió un último favor que dice todo sobre él. Vino del camino bursátil y ahora le pide a su amigo que le diga cuáles son los libros que le conforman, y que él también quiere leer. Quizás así me entiendas mejor, quién sabe…
Et trobaré molt a faltar, amic meu. Gràcies de veritat per tot el que ja saps i no cal dir. Torna aviat, torna, torna cabró… i aquí tens la llista (recorda; com la de Leoporello, és infinita…). Comença per on vulguis...
1. El Banquete (Platón), 2. Diario (Jules Renard), 3. Los cuadernos de Malte (Rainer Maria Rilke). 4. La Educación de Henry Adams (Henry Adams). 5. Leviatán (Thomas Hobbes). 6. Lecciones de Estética (G.W.F. Hegel). 7. Feuillets d’Hypnos (René Char). 8. El Quadern Gris (Josep Pla). 9. Incerta Glòria (Joan Sales). 10. Desgracia (J.M. Coetzee). 11. Retórica (Aristóteles). 12. Edipo Rey (Sófocles) 13. Maestros antiguos (Thomas Bernhard). 14. Saturday (Ian McEwan). 15. Obra poètica (Carles Riba).
A esto súmale la Biblia y Ilíada, nuestros textos fundacionales. Venga, a trabajar…
Mi amiga Carla Gil me invita al Hudson Guild Theatre para ver Big Apple Bites, una función de la compañía amateur Roots & Branches, un ejemplo muy interesante de taller dramático que muestra muy eficazmente el poder social del teatro; creada en 1991 por Arthur Strimling, sus protagonistas han interpretado unas veinte obras de trasfondo social y comunitario, centrando especial interés en el cuidado de los ancianos. El actual proyecto surge de una idea muy sugestiva; sus actores nos presentan un taller real en el que su director les obligó a entrevistar a un ser desconocido para preguntarle por qué había llegado a la Gran Manzana y cuál es su relación con la ciudad. En un primer término, la iniciativa había suscitado enormes reticencias entre ellos; efectivamente, y aunque parezca lo contrario, Nueva York es una ciudad de solitarios y, si bien los contactos entre personas (los más insustanciales, claro está) se dan a menudo, es difícil poder llegar a conversar con alguien durante más de media hora, para conocerle mejor.
Este trasfondo narrativo sirve a sus actores para reproducir un tópico que –como todos- lo es por cierto; Nueva York es una ciudad muy especial, pero no debido a sus mausoleos culturales ni a su lujo centelleante, sino precisamente debido a sus historias humanas, historias y cuentos que están ahí a la espera de ser descubiertos. El final, evidentemente, se augura feliz…
Durante la función, he sentido una nostalgia especial, que le agradezco a Carla. Hacía mucho tiempo que no veía una función de teatro amateur, y les aseguro que me tragué unas cuantas. Mi tía abuela fue una actriz aficionada durante mucho tiempo, y la pude ver varias veces en funciones de Lorca o Valle en los teatros del Poble Nou. Cuando ella lo dejó, me alejé de esas funciones teatrales domingueras, que muchos desdeñan pero que a mí me parecen magníficas; que un grupo de personas se una por unos meses para hacer teatro me parece algo excepcional, único; no es extraño que cualquier movimiento de resistencia política, por ejemplo, siempre tenga su grupo de teatro. Es cierto… los movimientos son exagerados, las voces no siempre están bien colocadas, y los textos pueden no ser de gran calidad… pero el poder que tiene el teatro para reunir almas y tocar temas que apelan a nuestra retórica común es infinito.
