Bernat de Deu

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Vivir en NY… entre coños ilustres

Courbet_2Da gusto estar brevemente ante uno de los pubis más famosos del mundo. Lo pintó el soberbio y genial Courbet en 1866, copiando una de las muchas fotografías pornográficas que corrían por París en aquellos tiempos; ahora está en el Metropolitan Museum, en una exposición magnífica que deben correr a ver, aprovechando eso del Euro y el Dólar, que no entiendo ni ganas. El retrato del coño (a estas alturas no nos andaremos con eufemismos) sigue sorprendiendo y violentando por igual a sus espectadores.

Me interesó ver, especialmente, cuál sería la reacción del público estadounidense más puritano ante la pintura; noto caras de estupor, alguna que otra risa, e incluso algún rostro embargado por la vergüenza. Reacciones que muestran la perennidad provocativa de la obra de un ser personalmente deleznable, bastante chulo y desalmado, pero revolucionario indiscutible de la pintura romántica (los autorretratos de la primera sección son simplemente espectaculares). Es curioso que tanta gente se detenga ante este ilustre coño, más aún cuando algunos de sus desnudos lésbicos, como Les Demoioselles des bords de la Seine, son todavía más sexualizados. Cosas de la historia…

Realmente, El Origen del Universo atrae no solamente por la imagen del coño en su protagonismo radical e insalvable, sino también por su propia y rocambolesca historia de producción. Courbet lo pintó para un tal Kalil-Bey, embajador turco en París durante la década de los 60. De hecho, Kalil-Bey había intentado comprar otro greatest hit erótico del pintor, Venus et Psyche, cuyo tono lésbico es absolutamente descarado. Pero Courbet lo había vendido a un mejor postor; le pintó por deferencia otro cuadro subido de tono (Le Sommeil) y le regaló el Origen, como simple capricho. Tiene gracia; uno de los iconos pictóricos indiscutibles del XIX pasó un cierto tiempo en el lavabo del cónsul turco en París, tapado con una cortinita. Sería porque el coño en cuestión era mucho más decoroso que aquello que pasaba en el aseo del cónsul; vayan a saber…

Tras ser el espejo de los deseos masturbatorios del otomano, el cuadro viajó a Budapest en 1913. Y lo hizo para recalar en otro aseo ilustre; el del Barón Ferenc Hatvany. Tras sucesivas restauraciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el ilustre coño llegó a las manos del filósofo Jacques Lacan, que lo sacó de su existencia maldita de lavabo (lo cual, con Lacan, es decir mucho) y lo guardó en su estudio en compañía de un lienzo de su yerno André Masson, que podemos ver también en el Met.

Aunque objeto de lavabo en su existencia parcial, Courbet sentía especial afecto por su coño, del que habó con su habitual humildad; “Es muy bonito. Veronese, Tiziano, Rafael… y yo mismo. Nadie ha hecho una cosa tan bonita”. Modesto, el chaval, como ven… Es la grandeza de la historia y sus caprichos; de hecho, puestos a ser historicistas, los responsables del Met harían bien en colocar la pintura del coño en uno de sus aseos, con su respectivo guarda de seguridad, y así poder recuperar parcialmente uno de sus lugares de destino predilectos. Defecar delante del coño en cuestión sería un homenaje del cual el mismo Courbet se sentiría orgulloso…

Vivir en NY… entre las joyas de Charles Pratt

Pratt_institutePaseo encantador por Clinton Hill, un barrio que sabe a paz y adolescencia, que sirve también para recordar a uno de los hombres más importantes de la historia de Brooklyn, Charles Pratt; gran magnate del petróleo, dueño de Astral Oil, mecenas artístico como la copa de un pino. Pratt se mudó al barrio en 1875, cuando la zona de Clinton Hill estaba prácticamente desierta y solamente la llenaban fábricas humeantes. En 1887 fundó el Pratt Institute, una escuela de arte que todavía opera, y muy eficientemente, en la avenida DeKalb, cerca de Lafayette.