En ello pienso cuando veo a actrices de más de setenta años, esta tarde, con una convicción y entrega que ya querrían muchos profesionales. Además, da gusto ver en un escenario a una actriz madrileña, a otra mejicana y a un japonés interactuando con actores neoyorquinos con una soltura especial. La multiculturalidad de esta ciudad, como saben, es algo que siempre he puesto en duda; sin embargo, esta tarde todo el mundo parece unido al explicar la historia de su entrevistado, provenga de donde provenga. Es la magia del teatro; uno no sabe si es verdad, pero lo parece. O parece que es mentira, y por unos minutos va y resulta que puede ser verdad…
Hoy he tenido una cita magnífica con tres vivos… y 560.00 muertos, un número nada despreciable de almas que descansan en paz en el Cementerio de Greenwood, posiblemente el espacio más tranquilo y sosegado de la ciudad (faltaría más, dirían los últimos, si pudiesen…). Caminar por las avenidas del cementerio, inaugurado en septiembre de 1840, implica recorrer una parte esencial de la historia política, religiosa y artística de esta ciudad. Hay muchos apellidos ilustres en estas lápidas… como los Schwartz, Jay, Meserole, Lafayette o Clinton (el alcalde y gobernador DeWitt, no la recientemente fallecida Hillary…), por poner solamente unos ejemplos que no son solamente nombres de calles…
Por otro lado, los muertos de Greenwood descansan efectivamente en paz y armonía, en un paraje precioso de 478 acres tremendamente bien cuidado por el que da un enorme gusto pasear sin un recorrido previsto… aunque mejor sea el placer de salir vivo, dice la broma trillada. No obstante… la muerte es aquí prácticamente un miraje, una cuestión estética puramente contingente. No es casualidad; Greenwood tiene una estructura y un diseño típicamente victorianos, bien alejado de imágenes góticas estruendosas o figuras lloronas medievales (solamente la entrada, réplica de una catedral, da un poquito de mal augurio; pero desaparece cuando admiramos sus simpáticos loros verdes, que nos dan la bienvenida con gran entusiasmo). Por otro lado, la mayoría de apellidos que vemos no están presentes en nuestra retina, lo cual da a la muerte un tono melancólico de lo más puritano.
Para reunirnos con los muertos, Dios nos ha regalado un día espléndido, que hemos aliñado con una sencilla selección de quesos, vino y carne (mantenemos esa costumbre tan mediterránea de saltarnos la ley a la torera; recuerdos al señor Muga de la Rioja, por cierto…). Nos acompaña nuestro bienhallado Joe Disponzio, el hombre más docto de la ciudad en materia de parques y seres asilvestrados. También mi buen amigo Rob McKenney, al que fotografiamos ante la tumba de uno de sus posibles ancestros; Rob está exultante, porque se larga en pocos días a Bagdad para ayudar a las tareas de reconstrucción del ejército estadounidense en Iraq. Desde hace tiempo, sospechamos con bastante certeza de que Rob es un espía; ha vivido en todos los países sudamericanos en los que ha habido algún lío o revolución últimamente (habla perfectamente español) y su nuevo viajecito ha aumentado nuestras sospechas. Que Rob visite un cementerio antes de largarse a ese parque temático le da a este sábado un tono irónico que me parece exquisito, dicho sea de paso…
Nombres viejos, nombres olvidados… como los 148.000 soldados que murieron en la derrota de la batalla de Nueva York en la Guerra Civil contra los ingleses, cuyo precioso memorial vale la pena visitar en Battle Path. Este es el punto más alto del cementerio, que tiene unas vistas preciosas e hipnóticas de la ciudad. Demasiados olvidados, ciertamente, pero no por mucho tiempo… hasta que, andando por un caminito llamado Liberty Path, veo un par de arbolitos de flor violeta y un par de tumbas con algunas piedras encima de las lápidas que me llaman extrañamente la atención. Ahí está algún judío, evidentemente; ahí está Leonard Bernstein, acompañado de su mujer (pobrecita, si hubiese conocido sus gustos sexuales…). Uno no es muy mitómano, pero –ante la tumba de uno de los grandes músicos del siglo XX- se’t posen els collons per corbata y punto. Ahí está el West Side, The Age of Anxiety, las conferencias extraordinarias en Harvard, el Mozart sin verduritas y el Mahler resucitado para mayor gloria de nuestro goce. No es poco.