Allí desciendo, en la parada Classon Ave. de la línea G (tras una odisea de viaje; el metro exige restauración y la ciudad va coja cuando éste descansa). Parece que estoy en un barrio más de Brooklyn, con supermercados chillones y viviendas de bajo perfil arquitectónico, hasta que llego a la sede del 88th Precinct , situada en un precioso edificio de terroso y rojizo de 1890; luego me acerco a Willoughby Ave., donde puedo ver una simpática iglesia cutre revival románico (St. Mary’s Episcopal) y una serie magnífica de casas estilo Tudor que nuestro amigo Pratt construyó para los antiguos alumnos de su escuela.

Allí veo a sus tataranietos, entrando en el campus por Gate Ave. La verdad es que es un placer andar tranquilamente por esta escuela, que ha salvaguardado algunas de sus antiguas fábricas, convirtiéndolas en modernos espacios para estudiar. En el East Building todavía podemos visitar una sala preciosa que conserva uno de los primeros generadores eléctricos del país, coronado por una chimenea maravillosa de aquellas (sé que soy un pesado, pero debo recordarlo) que algunos indeseables de nuestras ciudades se cargaron sin piedad hace años. Muy progres ellos…

Cruzando el campus, uno puede echar un vistazo a la estupenda selección de esculturas de antiguos alumnos y artistas más que competentes que el instituto tiene a bien en disponer en el parque. También están por ahí una de mis especies favoritas, los chavales que estudian arte, a los que puedo ver en el prado, asilvestradamente, mientras se cagan en voz alta en Damien Hirst, por conservador y exhibicionista, cuando al mismo tiempo eyaculan de gusto pensando llegar a formar parte del mundo del marketing artístico…

Tras abandonar el recinto por Hall Street y engullir un cheesburger de correcta factura en el diner Mike’s Coffee Shop (238 de DeKalb Ave; perfecto para comer mucho y barato) sigue la ruta por Saint James para ver una de las joyas del señor Pratt, la Emmanuel Baptist Church (era Baptista más que devoto), una estructura de imitación románica que –en ese entorno- cobra un aire fantasmagórico bastante morboso.

Luego de rezar, el paseo se vuelve maravilloso; merodeen por Greene Ave., Waverly Ave., o –por encima de todo- por Willoughby y desciendan hacia el sur por Clinton; ahí están algunas de las mansiones más bonitas que he visto en esta ciudad, incluida la del propio amigo Pratt (número 232) y las que les hizo construir a sus retoños al casarse (número 229 i 278).

Volveré a menudo a pasear por estas mansiones tan suntuosas que miro con una envidia tremendamente pacificadora. Ya me pasaron los años de maldecir los ricos porque sí. Ahora soy lo suficientemente estoico como para ni repetirme eso de “en el fondo, estas casas son demasiado grandes, un hogar pequeño da más intimidad”, y estupideces por el estilo.

En fin, si pueden vayan a caminar por Clinton Hill; vean sus mansiones, miren a esas bellísimas historiadoras del arte en potencia antes de que las compre un galerista y se las pimple, y viajen a la era de los filántropos cultos, a la sombra de las chimeneas en flor…

PS: Sé que llevo días escribiendo poco. En primer lugar, y no es falsa modestia, porque cada día me parece más horroroso lo que cuento. En segundo, porque les estoy preparando un librito sobre la ciudad que un amigo editor ha tenido la suficiente locura como para encargarme. Espero tenerlo rápido, pero últimamente lo hago todo muy despacio.

Vivir en NY… entre las fábricas de licor abandonadas de Bushwick

BeweryBoswijck fue uno de los primeros sectores de Brooklyn que los holandeses colonizaron a mediados del siglo XVII. Des del principio, el barrio quedó atado por mucho tiempo a la cerveza, de cuya fabricación vivió durante décadas, cuando era el centro de la inmigración alemana de Nueva York. Bushwick es una zona llena de fábricas semiabandonadas y de persistente tristeza; todavía se recuerda aquí un espectacular apagón en 1977 que duró 26 horas y durante el cual algunos bestias aprovecharon para saquear y destruir más de 35 bloques de casas. Tras el blackout, un 40% de los negocios de Bushwick cerraron; la población cayó en un 20% al final de la década de los setenta, convirtiéndose en uno de los bazares privilegiados de droga de toda la ciudad. Hoy todavía es uno de los barrios más pobres de ésta… estéticamente gris, pero igualmente curioso.