Ante la tumba de Lenny, mi yo más cursi sale del armario (ya somos dos, maestro); no puedo evitar colocarme los auriculares de este trasto horrendo que me esclaviza día a día para volver al final de la Novena de Mahler. Escuchar el final de esa música tan maravillosa, con las indicaciones de este genio de fondo, es un favor que el altísimo nos ha dado gratuitamente y que no debemos desaprovechar a riesgo de caer en el menosprecio por la belleza... Si tienen tiempo, vayan a Greenwood y pasen por allí a darle gracias, con una piedra, a ese trozo de materia ahora inanimada que –todavía hoy- nos sigue levantando el ánimo como por arte de magia. Y escuchen esa sinfonía, se lo ruego… compulsivamente si hace falta, y entenderán porque vale la pena, día a día, poner piedras sobre los muertos, recordar músicas que nos advierten de que todo se acaba… y amén.
Llevo tiempo sin escribir, al menos en estas páginas. Pero fíjense si la vida tiene ironía, que –a menor cantidad textual- más nutridas son las visitas que aglutina este espacio. En mi último post, como recordará el lector más atento, tuve la fortuna mercantil de utilizar varias veces la palabra coño a raíz de una magnífica exposición de Courbet todavía visitable en el Met que incluía su mítico Origen del Universo. Pues bien, lejos de un interés literario, muchos internautas se han acercado aquí googleando ese benigno término del que todos salimos, universo incluido.
El juego le hubiese encantado al bueno de Beckett, humorista excelso donde los haya. Llevo algunos días repasando sus obras… para matar el tiempo, porque –fíjense si estoy mal- que no solamente me cansa ya el escribir, sino que he notado que hablo demasiado, y también me canso de hablar en la radio… tan rápido, con ese acento catalán de seis de la mañana tan tosco... Beckett habla mucho, demasiado; es cierto, no para de hablar, se regocija en el lenguaje… pero en sus diálogos subyace un estoicismo militante que afecta también a la palabra; ante la angustia de los paisajes que no cambian, ante la espera… lo mejor es hablar solo, o callarse… callarse de una vez.
Leo a Beckett… autor muy poco representado, por desgracia, en esta ciudad. Hay felices excepciones. Mi querida BAM acaba de programar su maravillosa Endgame, en una producción simplemente increíble. Lamento no haberles informado antes del tema, porque –en el papel de Hamm- he podido tener la suerte de ver a un inmenso John Turturro, acompañado también por el bestial Clov de Max Casella.
Turturro vence las tentaciones histriónicas de Hamm con una mesura enorme; el papel es de los más difíciles que existen, no solamente porque uno debe recordar diálogos inconexos y dispararlos a gran velocidad. Hamm, un ciego gruñón que esclaviza al pobre Glov, está sentado durante toda la obra y no puede moverse de su silla. La voz se convierte en su principal arma teatral, y Turturro la modela con una maestría bestial. Si tenemos que sacrificar alguna película para verle en el teatro, que así sea.
Este Endgame dirigido por Andrei Belgrader trae al mejor Beckett. Es magnífico ver como esta obra sigue manteniendo su garra, intacta a través de los años. Todos somos Hamm, el tirano ridículo al que –aunque parezca mentira- alguien osa obedecer, hasta que harto de tanta verborrea… se larga.
Vaya post más malo. ¿Lo ven? Debo dejar urgentemente la escritura…
Da gusto estar brevemente ante uno de los pubis más famosos del mundo. Lo pintó el soberbio y genial Courbet en 1866, copiando una de las muchas fotografías pornográficas que corrían por París en aquellos tiempos; ahora está en el Metropolitan Museum, en una exposición magnífica que deben correr a ver, aprovechando eso del Euro y el Dólar, que no entiendo ni ganas. El retrato del coño (a estas alturas no nos andaremos con eufemismos) sigue sorprendiendo y violentando por igual a sus espectadores.