Llegando a DeKalb Ave. con la línea L, puedo ver –a lo lejos- magníficas vistas del Empire State, y siento como si realmente estuviese en otra ciudad, viendo una postal. Camino tranquilamente hasta el Maria Hernandez Park, un bonito parque llamado así en homenaje a María Hernandez (1953-1989), una activista y educadora que luchó contra el tráfico de droga, educando a los chavales antes que se convirtieran en adictos y ahuyentando a los numerosos traficantes del barrio que les vendían crack… hasta que unos matones acabaron de golpe con su trabajo… con cinco disparos el 8 de agosto de 1989. Paseo por el parque, mientras unos chavales –en horario escolar- juegan al frontón en una de las paredes de las canchas de baloncesto. Hay jóvenes perdiendo el tiempo que, de vez en cuando, entran en el lavabo del parque durante unos breves segundos. Si Maria Hernandez levantase la cabeza, la pobre, vería como sus esfuerzos todavía son necesarios…

Salgo del parque por Knickerbocker Ave., donde hay una serie simpática de restaurantes hispanos (el Alex Aguinaga, ecuatoriano, tiene buena pinta) y algunas tiendas muy divertidas que venden música latina y videojuegos. Hay una joyería llamada Canol’s en la que venden unas réplicas doradas de la Virgen María (a sus pies) que le parecerían horteras hasta al bueno de MA Barracus (también a sus pies, maestro; le recuerdo en Rocky III, inolvidable). Si llegamos hasta Johnson Ave., podemos pasear por lo que fue la antigua Bushwick Terminal, en la que se tomó el Long Island Railroad hasta mediados de los años veinte. Ahí vemos una preciosa torre de piedra de 1858 bastante mal conservada que debía pertenecer a una fábrica de licor de la que ya no queda rastro (solamente puedo ver una fábrica de cimiento). En Bushwick Pl. hay más suerte; podemos contemplar un precioso edificio de granito rojo que perteneció –entre otros- a la familia Hittleman, una de las sagas licoreras más importantes de la ciudad.

Luego sigo por Bushwick Avenue hasta Arion Pl., donde hay otra preciosa brewery todavía más rojiza que la otra, la Ulmer, que abrió en 1812 (adjunto fotografía). No veo que exista mucho interés por estos edificios (algunos tienen pintadas y sus entradas están bastante descuidadas, aun ser edificaciones muy bellas); como he escrito en muchos de nuestros paseos, las fábricas representan también una parte importante del arte arquitectónico del XIX en esta ciudad, y es una verdadera lástima que al ayuntamiento no las reconvierta –vuelvo a insistir- en espacios para la comunidad que puedan ser útiles para el barrio en cuestión. Otro edificio precioso, por cierto, está en la misma calle Arion, llamada así por el empresario Arion Männerchor, que se construyó una casa con decoraciones corintias muy graciosas (Arion, en la antigua Grecia, tocaba compulsivamente la lira). Ahora la casita, también semiabandonada, parece estar llena de artistas, a juzgar por algunos lienzos que cuelgan por los balcones…

Siguiendo por Bushwick, podemos ver algunas de las mansiones germanas del XIX, todavía en pie. Una de ellas perteneció al citado Ulmer (está al lado de un KFC; a sus pies, querido coronel), pero también perteneció a un tal Frederick Cook, un tipo que decía haber llegado al Polo Norte en abril de 1908, un año antes que el teórico descubridor del lugar, Robert Peary. Nadie llegó a saber si la historia era cierta, y –por el estado de la mansión- a nadie parece importarle…