Me interesó ver, especialmente, cuál sería la reacción del público estadounidense más puritano ante la pintura; noto caras de estupor, alguna que otra risa, e incluso algún rostro embargado por la vergüenza. Reacciones que muestran la perennidad provocativa de la obra de un ser personalmente deleznable, bastante chulo y desalmado, pero revolucionario indiscutible de la pintura romántica (los autorretratos de la primera sección son simplemente espectaculares). Es curioso que tanta gente se detenga ante este ilustre coño, más aún cuando algunos de sus desnudos lésbicos, como Les Demoioselles des bords de la Seine, son todavía más sexualizados. Cosas de la historia…
Realmente, El Origen del Universo atrae no solamente por la imagen del coño en su protagonismo radical e insalvable, sino también por su propia y rocambolesca historia de producción. Courbet lo pintó para un tal Kalil-Bey, embajador turco en París durante la década de los 60. De hecho, Kalil-Bey había intentado comprar otro greatest hit erótico del pintor, Venus et Psyche, cuyo tono lésbico es absolutamente descarado. Pero Courbet lo había vendido a un mejor postor; le pintó por deferencia otro cuadro subido de tono (Le Sommeil) y le regaló el Origen, como simple capricho. Tiene gracia; uno de los iconos pictóricos indiscutibles del XIX pasó un cierto tiempo en el lavabo del cónsul turco en París, tapado con una cortinita. Sería porque el coño en cuestión era mucho más decoroso que aquello que pasaba en el aseo del cónsul; vayan a saber…
Tras ser el espejo de los deseos masturbatorios del otomano, el cuadro viajó a Budapest en 1913. Y lo hizo para recalar en otro aseo ilustre; el del Barón Ferenc Hatvany. Tras sucesivas restauraciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el ilustre coño llegó a las manos del filósofo Jacques Lacan, que lo sacó de su existencia maldita de lavabo (lo cual, con Lacan, es decir mucho) y lo guardó en su estudio en compañía de un lienzo de su yerno André Masson, que podemos ver también en el Met.
Aunque objeto de lavabo en su existencia parcial, Courbet sentía especial afecto por su coño, del que habó con su habitual humildad; “Es muy bonito. Veronese, Tiziano, Rafael… y yo mismo. Nadie ha hecho una cosa tan bonita”. Modesto, el chaval, como ven… Es la grandeza de la historia y sus caprichos; de hecho, puestos a ser historicistas, los responsables del Met harían bien en colocar la pintura del coño en uno de sus aseos, con su respectivo guarda de seguridad, y así poder recuperar parcialmente uno de sus lugares de destino predilectos. Defecar delante del coño en cuestión sería un homenaje del cual el mismo Courbet se sentiría orgulloso…
Paseo encantador por Clinton Hill, un barrio que sabe a paz y adolescencia, que sirve también para recordar a uno de los hombres más importantes de la historia de Brooklyn, Charles Pratt; gran magnate del petróleo, dueño de Astral Oil, mecenas artístico como la copa de un pino. Pratt se mudó al barrio en 1875, cuando la zona de Clinton Hill estaba prácticamente desierta y solamente la llenaban fábricas humeantes. En 1887 fundó el Pratt Institute, una escuela de arte que todavía opera, y muy eficientemente, en la avenida DeKalb, cerca de Lafayette.
Allí desciendo, en la parada Classon Ave. de la línea G (tras una odisea de viaje; el metro exige restauración y la ciudad va coja cuando éste descansa). Parece que estoy en un barrio más de Brooklyn, con supermercados chillones y viviendas de bajo perfil arquitectónico, hasta que llego a la sede del 88th Precinct , situada en un precioso edificio de terroso y rojizo de 1890; luego me acerco a Willoughby Ave., donde puedo ver una simpática iglesia cutre revival románico (St. Mary’s Episcopal) y una serie magnífica de casas estilo Tudor que nuestro amigo Pratt construyó para los antiguos alumnos de su escuela.
Allí veo a sus tataranietos, entrando en el campus por Gate Ave. La verdad es que es un placer andar tranquilamente por esta escuela, que ha salvaguardado algunas de sus antiguas fábricas, convirtiéndolas en modernos espacios para estudiar. En el East Building todavía podemos visitar una sala preciosa que conserva uno de los primeros generadores eléctricos del país, coronado por una chimenea maravillosa de aquellas (sé que soy un pesado, pero debo recordarlo) que algunos indeseables de nuestras ciudades se cargaron sin piedad hace años. Muy progres ellos…
Cruzando el campus, uno puede echar un vistazo a la estupenda selección de esculturas de antiguos alumnos y artistas más que competentes que el instituto tiene a bien en disponer en el parque. También están por ahí una de mis especies favoritas, los chavales que estudian arte, a los que puedo ver en el prado, asilvestradamente, mientras se cagan en voz alta en Damien Hirst, por conservador y exhibicionista, cuando al mismo tiempo eyaculan de gusto pensando llegar a formar parte del mundo del marketing artístico…
Tras abandonar el recinto por Hall Street y engullir un cheesburger de correcta factura en el diner Mike’s Coffee Shop (238 de DeKalb Ave; perfecto para comer mucho y barato) sigue la ruta por Saint James para ver una de las joyas del señor Pratt, la Emmanuel Baptist Church (era Baptista más que devoto), una estructura de imitación románica que –en ese entorno- cobra un aire fantasmagórico bastante morboso.
Luego de rezar, el paseo se vuelve maravilloso; merodeen por Greene Ave., Waverly Ave., o –por encima de todo- por Willoughby y desciendan hacia el sur por Clinton; ahí están algunas de las mansiones más bonitas que he visto en esta ciudad, incluida la del propio amigo Pratt (número 232) y las que les hizo construir a sus retoños al casarse (número 229 i 278).
Volveré a menudo a pasear por estas mansiones tan suntuosas que miro con una envidia tremendamente pacificadora. Ya me pasaron los años de maldecir los ricos porque sí. Ahora soy lo suficientemente estoico como para ni repetirme eso de “en el fondo, estas casas son demasiado grandes, un hogar pequeño da más intimidad”, y estupideces por el estilo.
En fin, si pueden vayan a caminar por Clinton Hill; vean sus mansiones, miren a esas bellísimas historiadoras del arte en potencia antes de que las compre un galerista y se las pimple, y viajen a la era de los filántropos cultos, a la sombra de las chimeneas en flor…
PS: Sé que llevo días escribiendo poco. En primer lugar, y no es falsa modestia, porque cada día me parece más horroroso lo que cuento. En segundo, porque les estoy preparando un librito sobre la ciudad que un amigo editor ha tenido la suficiente locura como para encargarme. Espero tenerlo rápido, pero últimamente lo hago todo muy despacio.
Boswijck fue uno de los primeros sectores de Brooklyn que los holandeses colonizaron a mediados del siglo XVII. Des del principio, el barrio quedó atado por mucho tiempo a la cerveza, de cuya fabricación vivió durante décadas, cuando era el centro de la inmigración alemana de Nueva York. Bushwick es una zona llena de fábricas semiabandonadas y de persistente tristeza; todavía se recuerda aquí un espectacular apagón en 1977 que duró 26 horas y durante el cual algunos bestias aprovecharon para saquear y destruir más de 35 bloques de casas. Tras el blackout, un 40% de los negocios de Bushwick cerraron; la población cayó en un 20% al final de la década de los setenta, convirtiéndose en uno de los bazares privilegiados de droga de toda la ciudad. Hoy todavía es uno de los barrios más pobres de ésta… estéticamente gris, pero igualmente curioso.