Más allá de ésta hay algunas casas bonitas, como una curiosa mansión decorada con motivos egipcios en la que hay una tienda de réplicas faraónicas (¿quién coño compra estatuillas egipcias en un barrio así?) llamada All eyes on Egypt. Reconozco que me hubiese encantado entrar a charlar con el propietario… pero un tío que vende estatuillas en este lugar me produce la misma sensación de hospitalidad que Freddy Kruger en sus buenos tiempos. En fin, sigo por la calle hasta llegar a Central Ave.; ahí está la iglesia de Santa Barbara, una preciosa iglesia barroca al estilo alemán que construyó el comerciante de licor, como no, Leonard Eppig, que tenía una hija llamada Barbara. Siguiendo una nefasta costumbre de las casas del señor… ¡está cerrada! ¡Qué manía con cerrar, las iglesias –pienso- porque luego se quejan de que no entramos nunca! En fin, pasaré el sábado;  a las 7.30pm hay misa en español y hace demasiado tiempo que no rezo…

Arquitecturas tremendamente diferentes… ¡vaya Barrio más extraño, pienso, mientras vuelvo a casa…! Licorerías abandonadas, parques desiertos, hispanos cantando rancheras y iglesias barrocas alemanas… Realmente, por si había alguna duda, estoy en Nueva York…

Vivir en NY… entre los sueños de la Nachtmusic

Llegada a Newark, sintiendo el olor particular de los aeropuertos estadounidenses. Otros detergentes, otros mundos… podría escribir, copiando toscamente el título de la novela de Capote. Todavía con la piel acostumbrada al mediterráneo, salto del avión para evitar colas en la aduana. Pero es mediodía… y los agentes están comiendo; solamente tres simpáticos uniformados en una cola de doscientas personas. El señor Steve Jobs me salva del tedio, y vuelvo a entablar una simpática conversación operística con mi aduanero. Se lo cuento, no se asusten; en mi visado de prensa consta que el medio para el que trabajo aquí en estados Unidos es la fantástica revista Opera Actual, donde tengo el honor de escribir críticas de la Metropolitan House. Cuando el aduanero de turno lo detecta, y para cerciorarse de que no soy un islamista radical de piel blanquecina disfrazado de crítico operístico, siempre me dispara –por si las moscas- alguna pregunta tipo “¿Cuál es su ópera favorita?” o –como fue el caso ayer- “¿Cuál es el mejor teatro de ópera del mundo?” La gente odia las aduanas, comprensiblemente, pero a mí me entusiasma este pequeño momento de intimidad operística con los jóvenes miembros de la NYPD, a los que he explicado alguna de mis tesis sobre la ópera mozartiana, lo cual me lleva inexorablemente a entrar en el país tarareando alguna que otra melodía. Quizás, tras mis clases particulares en la aduana, algunos de estos chavales lleven a sus dates al Met, y puede ser que –en el plano ideal- me deban grandes noches de sexo…

Taxi a Harlem y –hablando de Mozart- el siempre amable Justin Holden, PR del Carnegie Hall, me manda un correo electrónico urgente. Hay concierto de la Met Chamber Ensemble dirigida por Levine a las cinco, y tengo un par de entradas. A nadie le amarga un dulce; taxi para llegar justito al Zankel Hall, sin tiempo para respirar ni leer las notas del programa. Pero cuando entran trece instrumentos de viento en una sala de camera (a saber, un octeto con voces dobladas) las quinielas tienden a ser más seguras, y la cosa apunta a caviar. El acorde inicial de Mi Bemol mayor me dispara directamente al planeta Venus; efectivamente, de nuevo, mi querido acompañante Wolfgang. A él también le traía buenos recuerdos este acorde; “Cuando los músicos terminaban en un lugar, les pagaban y les conducían a otro. Luego, han conseguido que se les abrieran las puertas de la calle, se han plantado en medio del patio, y en el momento que me iba a acostar, me han sorprendido agradablemente con el primer acorde de mi bemol”, dice a su padre (y profesor) Leopold en una carta de octubre de 1871. El jet lag empieza a hacer efecto, y no puedo evitar pensar en Mozart –adormecido- escuchando esta maravilla de pieza, estratosférica, en su lecho. He debido escuchar mil quinientas veces este Adagio (lo recordaran de la película Amadeus, cuando Salieri escucha –por primera vez- las partituras de Mozart y cree escuchar la voz de Dios) pero su melodía de oboe me sigue poniendo los pelos de punta (¡fantástico, por cierto, el titular del Met Nathan Hughes!).