Llegando a DeKalb Ave. con la línea L, puedo ver –a lo lejos- magníficas vistas del Empire State, y siento como si realmente estuviese en otra ciudad, viendo una postal. Camino tranquilamente hasta el Maria Hernandez Park, un bonito parque llamado así en homenaje a María Hernandez (1953-1989), una activista y educadora que luchó contra el tráfico de droga, educando a los chavales antes que se convirtieran en adictos y ahuyentando a los numerosos traficantes del barrio que les vendían crack… hasta que unos matones acabaron de golpe con su trabajo… con cinco disparos el 8 de agosto de 1989. Paseo por el parque, mientras unos chavales –en horario escolar- juegan al frontón en una de las paredes de las canchas de baloncesto. Hay jóvenes perdiendo el tiempo que, de vez en cuando, entran en el lavabo del parque durante unos breves segundos. Si Maria Hernandez levantase la cabeza, la pobre, vería como sus esfuerzos todavía son necesarios…
Salgo del parque por Knickerbocker Ave., donde hay una serie simpática de restaurantes hispanos (el Alex Aguinaga, ecuatoriano, tiene buena pinta) y algunas tiendas muy divertidas que venden música latina y videojuegos. Hay una joyería llamada Canol’s en la que venden unas réplicas doradas de la Virgen María (a sus pies) que le parecerían horteras hasta al bueno de MA Barracus (también a sus pies, maestro; le recuerdo en Rocky III, inolvidable). Si llegamos hasta Johnson Ave., podemos pasear por lo que fue la antigua Bushwick Terminal, en la que se tomó el Long Island Railroad hasta mediados de los años veinte. Ahí vemos una preciosa torre de piedra de 1858 bastante mal conservada que debía pertenecer a una fábrica de licor de la que ya no queda rastro (solamente puedo ver una fábrica de cimiento). En Bushwick Pl. hay más suerte; podemos contemplar un precioso edificio de granito rojo que perteneció –entre otros- a la familia Hittleman, una de las sagas licoreras más importantes de la ciudad.
Luego sigo por Bushwick Avenue hasta Arion Pl., donde hay otra preciosa brewery todavía más rojiza que la otra, la Ulmer, que abrió en 1812 (adjunto fotografía). No veo que exista mucho interés por estos edificios (algunos tienen pintadas y sus entradas están bastante descuidadas, aun ser edificaciones muy bellas); como he escrito en muchos de nuestros paseos, las fábricas representan también una parte importante del arte arquitectónico del XIX en esta ciudad, y es una verdadera lástima que al ayuntamiento no las reconvierta –vuelvo a insistir- en espacios para la comunidad que puedan ser útiles para el barrio en cuestión. Otro edificio precioso, por cierto, está en la misma calle Arion, llamada así por el empresario Arion Männerchor, que se construyó una casa con decoraciones corintias muy graciosas (Arion, en la antigua Grecia, tocaba compulsivamente la lira). Ahora la casita, también semiabandonada, parece estar llena de artistas, a juzgar por algunos lienzos que cuelgan por los balcones…
Siguiendo por Bushwick, podemos ver algunas de las mansiones germanas del XIX, todavía en pie. Una de ellas perteneció al citado Ulmer (está al lado de un KFC; a sus pies, querido coronel), pero también perteneció a un tal Frederick Cook, un tipo que decía haber llegado al Polo Norte en abril de 1908, un año antes que el teórico descubridor del lugar, Robert Peary. Nadie llegó a saber si la historia era cierta, y –por el estado de la mansión- a nadie parece importarle…
Más allá de ésta hay algunas casas bonitas, como una curiosa mansión decorada con motivos egipcios en la que hay una tienda de réplicas faraónicas (¿quién coño compra estatuillas egipcias en un barrio así?) llamada All eyes on Egypt. Reconozco que me hubiese encantado entrar a charlar con el propietario… pero un tío que vende estatuillas en este lugar me produce la misma sensación de hospitalidad que Freddy Kruger en sus buenos tiempos. En fin, sigo por la calle hasta llegar a Central Ave.; ahí está la iglesia de Santa Barbara, una preciosa iglesia barroca al estilo alemán que construyó el comerciante de licor, como no, Leonard Eppig, que tenía una hija llamada Barbara. Siguiendo una nefasta costumbre de las casas del señor… ¡está cerrada! ¡Qué manía con cerrar, las iglesias –pienso- porque luego se quejan de que no entramos nunca! En fin, pasaré el sábado; a las 7.30pm hay misa en español y hace demasiado tiempo que no rezo…