Ojala estuviese aquí mi amigo aduanero, tan simpático y interesado por la ópera y la obra de Mozart. Le contaría los secretos del Menuetto, la maravillosa introducción de la Romanza y así estaría encantado de hablar de Mozart con todos los turistas que entrasen en Nueva York. De esta manera, en lugar de hablarles de cuatro tópicos sin interés, les podría cantar la serenata, ideal para espíritus adormecidos como lo estoy yo ahora, y todos los turistas entrarían cantando a recoger sus maletas, acompañados de la gratitud bondadosa de esta música. Nos quedaríamos todos en el aeropuerto, contentos de estar –tan lejos de Salzburgo- en la patria de la Nachtmusik. Y todos dormiríamos mejor…

Vivir en NY… entre prostitutas de alto coste

SpitzerMe he cruzado un par de veces con Eliot Spitzer mientras éste practicaba el arte del jogging con su perrito por Madison Avenue. En presencia, Sptizer asusta e impone; es de esas personas encantadas de haberse conocido, con un ego a prueba de balas capaz de defender incluso una posición objetivamente fraudulenta. Pero, en cuestión de horas, el Sheriff de Wall Street, luchador incansable contra los abusos del poder corporativo como Fiscal, ha pasado a devenir el Cliente Número 9. Así le denominó una prostituta de la agencia Emperor’s Club que le succionó –entre otras cosas- su futuro político. Spitzer había tomado la peligrosa bandera de la rectitud moral, estigmatizando la prostitución y la droga y ganándose así, aún ser Demócrata, el respeto del conservadurismo neoyorquino. También se había acercado a la izquierda, y no a la de boquilla sino a la más difícil, la de la praxis; intentó dar carnés de conducir a los inmigrantes ilegales para facilitarles la vía de la plena legalización. Fracasó, pero sus fans tomaron nota.

Todo el mundo daba por hecho que, algún día, hablaríamos de Spitzer como candidato a la presidencia del país. Un niño listo de Harvard, con convicciones a prueba de bala y una chulería que los ciudadanos criticamos a menudo pero que –en el fondo, como muestra el caso Sarko- nos pone la mar de cachondos. Y… al final, todo en vano por una puta, o –según parece- por más de una, y de las caras (al menos pagó con su dinero, no como otros). Lo resumía perfectamente David Letterman con su habitual mala leche. Este país no encuentra a Bin Laden pero –consuelo para necios- puede llegar a pincharle el teléfono al gobernador de Nueva York cuando contrata una prostituta. Curiosa ética la del estadounidense; tolera la conversión, admitiendo que un putero como Bush acabe abrazando la bandera de la moralidad angélica, pero lo que no dejan pasar sus ciudadanos –ellos, tan habituados a erigir dioses- es que uno de sus olímpicos, que se vende como tal, acabe haciendo algo tan común como pagar para follar un ratito en un hotel.

Ciertamente, hoy mis conciudadanos lamentaban no que su gobernador le diese al puteo, sino que una carrera política tan prometedora acabe sumida en tanta cutrez. El terreno de la moral es tremendamente fértil para ganarse la confianza de los electores; pero –cuando se pierde- te expone al ridículo de una manera brutal. Hoy siento, quizás más que nunca, una cierta solidaridad cultural para con el mentiroso. No soy estadounidense, porque he heredado la ética española del pícaro y la del mediterránea costumbre del si non è vero. A mí que me mientan, como buen mentiroso, no me importa tanto como que la mentira se embellezca literariamente como si fuese verdad. Qué le vamos a hacer, me gusta más Don Juan que la literatura victoriana de los abuelitos angélicos… que va y resulta que son unos puteros consumados.

Es la gran lección de la vida; Spitzer era un millonario con gran futuro político y hoy le toca dormir en el sofá de su estupendo piso de la Quinta Avenida y afrontar un futuro político muerto. No deja de ser curioso que su mujer, ante los cuernos públicos, haya sido quizás la única defensora de la continuidad política de su marido. Quizás a la pobre Silda Wall Spitzer le estén entrando ganas de emular a otra cornuda a la que tampoco le están yendo tan mal las cosas. Aguantar –a largo término- puede salir a cuenta…

Profundo pesar. Ahora... !A VOTAR!

Guernika

Vivir en NY… entre los barcos de Bay Ridge

Bay_ridgePaseo hasta Bay Ridge, al final de la línea R hacia el sur de Brooklyn; a saber, donde Cristo perdió el zapato, lugar también conocido –en mis tiempos- como el quinto coño. Interesante barrio, que fue el primer espacio de inmigración italiana y eslava. Antes de que llegaran las vías del tren, el distrito estaba lleno de mansiones de neoyorquinos ricos que querían vivir alejados de su fuente monetaria en un entorno tranquilo. Es bonito empezar un recorrido pausado, holgazanamente, por Shore Road, en su largo Pier, desde donde se ve el culito de Manhattan y uno tiene vistas privilegiadas de Staten Island, la estatua de la libertad y el puente Verrazano-Narrows. Ahí veo un memorial de los brooklynitas a los bomberos que murieron en el 11-S; ciertamente, desde ese puerto la visión de las Torres Gemelas debía ser impresionante. A diferencia de otros compañeros de profesión, ávidos de noticia, me he alegrado siempre de no haber estado ahí y de poder mantener una visión todavía idílica de la ciudad y de ese bonito culo.

En Shore Road está el Narrows Botanical Garden, un parquecito un tanto olvidado en el que veo a muchos ciclistas pasar tranquilamente el tiempo pedaleando delante del mar. Está bien adentrarse por la calle 75 (llamada Bay Ridge Parkway) y 76 para ver algunas mansiones preciosas que uno nunca asociaría al paisaje arquitectónico de Nueva York. Estar en tu ciudad y sentir un clima visual parecido al californiano da una extrañeza un tanto trágica, pero que –momentáneamente- sienta bien. Si seguimos hasta la calle 80, hay algunas viviendas interesantes del Arts and Crafts movement de principios del XX. Entre la 82 y la 83 está la famosa Gingerbread House, por ejemplo; es una de las edificaciones más curiosas de NY, y parece casi una casita de enanitos. No llego a saber nunca si me gusta o me parece una horterada, aunque el parque que tienen los señores da una envidia malsana. Quizás me hace falta saber si soy un enanito. Judguen por la foto…

Tras la ruta arquitectónica, merece la pena volver a la tercera avenida para irse a uno de los mejores lugares de la ciudad para comer Bagels, el Bake Ridge Bagels (número 9417) o pasarse por uno de los numerosos Irish Pubs de esa misma calle; el más carismático es el Ballybunion (número 9510). Pero, por encima de todo, este es un barrio fantástico para pasear delante del mar. Hace ya bastante tiempo, antes de llegar a Gotham, recuerdo como una amiga, con un aire curiosamente enigmático demasiado cercano a la advertencia resabida, me dijo “no te olvides nunca que estás cerca del mar.” No sé muy bien descifrar con palabras el por qué de esa especie de hechizo, pero paseando por aquí creo que lo he entendido bien. Viendo entrar a esos enormes barcos hacia el puerto siento una rara especie de tranquilidad… quizás demasiado sosiego. Hay que volver a la ciudad pitando.

PS: Días extraños, ya lo dije… y encima se me muere il Pippo. Grazie per tutto, maestro. Recordemos de nuevo como se canta; lo otro –como se decía en mis tiempos- son mariconadas.