Arquitecturas tremendamente diferentes… ¡vaya Barrio más extraño, pienso, mientras vuelvo a casa…! Licorerías abandonadas, parques desiertos, hispanos cantando rancheras y iglesias barrocas alemanas… Realmente, por si había alguna duda, estoy en Nueva York…
Llegada a Newark, sintiendo el olor particular de los aeropuertos estadounidenses. Otros detergentes, otros mundos… podría escribir, copiando toscamente el título de la novela de Capote. Todavía con la piel acostumbrada al mediterráneo, salto del avión para evitar colas en la aduana. Pero es mediodía… y los agentes están comiendo; solamente tres simpáticos uniformados en una cola de doscientas personas. El señor Steve Jobs me salva del tedio, y vuelvo a entablar una simpática conversación operística con mi aduanero. Se lo cuento, no se asusten; en mi visado de prensa consta que el medio para el que trabajo aquí en estados Unidos es la fantástica revista Opera Actual, donde tengo el honor de escribir críticas de la Metropolitan House. Cuando el aduanero de turno lo detecta, y para cerciorarse de que no soy un islamista radical de piel blanquecina disfrazado de crítico operístico, siempre me dispara –por si las moscas- alguna pregunta tipo “¿Cuál es su ópera favorita?” o –como fue el caso ayer- “¿Cuál es el mejor teatro de ópera del mundo?” La gente odia las aduanas, comprensiblemente, pero a mí me entusiasma este pequeño momento de intimidad operística con los jóvenes miembros de la NYPD, a los que he explicado alguna de mis tesis sobre la ópera mozartiana, lo cual me lleva inexorablemente a entrar en el país tarareando alguna que otra melodía. Quizás, tras mis clases particulares en la aduana, algunos de estos chavales lleven a sus dates al Met, y puede ser que –en el plano ideal- me deban grandes noches de sexo…
Taxi a Harlem y –hablando de Mozart- el siempre amable Justin Holden, PR del Carnegie Hall, me manda un correo electrónico urgente. Hay concierto de la Met Chamber Ensemble dirigida por Levine a las cinco, y tengo un par de entradas. A nadie le amarga un dulce; taxi para llegar justito al Zankel Hall, sin tiempo para respirar ni leer las notas del programa. Pero cuando entran trece instrumentos de viento en una sala de camera (a saber, un octeto con voces dobladas) las quinielas tienden a ser más seguras, y la cosa apunta a caviar. El acorde inicial de Mi Bemol mayor me dispara directamente al planeta Venus; efectivamente, de nuevo, mi querido acompañante Wolfgang. A él también le traía buenos recuerdos este acorde; “Cuando los músicos terminaban en un lugar, les pagaban y les conducían a otro. Luego, han conseguido que se les abrieran las puertas de la calle, se han plantado en medio del patio, y en el momento que me iba a acostar, me han sorprendido agradablemente con el primer acorde de mi bemol”, dice a su padre (y profesor) Leopold en una carta de octubre de 1871. El jet lag empieza a hacer efecto, y no puedo evitar pensar en Mozart –adormecido- escuchando esta maravilla de pieza, estratosférica, en su lecho. He debido escuchar mil quinientas veces este Adagio (lo recordaran de la película Amadeus, cuando Salieri escucha –por primera vez- las partituras de Mozart y cree escuchar la voz de Dios) pero su melodía de oboe me sigue poniendo los pelos de punta (¡fantástico, por cierto, el titular del Met Nathan Hughes!).
Ojala estuviese aquí mi amigo aduanero, tan simpático y interesado por la ópera y la obra de Mozart. Le contaría los secretos del Menuetto, la maravillosa introducción de la Romanza y así estaría encantado de hablar de Mozart con todos los turistas que entrasen en Nueva York. De esta manera, en lugar de hablarles de cuatro tópicos sin interés, les podría cantar la serenata, ideal para espíritus adormecidos como lo estoy yo ahora, y todos los turistas entrarían cantando a recoger sus maletas, acompañados de la gratitud bondadosa de esta música. Nos quedaríamos todos en el aeropuerto, contentos de estar –tan lejos de Salzburgo- en la patria de la Nachtmusik. Y todos dormiríamos mejor…