Vivir en NY… entre indicios suicidas

SuicidioSé que he escrito poco últimamente. Han sido días muy extraños... primero vino la muerte de la madre de María, luego llegó de repente, en forma de tembleques, la tristeza de un amigo a cuyo sobrino le han detectado un cáncer… demasiadas cosas que llevaba en la maleta de los desaguisados y que no he querido compartir. Por otro lado, he repasado algunos textos anteriores y me han parecido horribles. Si lo que escribo habitualmente me parece bastante horroroso, cuando me sitúo en el plano de las emociones… la cosa deviene una mierda. Mejor callarse un rato.

Pero han sido también días extraños por ciertas concomitancias. Hace poco coincidí en el Internet con una antigua amante con la que he vuelto a hablar últimamente en el plano virtual. Cuando no venía a cuento, me confesó que –mientras estuvimos juntos, en Nueva York- había soñado más de una vez que me suicidaba, a lo que sumó el habitual consuelo pro-vida tipo no hagas tonterías, que nunca hay que tirar la toalla, y toda esa retórica tan esencial como lógicamente barata. Al día siguiente, uno de mis mejores colegas en la ciudad –sensible poeta, también en crisis emocional- tenía el detalle de recordarme que algunos aspectos de mi carácter (citó la tendencia extrema de mis emociones y el insomnio del que mi cadena es parcialmente responsable) mostraban una clara tendencia al suicidio; “si hace falta, medícate”, no dudó en espetarme. Simpáticas advertencias; que yo sepa, y perdonen amigos que les lleve la contraria, el suicidarme no entraba en mis inmediatos planes post-invernales. Una cosa es no tener muchos amigos, vivir ermitañamente, tener que empezar cien libros y no acabar ni uno o haber escogido la senda del filosofar para vivir… pero de ahí a saltar por mi ventana y despertar a mi portero –el gran Carlitos- con un chasquido óseo en la 115… supongo que hay un pequeño trecho.

Curiosamente, ese mismo día, The New York Times publicaba un artículo que demostraba un incremento del 20% de los suicidios de los estadounidenses de entre 45 y 54 años. El reportaje cubría los últimos cinco años, y mostraba un curioso contraste con aquellos hombres y mujeres que están entre los 15 y 19 años, que solamente experimentan un 2% de incremento. Las motivaciones parecen ser, as usual, de índole económica; se han dedicado muchos esfuerzos a combatir el suicidio juvenil (las pasiones llegan con la juventud, ya se sabe…) cuando, de las 32.000 personas que se suicidaron en los Estados Unidos en 2004, 14.607 tenían entre 40 y 65 años. Al tratarse de una muerte con motivaciones psicológicas, los expertos amasan sus cocos para intentar esclarecer el motivo de este incremento, un aumento que llega al espectacular 28.8% en mujeres de 50 a 54 años. Algunos expertos apuntan que las causas radican en que muchos hombres y mujeres de esa edad abandonan tratamientos contra la depresión, por falta de hábito o negligencia, y ello les lleva a recaer en sus males con más fuerza. Sinceramente, creo que –por suerte o desgracia- las cosas son más fáciles; aunque coincido con Camus con aquello de que el suicidio sigue siendo un tema filosófico de primera, pienso que su raíz es una cuestión de sentido. Damos demasiado bienestar a la gente, le hacemos aspirar a mucho… y uno debe pensar que casi nunca llega a lo que pretende o la sociedad le empuja a conseguir. Es cuestión de estoicismo.

Por lo que a mí atañe, y para evitar cualquier duda en amigos, familiares y superiores a nivel laboral, insisto en mi intención momentánea de persistir en la vida. Todavía me queda mucho para llegar a los 45. Sé que, de momento, no he hecho nada meritorio en la vida… y las perspectivas tampoco son tan buenas como creía; la ciudad se está haciendo muy dura últimamente, las noches de insomnio van en aumento y hace mucho que no tengo a nadie en la cama. A parte de esto, oiga, pues todo de puta madre; de salud bien, con casita en Manhattan –modesta y de alquiler compartido, pero acogedora- y con una vida laboral estupenda. ¿Qué más se puede pedir?

Vivir en NY… entre Medeas de color

Black_medeaPaseo hasta el National Black Theatre (en la Quinta Avenida con la calle 125) para ver una representación de Medea de color y espíritu negro. Junto al Harlem Classical Theatre ésta ha sido una de las instituciones que ha traído más clásicos de la tradición a Harlem, pero filtrados sin ningún complejo a través de la cultura negra y sus diversas manifestaciones. Así esta Medea protagonizada por Trezana Beverley (con cierto exceso histriónico, hay que ser justos) en donde coro y actores rapean, evocando el gospel con una convicción extraordinaria. Hemos visto mil veces el texto de Eurípides y ya entramos a la sala demasiado resabidos, pero todavía sorprende por su increíble bestialidad, por la lógica incuestionablemente rígida que siguen sus héroes, tan posmodernos ellos. Pero me interesan estas nuevas producciones (debo insistir) por su carácter marcadamente racial; sus actores no disimulan, sino que acentúan, su aproximación cultural al drama para hacerlo así más cercano a un público contemporáneo negro. Me parecieron paradigmáticas, por ejemplo, las reacciones espontáneas del público, con gritos y risas de misa, ante las intenciones criminales de Medea y las excusas totalmente surrealistas del infiel Jasón (ojo a Dathan B. Williams, el mejor del cast de calle). También me pareció estupenda la reacción gestual del público, que seguía a sus brothers en la declamación como los griegos lo hubieran hecho al oír cantar a sus grandes autores trágicos, que declamaban cantando de una forma que por desgracia no hemos podido llegar a conocer completamente. Si quieren descansar de la luz y el grito amplificado de Broadway, suban a la calle 125. Ahí está Medea zampándose a sus hijos, rebosante de rojo en su venganza…

PS; Al salir hay que andar hasta Amy Ruth’s para emular a Medea, pero –en este caso- aniquilando las mejores costillas de la ciudad. Algún día hablaré de ellas; sé que tengo muchas cosas pendientes. 

Vivir en NY… entre enfermas sin disimulo

Arno_nollen Ojeo el dominical de The New York Times. En las páginas de Style, unas cinco modelos posan ante el fotógrafo Arno Nollen con vestidos y bañadores de Louis Vuitton, Rodarte, entre otros dioses de la moda… Un denominador común; la postura y el gesto facial de todas las niñas –que rondan la veintena- están indicando claramente signos de enfermedad o evasión mental. Resulta notorio comprobar como, lentamente, la industria de la moda ha contraatacado las acusaciones y sucesivas polémicas (también cansinas, es cierto) sobre el estado físico casi escuálido de sus modelos con un gran contraataque; hacer que, efectivamente, parezcan zombis o enfermas. Los gestos son inequívocos; brazos caídos con las manos mal cerradas, hombros ligeramente encogidos y cara de drogada, despistada (incluso con los ojos cerrados) o, directamente, imitando a un deficiente mental. Una de las fotos inclusive se olvida de la cara de la modelo, focalizándose en el culo y las piernas; la segunda fotografía –aislada- podría perfectamente aplicar-se a un reportaje sobre putas o mujeres maltratadas. Sobresignificando el pensamiento oculto de todo aquel que pretende atentar contra la moda y sus esqueléticas chavalas, la industria contraataca con unas chicas efectivamente muertas; la no-salud de las fotografías es tan evidente –el significado está tan sobresaturado- que nuestra impresión es mínima, al igual que uno deja de sorprenderse ante la crueldad de la guerra, admirando las preciosas fotografías de los conflictos que nuestros corresponsales fotográficos saturan con su arte técnico. La guerra es tan bonita que vale la pena aceptarla aunque sea para el propio goce. Paralelamente, la nueva estética cambia el orden del pensamiento; no es que la modelo no esté bien (y sea la industria la que la corrompe) sino que es ella misma, antes de hacer la foto, la que ya estaba enferma; la industria la saca tal como está.

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